POR: LILY ORTIZ
Las 40 horas: el reto que nadie puede improvisar y tampoco fallar.
La cuenta regresiva ya comenzó.
A partir del 1 de enero de 2027, México dará el primer paso hacia la jornada laboral de 40 horas semanales; y si bien el cambio será gradual: el próximo año serán 46 horas; en 2028, 44; en 2029, 42, y finalmente, en 2030, 40 horas.
La regla es clara: menos horas de trabajo, pero sin reducción salarial ni de prestaciones. Y precisamente aquí comienza uno de los grandes desafíos.
Porque una cosa es aprobar una reducción de jornada y otra muy distinta es resolver cómo funcionará en la realidad, particularmente en sectores donde cerrar antes o trabajar menos horas simplemente no es una opción.
Pensemos en un restaurante, el cliente no dejará de llegar porque el trabajador tenga una jornada más corta; un hotel seguirá necesitando personal por la noche; un comercio tendrá que mantener horarios de atención, un negocio de servicios tendrá que cubrir turnos.
Entonces viene la pregunta inevitable: ¿quién cubrirá las horas que dejarán de trabajarse?
La respuesta puede estar en una mejor organización, mayor productividad, redistribución de turnos o contratación de más personal. Pero cada alternativa tiene un costo.
Si una empresa mantiene el mismo salario semanal y reduce las horas trabajadas, el costo laboral por hora aumenta. En el primer ajuste, de 48 a 46 horas, el incremento sería de aproximadamente 4.35% bajo ese supuesto; cuando se llegue a las 40 horas, el aumento acumulado sería cercano al 20%.
No significa que todas las empresas vayan a incrementar su nómina en esos porcentajes. El impacto dependerá de cada negocio. Pero sí significa que la transición tendrá un costo que alguien tendrá que absorber.
Y ahí es donde Durango debe poner especial atención. Nuestra economía tiene una fuerte presencia de pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas dedicadas precisamente al comercio y los servicios. Negocios que no necesariamente cuentan con grandes estructuras financieras para contratar más trabajadores, pagar horas extras o absorber durante años incrementos en sus costos de operación.
El riesgo no está únicamente en que un negocio gane menos, también habrá que observar si algunas empresas trasladan costos a los consumidores, reducen horarios, disminuyen personal o, en el peor de los escenarios, encuentran incentivos para recurrir a esquemas informales.
Por eso, la discusión sobre las 40 horas no debería reducirse a trabajar menos versus trabajar más.
El verdadero desafío será encontrar cómo hacer compatible una nueva realidad laboral con la supervivencia y competitividad de los negocios.
Y esto apenas comienza.
El primer ajuste será de dos horas. Después vendrán otros dos, y otros dos, hasta llegar a las 40 horas en 2030. Eso significa que las empresas no tendrán que resolver un problema una sola vez: tendrán que adaptarse continuamente durante los próximos cuatro años.
Para los trabajadores, representa una transformación importante en la manera de distribuir su tiempo. Para las empresas, representa una nueva forma de organizar el trabajo. Y para los gobiernos, representa el reto de acompañar una transición que no termine afectando la generación de empleo formal.
Las 40 horas pueden cambiar profundamente la relación entre tiempo, trabajo y productividad en México. Pero para que la reforma funcione en la realidad, habrá que responder desde ahora una pregunta mucho más incómoda:
¿cómo vamos a trabajar menos horas sin hacer que trabajar y generar empleo cueste cada vez más?
Porque la reducción de la jornada ya tiene fecha. Lo que todavía está por definirse es cómo se pagará el costo de la transición.