Seguridad a la Sheinbaum: menos abrazos, más números… y un ojo puesto en Washington
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Claudia Sheinbaum está a punto de rendir su primer informe de gobierno como presidenta de México, y en Palacio Nacional ya ensayan el aplauso. Aunque en algunos temas no es para menos; por ejemplo, en los últimos 11 meses, el país ha registrado una reducción del 25.3% en víctimas diarias por homicidio, según cifras oficiales. Traducido a números que cualquiera puede entender: hoy se contabilizan 64.9 asesinatos al día, frente a los 86.9 que se promediaban en septiembre del año pasado. Es decir, 22 muertes menos cada día.
En cualquier otro lugar del planeta, esto sería un escándalo… pero para bien. Aquí, en cambio, el logro se celebra con la cautela de quien sabe que seguimos en el top ten de los países más violentos del mundo.
Julio de 2025, por cierto, se convirtió en el mes con mejores estadísticas desde 2015. Un hito que no se veía ni en los tiempos en que el reguetón sonaba más que las balaceras… bueno, casi. La pregunta es inevitable: ¿qué cambió para que en menos de un año se lograra lo que dos sexenios completos prometieron y no cumplieron?
Cambio de libreto… y de público meta.
El cambio de estrategia no solo fue un clamor ciudadano; también fue una exigencia diplomática con acento texano y peinado amarillo. Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca, puso sobre la mesa —junto a sus aranceles y sus muros imaginarios— una condición clara: o México avanza en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, o prepárense para pagar en dólares y lágrimas.
No era solo retórica. La amenaza de gravar las exportaciones mexicanas fue suficiente para que la nueva administración entendiera que la seguridad no es solo un tema de abrazos y no balazos, sino de tratados comerciales y mercados internacionales. Y si el enemigo número uno de Washington es el fentanilo, pues había que mostrar resultados que se vieran desde el Despacho Oval.
La guerra contra la pastilla azul (y no es Viagra).
En este primer año, el gobierno presume la incautación de más de 3.5 millones de pastillas de fentanilo y la inhabilitación de 1,262 laboratorios clandestinos. Además, se han decomisado 14,943 armas de fuego y detenido a más de 29,000 presuntos criminales, entre ellos cabezas de cárteles con presencia nacional.
El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, asegura que la clave está en la colaboración de células especializadas en inteligencia e investigación. Es decir, menos operativos improvisados y más trabajo quirúrgico… aunque eso no quite que en algunas regiones del país la violencia siga tan activa como un mariachi en Día de las Madres.
Por supuesto, las cifras de decomisos lucen espectaculares, aunque conviene recordar que el negocio del fentanilo es tan lucrativo que, por cada laboratorio desmantelado, hay otro listo para operar en menos de 24 horas. Es como jugar al “whack-a-mole”, pero con capos.
¿Éxito real o espejismo estadístico?
Si uno mira los números fríos, no cabe duda: la estrategia está arrojando resultados que no se habían visto en mucho tiempo. El problema es que la seguridad en México no se mide solo por homicidios dolosos. Secuestros, extorsiones, desapariciones y desplazamientos forzados siguen siendo heridas abiertas que no cierran con un informe de gobierno. La extorsión incluso creció exponencialmente.
Además, está el detalle incómodo de siempre: las cifras oficiales son un campo fértil para la creatividad estadística. La reducción es real, pero también lo es que los registros dependen de ministerios públicos que, en más de un caso, prefieren clasificar como “lesiones” lo que podría ser “homicidio”, porque así la gráfica luce mejor.
El doble mensaje.
Para Sheinbaum, el primer año era clave: debía demostrar que no repetiría el libreto de López Obrador, cuyo lema de “abrazos, no balazos” terminó convertido en meme. El suyo es más como “menos balazos, pero con datos duros”. Y lo cierto es que la narrativa funciona: en el extranjero, se habla de un México que al fin empieza a mover la aguja en materia de seguridad, mientras en casa la conversación es más prudente, con ciudadanos que aplauden la baja de homicidios pero saben que aún no pueden dejar la puerta sin llave.
Al final, la estrategia de seguridad de Sheinbaum parece responder a dos audiencias:
1. La interna, que pedía a gritos un cambio después de años de sangre y promesas incumplidas.
2. La externa, que incluye a un Donald Trump obsesionado con detener el flujo de drogas y migrantes, aunque para lo primero nunca haya reconocido que gran parte de su propio consumo lo alimenta su mercado interno.
Menos violencia, más “diplomacia”.
Sheinbaum llegará a su primer informe con un resultado que ningún presidente reciente puede presumir: una reducción significativa de homicidios en menos de un año. ¿Milagro? No. ¿Coincidencia? Difícil. ¿Estrategia afinada bajo presión? Definitivamente.
Si el reto era mostrar avances tangibles para frenar la violencia y, de paso, evitar que Trump active el botón arancelario, la misión está, por ahora, cumplida. Pero en México, la historia de la seguridad es como una serie de plataforma: un buen capítulo no garantiza una buena temporada. Y aquí, todos sabemos que el guion puede cambiar en cualquier momento… con o sin fentanilo de por medio.
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