Por: Iraí De La Fuente
Una reforma electoral y dos sorpresas: la unanimidad en duda y las coincidencias atípicas
El clima político que se generó la semana pasada nos regaló una postal que pone en duda —aunque sea por un instante— la narrativa de unanimidad que el morenismo y sus aliados acostumbran presumir. Una escena que, además, revive una vieja máxima en la lucha del poder: en política, lo único seguro es que nada es seguro.
Al mismo tiempo que la reforma electoral simplemente no transitó, la jornada también dejó un capítulo nada común, marcado por coincidencias entre la oposición y los aliados de Morena. Este hecho no solo se reflejó en el sentido de la votación, sino también en el tono de algunas intervenciones que parecían ir en la misma dirección. Hubo incluso expresiones que terminaron —para sorpresa de más de uno— en abrazos y apretones de manos debajo de la tribuna, como si por un instante las distancias políticas se hubieran reducido.
Durante años se ha insistido en la idea de que Morena y sus aliados conforman un bloque que va en un mismo frente, disciplinado y alineado sin fisuras. Sin embargo, lo que ocurrió la semana pasada exhibe algo diferente: cuando se trata de pagar costos políticos o de respaldar ciertas decisiones, la unanimidad empieza a parecer más un mito conveniente que una realidad sólida.
Para retomar un poco lo que ocurrió en semanas anteriores, vale la pena recordar que, al principio, la iniciativa en materia electoral parecía avanzar bajo la lógica que ya conocemos: mayoría legislativa, narrativa política bien definida y la expectativa de que todo caminaría sin mayores sobresaltos. En otras palabras, para Morena, el PVEM y el PT aquello pintaba para ser “pan comido”. Pero el resultado terminó contando una historia con fisuras.
Paradójicamente, mientras el bloque oficialista hacía malabares, ocurrió algo todavía más interesante: los partidos que normalmente habitan en trincheras opuestas coincidieron en un punto básico —que había aspectos de la reforma que simplemente no debían avanzar en esos términos—. Sabemos que lo ocurrido no es un intento para despertar un romance político entre el PRI, el PAN, MC y los aliados de Morena; sin embargo, esto fue uno de esos raros momentos en los que el cálculo político, la presión pública y la prudencia legislativa terminan alineando posturas que normalmente no coinciden ni en el saludo.
Este momento reflejó que dentro del oficialismo no todo es sincronía perfecta, que existen matices, reservas y probablemente disputas internas sobre la conducción política y las decisiones estratégicas.
Al final, la iniciativa “no pasó”. Pero claro está que en el oficialismo rara vez existe un solo intento. Si algo ha demostrado la práctica legislativa reciente es que casi siempre hay un plan B esperando su turno. Pero esa, seguramente, será una historia que habrá que contar en otra opinión, en las próximas semanas
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