Después de la encuesta, empieza la política.
Morena descubrió que medir preferencias es bastante más sencillo que administrar ambiciones.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Morena ya eligió a quienes encabezarán sus 17 coordinaciones estatales rumbo a 2027. La dirigencia decidió además publicar resultados y metodología: participaron siete casas encuestadoras, se ponderaron variables como conocimiento, opinión positiva, honestidad, intención de voto y preferencia como candidato, y Citlalli Hernández aseguró que ninguno de los procesos fue desconocido formalmente por los participantes. Transparencia hubo. Paz, no necesariamente. Porque una encuesta puede contar preferencias; todavía no existe cuestionario capaz de medir el tamaño de un agravio político.
Chihuahua es el mejor laboratorio. Cruz Pérez Cuéllar derrotó a Andrea Chávez por 8.5 contra 1.5 puntos en el sistema ponderado de Morena, aunque en la pregunta específica sobre preferencia como candidato la diferencia fue mucho menor: 31.53% frente a 30.61%. Es decir, menos de un punto porcentual en uno de los reactivos centrales. Eso no demuestra fraude ni imposición; demuestra algo bastante más terrenal: una encuesta puede producir un ganador indiscutible bajo su metodología y, al mismo tiempo, dejar políticamente vivo al perdedor.
Andrea Chávez llevaba dos años construyendo su candidatura y había quedado asociada al grupo de Adán Augusto López. Perdió, permaneció en Morena y se definió como una “soldada” de Claudia Sheinbaum. Javier Corral, en cambio, calificó la decisión como una imposición y cuestionó duramente a Pérez Cuéllar. Mismo partido, misma encuesta, conclusiones bastante distintas. La célebre unidad guinda comienza a parecerse a esas reuniones familiares donde todos aceptan salir en la fotografía, aunque algunos todavía estén discutiendo quién se quedó con la herencia.
Y Chihuahua no está sola. Las inconformidades aparecieron en Quintana Roo, Sonora, Zacatecas y otros estados; mientras el Partido Verde consiguió espacios relevantes dentro del reparto, el PT quedó inconforme con su cosecha. Algunos analistas observan además un desplazamiento de figuras vinculadas al viejo núcleo lopezobradorista y un mayor peso de candidatos respaldados por gobernadores o con estructuras territoriales propias. Otra lectura posible es menos dramática: Morena estaría privilegiando competitividad y control local sobre abolengos internos. En cualquier caso, el partido de Sheinbaum comienza a adquirir una fisonomía que ya no es idéntica a la del partido de López Obrador.
La paradoja la proporcionó el PT. Mientras su dirigencia busca mejores condiciones dentro de la coalición, el diputado José Antonio López Ruiz subió a la tribuna de San Lázaro con un estandarte de Claudia Sheinbaum, proclamó que “es un honor estar con Claudia hoy” y prometió respaldo “incondicional y sin reservas” a la Presidenta. La escena tuvo algo de política y bastante de liturgia. En la 4T se puede negociar duramente el reparto por la mañana y profesar fidelidad absoluta por la tarde. Una cosa es el amor; otra, las candidaturas.
En Nayarit, la designación de Jasmine Bugarín abrió otra discusión, ahora por haber nacido en Estados Unidos. Ella respondió que es mexicana por nacimiento, hija de padres nayaritas, que sus raíces están en el estado y que ha realizado trámites relacionados con su nacionalidad estadounidense. Así, terminada la encuesta comienza la revisión del currículum, la biografía, los adversarios, las alianzas y cualquier flanco susceptible de convertirse en campaña. Porque ganar una interna únicamente concede el derecho a comenzar la siguiente pelea.
Y mientras Morena intenta cerrar filas, la contienda jurídica ya enseña los dientes. En la Ciudad de México comenzaron denuncias y quejas rumbo a 2027 contra distintas figuras políticas. Es el recordatorio de que las próximas elecciones no se disputarán solamente con votos: también habrá expedientes, tribunales, redes sociales y acusaciones cruzadas. La campaña todavía no entra plenamente en escena y los abogados ya encontraron asiento.
Carlos Loret de Mola sostiene que el principal riesgo electoral para Morena proviene hoy de sus propias divisiones y no de una oposición a la que considera todavía sin suficiente tracción territorial. Es una interpretación, no una predicción, pero toca un punto relevante: el reto inmediato del oficialismo no es solamente ganar elecciones, sino evitar que cada candidato seleccionado produzca uno o varios adversarios dentro de casa.
Morena no está necesariamente ante una ruptura; está ante algo quizá más complejo: su institucionalización como partido de poder. Ya hay grupos, gobernadores, herederos, aliados, derrotados, recién llegados y aspirantes esperando turno.
Las encuestas pudieron decidir quién quedó primero.
Ahora falta descubrir quién sabe quedar segundo.
Y esa, curiosamente, es una pregunta que ninguna casa encuestadora incluyó en el cuestionario.