Austeridad… pero con zapatos Gucci.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Si la política mexicana fuera una serie de Netflix, el capítulo de esta semana se llamaría “La austeridad republicana y otros cuentos de hadas”, con un reparto estelar de legisladores, funcionarios y dirigentes morenistas que, a falta de buenas leyes, nos regalan lookbooks dignos de una pasarela en Milán.
No es que los lujos en la clase política sean novedad. La historia nos ha mostrado que, sin importar el color del partido, la izquierda radical, la derecha conservadora o el centro tibio, todos acaban probando el mismo caviar y durmiendo en la misma suite presidencial. La diferencia ahora es que estos personajes llegaron al poder envueltos en la bandera de la austeridad, vendiendo el sueño de que no eran como “los otros”. Esa frase, “no somos iguales”, repetida hasta el cansancio, hoy suena más como ironía que como promesa.
La narrativa oficial de la 4T prometía que se acabarían los excesos. Pero la realidad, esa terca enemiga de la retórica, ha obligado a que medio gabinete y buena parte de la bancada morenista anden redactando comunicados o enfrentando preguntas incómodas en conferencias de prensa sobre sus gastos. Algo insólito: nunca antes se había visto a tantos políticos explicando públicamente cuánto costó su cena, su reloj o su viaje a Madrid.
Claro, la indignación no nace solo del gasto —porque todos sabemos que la élite política mexicana ha tenido “hambre vieja” por el lujo— sino de la incongruencia. Vendieron modestia, compraron Chanel. Prometieron viajar en clase turista, pero sus maletas Louis Vuitton no caben en el compartimento de arriba.
La pareja dorada de la 4T.
Entre los casos más sonados está el del diputado Sergio Gutiérrez Luna (Morena) y su esposa, la legisladora Karina Barreras (PT) (hoy mejor conocida como #DatoProtegido por su castigo a una tuitera por “violencia política de género), quienes parecen vivir en un capítulo paralelo a la “austeridad republicana”. El periodista tapatío Jorge García Orozco, desde EmeEquis, ha documentado con puntualidad su particular estilo de vida: relojes que superan el valor de un año de salario mínimo, joyas que podrían financiar un hospital rural y zapatos de marcas que ni el SAT se atrevería a auditar.
Pero ahí no acaba la historia: también hay obras de arte y accesorios exclusivos que, sumados, ascienden a millones de pesos. Todo esto sin que hayan presentado las declaraciones patrimoniales correspondientes, un requisito legal que no es opcional y cuya omisión implica posibles sanciones administrativas y hasta penales. La Ley es clara: quien no declara, oculta. Y quien oculta, algo teme.
El caso es paradigmático no solo por el lujo, sino porque exhibe lo que ocurre cuando un discurso político se estrella contra la realidad. Estos legisladores, que representan a la autoproclamada “cuarta transformación”, se han convertido en un blanco perfecto para la oposición, los medios y, quizá lo más temible, los usuarios de Twitter, siempre listos para detectar incoherencias.
De víctimas a victimarios mediáticos.
La ironía es que, durante años, Morena se presentó como víctima del abuso de recursos públicos por parte de sus adversarios. Señalaron, denunciaron, exigieron transparencia… hasta que les tocó gobernar. Ahora, cuando la lupa mediática se posa sobre ellos, se les ve incómodos, justificando gastos como si fueran influencers de moda que acaban de ser acusados de recibir patrocinios ocultos.
Lo más notable es que la indignación pública no proviene solo de la oposición, sino también de quienes creyeron en el relato de la austeridad. El ciudadano común, que no pide mucho —apenas un sistema de salud funcional, seguridad y oportunidades— ve que sus representantes no dudan en pagar una comida con lo que él no gana ni en un mes. Y mientras tanto, las promesas de “vivir como el pueblo” se evaporan más rápido que un spray de perfume Dior.
La narrativa que se volvió boomerang.
Cuando un partido convierte la austeridad en bandera política, debe tener claro que la incongruencia no se perdona. En este caso, el boomerang ha vuelto con fuerza. Las imágenes de políticos de Morena y sus aliados en restaurantes exclusivos, hoteles de lujo y tiendas de diseñador no solo son material para memes, sino también evidencia política que erosiona su credibilidad.
No es que el resto de la clase política no tenga las manos igual de manchadas de caviar, pero el contraste con el discurso oficial multiplica el costo reputacional. El resultado: una izquierda en el poder que se ha vuelto más cínica que la derecha a la que tanto criticó.
El precio de la incongruencia.
El problema no es que los políticos mexicanos vivan como millonarios. Eso, tristemente, ha sido la norma. El problema es que quienes prometieron romper con esa tradición han terminado abrazándola con gusto y sin rubor.
La austeridad republicana, en su versión 4T, se ha convertido en un eslogan vacío, un disfraz que ya no engaña a nadie. Y mientras sigan apareciendo más fotos, videos y reportajes de funcionarios y legisladores exhibiendo lujos incompatibles con sus ingresos y obligaciones legales, la frase “no somos iguales” seguirá sonando como un mal chiste… uno que, además, nos está costando muy caro.
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