La Luz del Mundo: entre el púlpito, los tribunales y la reforma judicial.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En México, la separación entre Iglesia y Estado siempre ha sido un principio solemne… y constantemente violado. El artículo 130 de la Constitución se vende como un candado impenetrable contra la intromisión religiosa en la vida política, pero la historia reciente demuestra que ese candado se abre con un clip y un poco de voluntad política. El ejemplo más evidente es la Iglesia de La Luz del Mundo, un grupo religioso envuelto en escándalos judiciales, que ha logrado meter un pie —y quizá medio cuerpo— en la puerta de la reforma al Poder Judicial.
La ironía es de manual: mientras su líder espiritual, Naasón Joaquín García, cumple condena en Estados Unidos por abuso sexual de menores, en México algunos de sus seguidores se pasean por la boleta electoral para convertirse en jueces y magistrados. Es como si Al Capone diera clases de civismo o si Rambo encabezara un comité de paz.
De templo a tribunal: el largo historial de escándalos.
La Luz del Mundo no es una iglesia cualquiera. Fundada en Guadalajara en 1926, ha cultivado una membresía numerosa, disciplinada y capaz de movilizar multitudes. Pero su fortaleza espiritual siempre ha convivido con denuncias terrenales.
Los tres líderes que ha tenido la institución —Eusebio Joaquín González, Samuel Joaquín Flores y Naasón Joaquín García— han enfrentado acusaciones de abuso sexual. El último, Naasón, fue sentenciado en 2022 en California por tres cargos de abuso contra menores, y aún enfrenta procesos por crimen organizado y explotación infantil. No hablamos de rumores de pasillo, sino de sentencias firmes y carpetas judiciales con peso.
Pese a ello, la iglesia no ha perdido poder económico ni político. Mantiene empresas, escuelas, hospitales, editoriales y un bastión sólido en Jalisco, donde incluso su templo fue declarado patrimonio cultural. Una decisión oficial que, a los ojos de las víctimas, equivale a ponerle medalla de honor a la casa del crimen.
La elección de jueces y la fe como ventaja electoral.
La reforma judicial impulsada en 2024 prometía “democratizar la justicia” mediante la elección popular de jueces, magistrados y ministros. En papel, la idea sonaba a aire fresco; en la práctica, abrió la puerta a que grupos con capacidad de movilización —sindicatos, partidos y, claro, iglesias— vieran en la justicia un nuevo terreno electoral.
Fue entonces cuando aparecieron los nombres incómodos: al menos cuatro candidatos con vínculos claros con La Luz del Mundo se registraron para contender. Organizaciones de víctimas exigieron al INE y al Tribunal Electoral frenar estas candidaturas bajo el argumento de que violaban el requisito de “buena reputación”. El resultado: el Tribunal, con una serenidad digna de Buda, determinó que no había impedimento. El requisito de buena reputación, al parecer, es tan flexible como una liga escolar: sirve para atar lo que conviene y se rompe cuando estorba.
Lo más llamativo llegó tras las elecciones de junio de 2025: al menos dos perfiles ligados a la iglesia recibieron constancia de mayoría como jueces. Es decir, en un sistema que presume independencia judicial, ahora tenemos magistrados electos que rinden pleitesía a una organización cuyo líder purga condena por delitos sexuales. Si esto no es ironía, no sé qué lo sea.
Laicidad: el principio constitucional en jaque.
El artículo 130 constitucional establece con claridad que ministros de culto no pueden ocupar cargos públicos. La norma busca proteger la neutralidad del Estado, evitar que la fe dicte leyes o sentencias, y garantizar que el juez no empiece la audiencia con un “hermanos, vamos a orar antes de condenar”.
Sin embargo, el problema con La Luz del Mundo no es sólo que ministros de culto intenten acceder al poder judicial, sino que perfiles cercanos —exministros, familiares, simpatizantes visibles— sean validados por las instituciones electorales como si nada. Legalmente, no todos caen en la prohibición literal, pero políticamente la contradicción es evidente: ¿cómo se garantiza la independencia de un juez vinculado a una organización acusada de manipulación, corrupción y abusos sistemáticos?
Aquí la laicidad se parece a esas dietas milagro: se predican con convicción, se rompen a la primera tentación y, al final, sólo sirven para la foto.
Los actores políticos y el silencio conveniente.
La historia sería menos preocupante si se tratara de simples intentos aislados. Pero en el camino aparecen instituciones y políticos dispuestos a mirar hacia otro lado. El INE validó candidaturas, el Tribunal Electoral las ratificó, y autoridades estatales como el gobierno de Jalisco han coqueteado con el grupo, otorgándole reconocimientos culturales.
Y claro, ningún partido político quiere pelearse con una organización capaz de movilizar decenas de miles de votos disciplinados. Morena, PAN, PRI y compañía saben que en contiendas cerradas, la fe puede ser más rentable que la ideología. En ese sentido, La Luz del Mundo ha sabido vender caro su amor: puede ser un aliado electoral o, en su defecto, un enemigo con púlpito.
Reflexiones finales: ¿hacia dónde va la justicia mexicana?
La participación de La Luz del Mundo en el proceso de reforma judicial desnuda una contradicción brutal: mientras se busca limpiar al Poder Judicial de élites corruptas, se permite la entrada de estructuras religiosas cuestionadas por delitos graves.
¿Puede un juez vinculado a esta iglesia garantizar imparcialidad? ¿Podrá un magistrado electo con respaldo eclesiástico juzgar casos relacionados con libertad religiosa, abusos sexuales o corrupción sin conflicto de interés? ¿O terminaremos viendo sentencias dictadas “en nombre de Dios y del pueblo de México”?
Lo cierto es que la justicia, al menos en su versión mexicana, parece haber encontrado un nuevo actor que la corteja: la fe organizada con poder económico. Y si a eso sumamos que el propio Estado relaja sus principios de laicidad, el escenario se vuelve una tragicomedia nacional.
En conclusión, la reforma judicial abrió la puerta a la participación ciudadana… pero olvidó cerrar la ventana por donde se colaron los intereses religiosos. La Luz del Mundo lo entendió antes que nadie: en un país donde la ley se dobla con fe, la verdadera reforma no se juega en los tribunales, sino en los templos.
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