La visa de la discordia.
¿Golpe político para Morena o combustible para fabricar nuevos mártires?
Por: Alejandro Flores de la Parra.
La cancelación de la visa estadounidense a Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, tiene una característica que la vuelve políticamente mucho más relevante que el documento mismo: ocurre en el corazón de Morena, cuando el partido comienza a mirar con ansiedad hacia 2027 y, más adelante, hacia la sucesión presidencial de 2030.
Conviene empezar por lo elemental: una visa no es una sentencia judicial. Estados Unidos puede revocarla por razones migratorias, de seguridad o por información que considere suficiente para determinar que una persona ya no cumple los requisitos para conservarla. La propia Embajada estadounidense ha reiterado que se trata de un privilegio y que las decisiones sobre expedientes de visado son confidenciales.
Por eso sería tan irresponsable afirmar que la cancelación demuestra que Andy cometió un delito, como ingenuo sería pensar que carece por completo de significado político.
El dato que complica todavía más el escenario es que Washington informó recientemente haber revocado más de 175 mil visas durante la administración de Donald Trump, principalmente por asuntos relacionados con actividades delictivas, violaciones migratorias, fraude y riesgos para la seguridad. Es decir, la medida contra López Beltrán forma parte de una política mucho más amplia y no puede, por sí sola, interpretarse como una acusación penal.
Pero aquí aparece el verdadero problema para Morena: el contexto.
Durante los últimos años, diversos personajes vinculados al partido y a gobiernos emanados de él han enfrentado señalamientos públicos —no necesariamente judicializados ni probados— relacionados con corrupción, lavado de dinero, huachicol, vínculos con organizaciones criminales o conflictos de interés. A ello se suman las cancelaciones o cuestionamientos de visas a distintos políticos y funcionarios mexicanos.
El problema no es que Washington tenga la última palabra sobre la honorabilidad de un político mexicano. No la tiene.
El problema es que cada señal de este tipo alimenta una narrativa que Morena no ha conseguido desmontar completamente: la de un partido que llegó prometiendo combatir la corrupción y terminó cargando con demasiados expedientes incómodos alrededor.
Y la respuesta oficial tampoco ayuda demasiado. Claudia Sheinbaum sostiene que una visa “no define a una persona”, cuestiona una posible injerencia estadounidense y rechaza abrir investigaciones en México únicamente por una cancelación migratoria. Jurídicamente, es una postura defendible. Políticamente, sin embargo, abre otra pregunta: ¿dónde termina la defensa de la soberanía y dónde comienza la defensa política de un militante?
Porque una cosa es exigir pruebas y otra convertir automáticamente cualquier señalamiento extranjero en una conspiración contra México.
Andy, por su parte, decidió responder calificando la medida como una “canallada”. Paradójicamente, esa reacción puede terminar beneficiándolo dentro de Morena. La política mexicana tiene una extraordinaria capacidad para convertir un problema en identidad de grupo: si alguien es señalado desde Washington, puede dejar de ser cuestionado internamente y convertirse en símbolo de resistencia.
Ahí está la paradoja.
Para la oposición, la visa cancelada puede convertirse en argumento electoral: “si tantos morenistas aparecen bajo sospecha, algo debe estar pasando”. Para Morena, puede transformarse en combustible nacionalista: “Estados Unidos quiere intervenir en nuestra política porque teme a nuestro movimiento”.
¿Quién gana?
Dependerá de quién consiga imponer la interpretación.
De cara a 2027, difícilmente una cancelación de visa, por sí sola, modificará una elección. Morena conserva una estructura territorial, una marca electoral poderosa y una base social considerable. Pero si estos episodios se acumulan junto con investigaciones, escándalos de corrupción, inseguridad y casos relacionados con el crimen organizado, el efecto puede dejar de ser anecdótico y convertirse en desgaste.
Para 2028 y 2030, el riesgo es mayor. Una nueva generación de electores podría no tener el mismo vínculo emocional con López Obrador que tuvieron quienes votaron por él en 2018. Y para ellos, la pregunta quizá no sea quién atacó a Morena desde Washington, sino algo mucho más sencillo: ¿por qué tantos de sus dirigentes aparecen constantemente relacionados con escándalos?
Morena todavía puede ganar la batalla del relato y convertir a Andy en mártir de una supuesta persecución internacional.
Pero hay una regla política que convendría recordar: un mártir necesita una causa; un gobierno necesita resultados; y un partido necesita credibilidad.
La visa puede ser un privilegio que Estados Unidos quite.
La credibilidad, en cambio, sólo la puede quitar —o devolver— el elector.
Y esa visa sí se renueva cada elección.
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