Nepotismo a la carta: cuando la excepción confirma la regla.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En política, pocas cosas resultan tan incómodas como las reglas… sobre todo cuando empiezan a aplicarse. Durante años, el discurso del poder se ha sostenido en una premisa aparentemente irrefutable: la legitimidad emana del pueblo. Pero cuando esa legitimidad amenaza con convertirse en un obstáculo interno, surgen matices, interpretaciones y, por supuesto, excepciones.
El debate reciente dentro del partido gobernante sobre la prohibición del nepotismo electoral es un ejemplo casi didáctico de esta tensión. La medida —que busca impedir que familiares directos sucedan en el cargo a quienes actualmente gobiernan— pretende proyectar una imagen de renovación política y ruptura con viejas prácticas. Sin embargo, su implementación anticipada respecto a los tiempos constitucionales ha abierto una grieta incómoda: la legalidad frente a la conveniencia.
Desde una perspectiva estrictamente jurídica, el argumento no es menor. Si la Constitución establece plazos claros para la entrada en vigor de ciertas restricciones, adelantar su aplicación desde una estructura partidista plantea preguntas inevitables: ¿puede un partido político imponerse por encima del marco constitucional? ¿Se trata de un ejercicio legítimo de autodeterminación interna o de una reinterpretación selectiva de las reglas?
Pero más allá del tecnicismo legal, el fondo del asunto es político. Y ahí es donde el discurso comienza a mostrar fisuras.
Por un lado, se defiende la prohibición como un acto de congruencia ética: evitar que el poder se herede como si se tratara de un patrimonio familiar. Por otro, se matiza cuando los casos concretos obligan a distinguir entre “nepotismo” y “trayectoria propia”. Es decir, no todos los vínculos familiares pesan igual, y no todas las coincidencias genealógicas son, al parecer, políticamente inconvenientes.
El problema no es nuevo. En México —como en buena parte de América Latina— las redes familiares han sido históricamente un vehículo de acceso y permanencia en el poder. Lo novedoso es el intento de regularlas desde dentro del mismo sistema que las ha tolerado, e incluso incentivado. De ahí que el discurso tienda a volverse elástico: rígido en lo general, flexible en lo particular.
En este contexto, la narrativa de “linchamiento político” añade otra capa de complejidad. No es inusual que, en ausencia de definiciones claras, los actores políticos recurran a la victimización como mecanismo de defensa. El mensaje es claro: no se cuestiona la regla, sino la forma en que se aplica. Y en política, la forma suele ser el fondo.
También resulta revelador el énfasis en la lealtad partidista y en la disciplina interna. La declaración de que “si el partido dice que no, no voy” convive, paradójicamente, con una crítica abierta a la falta de comunicación y a las decisiones tomadas “desde arriba”. Es la vieja tensión entre el centralismo y la narrativa de participación popular: el partido como instrumento del pueblo, pero también como filtro de sus decisiones.
Hay, además, un elemento simbólico que no pasa desapercibido. La apelación constante a principios fundacionales —no mentir, no robar, no traicionar— funciona como recordatorio de una identidad política que se pretende intacta. Sin embargo, cuando esos principios se enfrentan a decisiones pragmáticas, la coherencia se vuelve negociable.
En términos estratégicos, la prohibición anticipada del nepotismo parece responder más a una necesidad de control interno que a una convicción normativa. Es, en esencia, una herramienta para ordenar la sucesión política y evitar conflictos previsibles. El problema es que, al hacerlo, expone las contradicciones de un movimiento que ha construido buena parte de su legitimidad en la crítica a las prácticas del pasado.
Al final, el episodio deja una lección clara: en política, las reglas no sólo se miden por su contenido, sino por su consistencia. Cuando se aplican de manera desigual —o se perciben así— pierden fuerza moral, incluso si mantienen su validez formal.
Porque si algo queda claro en esta historia es que el nepotismo, como concepto, no es lo que divide… lo que divide es quién decide cuándo sí y cuándo no.
Catarsis
El costo del silencio: ¿Por qué el suicidio se ensaña con los hombres? El suicidio en México arrastra una...