Por: Felipe Correa
El PRI en Durango y la Estética del Consenso
En Durango la política, en su dimensión más pragmática, rara vez premia la improvisación. Por el contrario, suele encumbrar a quienes logran hacer pasar el cálculo estratégico por una evolución natural. La reciente unción de Daniela Soto Hernández y Fátima González Huízar al frente del Comité Directivo Estatal del PRI es un vivo ejemplo de ello. Reciben un partido en un punto de inflexión histórica, donde el verdadero arte no radica en ganar batallas externas, sino en pacificar y aceitar la maquinaria interna sin hacer demasiado ruido.
Su llegada, sin embargo, no está exenta de una serie de aduanas complejas que pondrán a prueba su madurez política y su capacidad de supervivencia.
1. La primera aduana: El silencio de los tambores de guerra.
El primer y más sutil acierto de esta nueva dirigencia fue sortear con éxito la autodestrucción. En un partido históricamente propenso a las fracturas internas y a los canibalismos políticos cuando se renuevan las cúpulas, la primera gran prueba consistía en no generar conflictos en el ecosistema propio. Lograr que las distintas corrientes, sectores y liderazgos locales bajaran las armas y aceptaran la transición sin pataleos públicos es un triunfo de alta diplomacia partidista. Soto y González pasaron la aduana de la cohesión obligada.
2. El reto de la forma: Una elección con guión predecible
El segundo desafío fue puramente estético, pero de un enorme peso simbólico. Se enfrentaban a una elección que, de origen, ya estaba «cantada». El peligro latente era que el proceso se percibiera como una burda imposición o una selección anticipada, lo que habría desgastado su legitimidad antes de tomar protesta. El reto consistió en **revestir la simetría del acuerdo con el ropaje de la unificación**. Tenía que lucir como un consenso genuino y no como un dedazo inercial. Al final, la narrativa del «proceso unificador» se impuso sobre la sospecha del trámite.
3. La operación cicatriz: Discreción y velocidad
Superado el protocolo, emerge el tercer reto, quizás el más urgente en la praxis diaria: la urgente y discreta operación cicatriz. Los procesos de selección siempre dejan heridos en el camino, por más ordenados que parezcan. La nueva dirigencia estatal tiene la encomienda de sanar esas fisuras de manera subterránea, rápida y altamente efectiva en todos los sectores del priismo duranguense. No hay tiempo para el duelo ni espacio para los resentidos; la estructura debe quedar perfectamente alineada antes de que el calendario electoral empiece a presionar.
4. Solidificar cuadros: El peso específico frente a los aliados
Finalmente, el reto de fondo es la competitividad y la dignidad política. En tiempos de coaliciones e hiperfragmentación, el PRI de Durango necesita solidificar sus cuadros y pulir perfiles competitivos. Daniela Soto y Fátima González tienen la misión de demostrarle al resto de las fuerzas políticas —tanto a aliados como a adversarios— que el tricolor conserva un músculo propio e indispensable. Deben proyectar una identidad lo suficientemente robusta como para dejar claro que están listas para competir solas con orgullo o, de ser necesario, encabezar con autoridad moral y numérica una mesa de negociación acompañada.
La política es de tiempos y de formas. Al evaluar el despliegue de las últimas semanas, queda claro que la meticulosa operación mediática de julio funcionó con la precisión de un reloj suizo, tal y como fue pronosticada en los escritorios del poder. La mesa está puesta; ahora corresponde a la nueva dirigencia demostrar si este impecable arranque es el preludio de un renacimiento o simple ordenado prólogo.
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