POR: LILY ORTIZ
Entre la tragedia y la esperanza; lo sucedido en Iztapalapa nos mostró lo vulnerable que somos.
La explosión de una pipa en Iztapalapa no solo deja tras de sí el humo, los escombros y las cifras frías de víctimas y lesionados. Lo que realmente deja es una herida profunda en familias que, de un instante a otro, vieron cómo su vida cambió para siempre. Perder a un ser querido en cuestión de segundos es una prueba dolorosa de lo frágil que puede ser la existencia y de lo vulnerable que somos frente a circunstancias que escapan a nuestro control.
Pero, entre las cenizas de la tragedia, también emergió lo mejor del pueblo mexicano: la solidaridad; vecinos que se acercaron sin pensarlo para ayudar, ciudadanos que llevaron víveres, materiales de curación y palabras de aliento. No es la primera vez que lo vemos. Ya en los sismos que sacudieron a la Ciudad de México se demostró que, más allá de diferencias y fracturas sociales, los buenos siempre son más. Y en esta ocasión volvió a quedar claro: hay quienes, en medio del dolor, deciden dar lo mejor de sí para otros. Ese gesto, esa empatía, es lo que da esperanza.
Sin embargo, sería un error quedarnos únicamente con esa cara luminosa; esta tragedia también expone realidades que no deberían repetirse: una unidad que no contaba con seguro, cuando la ley lo exige; hospitales que recibieron a los heridos sin insumos básicos, donde fue la misma ciudadanía la que tuvo que recolectar gasas y material de curación para que los médicos pudieran trabajar. ¿Cómo puede ser posible que, en pleno 2025, dependamos más de la improvisación ciudadana que de la previsión institucional?
El dolor no debe quedarse sin respuestas. Es necesario que las autoridades realicen investigaciones a fondo, que se finquen responsabilidades y que se haga justicia para quienes perdieron a un ser querido. No basta con los discursos de condolencia ni con los llamados a la calma; la justicia también es una forma de aliviar el sufrimiento y de reconstruir la confianza social.
Iztapalapa y todo México hoy está de luto, pero también nos deja una lección doble: la certeza de que aún hay humanidad en medio de la desgracia y la exigencia de que las instituciones no fallen cuando más se les necesita. Porque sí, siempre habrá esperanza de una mejor sociedad, pero esa esperanza no puede descansar únicamente en la bondad ciudadana: debe sostenerse también en un Estado que cumpla con su deber.
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