El empleo en pausa: cuando trabajar no basta para crecer.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Por momentos, la economía mexicana se parece a ese corredor que no se detiene, pero tampoco avanza. Sigue en movimiento, sí, pero sin ritmo, sin velocidad y, sobre todo, sin destino claro. El empleo, uno de los indicadores más sensibles del pulso económico, empieza a reflejar con claridad esa incómoda realidad: México no está en crisis, pero claramente tampoco está creciendo.
Las cifras más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) confirman lo que ya se intuía: el mercado laboral muestra signos de estancamiento. El PIB de 2025 creció apenas 0.8%, una cifra que, en cualquier otro contexto, podría considerarse modesta; en el caso mexicano, resulta francamente insuficiente.
Desde el gobierno, el mensaje ha sido otro. El secretario del Trabajo, Marath Bolaños, ha defendido que más de 60 millones de personas están ocupadas y que la tasa de desocupación ronda el 2.4%, incluso por debajo del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Dicho así, México parecería un ejemplo de estabilidad laboral en tiempos de turbulencia global.
Pero la realidad, como suele ocurrir, es más compleja que el discurso.
El problema no está en cuántas personas trabajan, sino en cómo lo hacen. El empleo formal —aquel que genera prestaciones, seguridad social y estabilidad— crece, pero lo hace a un ritmo insuficiente para absorber a los miles de jóvenes que cada mes se incorporan al mercado laboral. La meta de generar alrededor de 100 mil empleos formales mensuales se ha convertido, en los hechos, en una aspiración lejana.
Detrás de esta desaceleración hay un factor clave: la debilidad del sector industrial. Históricamente motor del empleo formal, hoy enfrenta un entorno adverso marcado por la incertidumbre comercial, las tensiones derivadas del T-MEC y las políticas proteccionistas impulsadas por Donald Trump. En ese contexto, invertir ya no es una apuesta segura, sino un cálculo de riesgos.
Y cuando la inversión se detiene, el empleo formal también.
El vacío no queda sin llenar. Según el Inegi, el 54.8% de los trabajadores en México se encuentra en la informalidad. Más de la mitad de la fuerza laboral opera fuera del sistema fiscal, sin acceso a seguridad social y con bajos niveles de productividad. La aparente fortaleza de la baja tasa de desempleo se explica, en buena medida, por esta realidad: en México, trabajar no siempre significa progresar.
La informalidad, lejos de ser una solución, es un síntoma. Como advierte BBVA Research, en contextos de bajo crecimiento económico, el aumento del empleo informal puede convertirse en un obstáculo estructural, limitando la recaudación, la inversión y el desarrollo a largo plazo.
A este escenario se suma un elemento políticamente delicado: el incremento al salario mínimo. Desde 2018, el aumento acumulado supera el 135%. La medida ha mejorado el poder adquisitivo de millones de trabajadores, pero también ha generado presiones sobre sectores con baja productividad, particularmente las micro, pequeñas y medianas empresas. Algunas han resistido; otras han reducido operaciones, migrado a la informalidad o, simplemente, cerrado.
El resultado es una economía que se sostiene en un equilibrio frágil: estabilidad sin dinamismo, empleo sin calidad y crecimiento sin impulso.
Las perspectivas para 2026 no son particularmente alentadoras. Analistas estiman incluso una posible contracción del PIB en el primer trimestre, lo que confirmaría la debilidad del sector industrial y la falta de motores internos de crecimiento. A ello se suman factores externos como la volatilidad global y las tensiones geopolíticas, que complican aún más el panorama.
En este contexto, el reto para el gobierno no es menor. Mantener una narrativa optimista frente a indicadores que empiezan a matizarla exige algo más que cifras agregadas. Exige reconocer que el problema no es solo cuántos empleos se generan, sino qué tipo de empleos están sosteniendo al país.
Porque al final, el verdadero riesgo no es una economía en crisis, sino una economía que se acostumbra a no crecer.
Y eso, aunque no haga ruido, termina pasando factura.
Catarsis
Por: Felipe CorreaEl reto de legislar el algoritmo: Entre el control parental y la violencia digital.En política, saber leer...