Nuevo rostro, misma política: la ofensiva migratoria de Trump cambia de operador.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En política, los cambios de gabinete rara vez significan un cambio de rumbo. Más bien funcionan como un ajuste de imagen, una forma elegante de decir que alguien pagará el costo político de una crisis mientras la estrategia central permanece intacta. Algo de eso parece estar ocurriendo en la Casa Blanca tras el anuncio de Donald Trump de destituir a Kristi Noem como secretaria de Seguridad Nacional y colocar en su lugar al senador Markwayne Mullin, quien asumirá el cargo el 31 de marzo.
El movimiento ocurre en un momento particularmente delicado. El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) atraviesa una tormenta política: dos ciudadanos estadounidenses murieron en Minneapolis a manos de agentes migratorios, el Congreso mantiene un bloqueo presupuestal sobre la agencia y la política de deportaciones masivas impulsada por Trump sigue generando una polarización extrema dentro del país.
En ese contexto, la salida de Noem representa la primera baja formal del gabinete del segundo mandato trumpista. Pero más que un giro en la política migratoria, todo indica que se trata de un intento de reacomodo político.
El costo político de una estrategia.
Durante su gestión, Kristi Noem se convirtió en la ejecutora visible de la agenda migratoria de Trump. Bajo su mando, el gobierno impulsó la meta de llevar a cabo “la mayor deportación de la historia”, una promesa que se convirtió en el eje narrativo del proyecto de seguridad nacional del presidente.
Según datos citados por la propia exfuncionaria, cerca de tres millones de inmigrantes indocumentados habrían salido del país durante su periodo al frente del DHS. Sin embargo, la política no solo produjo números, sino también fuertes cuestionamientos.
El punto de quiebre llegó en Minneapolis, donde operativos migratorios de gran escala derivaron en la muerte de dos ciudadanos estadounidenses: Renee Good, una poeta de 37 años que participaba en una protesta contra las redadas, y Alex Pretti, abatido semanas después por agentes de la Patrulla Fronteriza. Ambos casos quedaron registrados en video y provocaron protestas en distintas ciudades del país.
La reacción oficial no ayudó a bajar la tensión. Noem defendió a los agentes involucrados y calificó a las víctimas como “terroristas domésticos”, una postura que encendió aún más el debate sobre el uso de la fuerza en las operaciones migratorias.
En Washington, donde los cambios suelen ser la forma más rápida de contener una crisis política, la presión comenzó a acumularse. Demócratas exigieron su renuncia, pero también crecieron las críticas dentro del propio Partido Republicano y, según reportes de prensa, incluso dentro de la administración.
El relevo: un perfil a la medida de Trump.
El elegido para reemplazarla no es un burócrata tradicional de seguridad nacional. Markwayne Mullin, senador por Oklahoma, es conocido tanto por su militancia política como por su biografía poco convencional: empresario, político de línea dura y expeleador profesional de artes marciales mixtas.
Trump no perdió la oportunidad de subrayarlo. En su anuncio en la red Truth Social lo describió como un “guerrero MAGA”, elogió su trayectoria política y recordó, con la habitual mezcla de campaña y gobierno, que ganó los 77 condados de Oklahoma en las elecciones presidenciales de 2016, 2020 y 2024.
El mensaje es claro: más que un tecnócrata, el nuevo secretario será un aliado político plenamente alineado con la narrativa de “Estados Unidos Primero”.
También hay un elemento simbólico. Mullin es el único senador nativo americano, algo que Trump destacó al presentar su nombramiento, quizá con la intención de proyectar una imagen más amplia de representación dentro de una política migratoria que suele ser criticada por su dureza.
Reacomodo, no rectificación.
Mientras tanto, Kristi Noem no desaparece del mapa político. Trump la nombró Enviada Especial para el Escudo de las Américas, una nueva figura dentro de la llamada “Iniciativa de Seguridad en el Hemisferio Occidental”, que será presentada oficialmente en Florida.
En la práctica, el movimiento se parece más a una redistribución de responsabilidades que a un castigo político. En Washington existe incluso una expresión para describir este tipo de decisiones: firing upward, despedir hacia arriba.
Desde su nueva posición, Noem continuará trabajando con el secretario de Estado, Marco Rubio, y con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, en la estrategia regional contra el narcotráfico y los cárteles.
Es decir, seguirá dentro del mismo marco de seguridad que ha definido la política exterior de Trump hacia América Latina.
La política migratoria como eje electoral.
En términos estratégicos, la decisión de Trump tiene una lógica clara. La migración ha sido, desde su primera campaña presidencial en 2016, uno de los pilares de su identidad política. Cambiar de secretario puede ayudar a disminuir la presión mediática generada por la crisis en Minneapolis, pero abandonar la política de mano dura sería políticamente impensable para un presidente cuya base electoral exige exactamente lo contrario.
Por eso el relevo en el DHS probablemente no marque una moderación de la política migratoria estadounidense. Más bien podría significar una fase más disciplinada y políticamente blindada de la misma estrategia.
Si algo caracteriza al trumpismo es su capacidad para convertir las crisis en narrativa política. En ese sentido, el cambio en Seguridad Nacional parece menos una rectificación y más una recalibración: cambiar al operador sin cambiar la operación.
En otras palabras, la ofensiva migratoria de Washington tendrá un nuevo rostro.
Pero difícilmente tendrá un nuevo guion.
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