Muchos quieren la silla… pocos llegarán al escritorio.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay una frase que nunca pierde vigencia en política: el poder atrae. Y si alguien tenía dudas, basta mirar el proceso interno de Morena rumbo a las elecciones de 2027. En apenas una semana, 277 personas decidieron levantar la mano para competir por alguna de las 17 gubernaturas que estarán en juego. Dicho de otra manera: hubo más interesados en gobernar un estado que alumnos el primer día de clases en muchas escuelas rurales.
Claro, oficialmente nadie busca ser candidato. Morena insiste en llamarlos “coordinadores estatales de defensa de la transformación y la soberanía nacional”, una de esas expresiones tan largas que terminan confirmando justamente aquello que pretenden negar: son precandidatos, aunque el diccionario interno del partido prefiera otro nombre.
La cifra resulta reveladora por sí misma. No habla únicamente del crecimiento de Morena como fuerza política; también confirma una realidad que acompaña a todos los partidos cuando permanecen en el poder: conforme aumentan las posibilidades de ganar, también crece el número de quienes descubren una vocación política que, curiosamente, no habían manifestado cuando las derrotas eran la regla.
Sin embargo, el entusiasmo pronto chocará con la realidad. De los 277 registrados, apenas alrededor de un centenar llegará a la etapa de las encuestas, y finalmente sólo 17 obtendrán la ansiada candidatura. La estadística es cruel: más del 90% terminará viendo la contienda desde la tribuna.
Por eso el verdadero proceso apenas comienza. La Comisión Nacional de Elecciones deberá separar a los aspirantes competitivos de quienes simplemente aprovecharon la convocatoria para aparecer en la fotografía. No será una tarea sencilla, especialmente en estados donde las listas parecen convocatoria para torneo de fútbol amateur.
Morena presume, además, haber endurecido sus filtros éticos. En el papel, nadie con antecedentes penales, violencia de género, deudas alimentarias, mala fama pública o vínculos de nepotismo debería avanzar en el proceso. La intención es correcta y responde, en buena medida, al desgaste que diversos escándalos han provocado en la imagen del partido.
La gran incógnita será si esos criterios se aplicarán con el mismo rigor para todos o si, como suele ocurrir en la política mexicana, algunos expedientes pesan más que otros dependiendo del apellido, del grupo interno al que pertenezcan o del respaldo que reciban desde Palacio o desde las gubernaturas.
El retiro de figuras como Saúl Monreal y Félix Salgado Macedonio pretende enviar un mensaje de que las nuevas reglas van en serio. No obstante, casos como el de San Luis Potosí, donde el Partido Verde impulsa a Ruth González Silva —esposa del gobernador Ricardo Gallardo— al margen del proceso morenista, recuerdan que el combate al nepotismo todavía encuentra excepciones bastante creativas cuando las alianzas electorales entran en escena.
También resulta interesante el catálogo de prohibiciones para quienes sobrevivan al primer filtro: nada de espectaculares, recursos públicos, campañas ostentosas, funcionarios operando a favor de algún aspirante o guerra sucia entre compañeros. Es decir, una lista de prácticas que durante décadas definieron buena parte de la política mexicana y cuya erradicación dependerá menos de las cartas compromiso firmadas y mucho más de la voluntad real para hacerlas cumplir.
Al final, el enorme número de aspirantes refleja dos fenómenos simultáneos. Por un lado, Morena sigue siendo el vehículo político más atractivo del país para quienes buscan competir por cargos ejecutivos. Por otro, el propio partido enfrenta un desafío interno de enormes dimensiones: administrar tantas ambiciones sin provocar fracturas.
Porque en política, como en el fútbol cuyo Mundial servirá de referencia para concluir el primer filtro, todos sueñan con levantar la copa. El problema es que, al terminar el torneo, la inmensa mayoría descubre que ni siquiera alcanzó a entrar a la cancha.