Educación en México: el primer examen de Sheinbaum entre becas, reprobados y pizarras rotas.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Si la educación mexicana fuera un alumno, este primer año lectivo con Claudia Sheinbaum en la presidencia arrojaría un boletín escolar bastante curioso: un “10” en repartir becas, varios “5” en materias básicas como matemáticas y lectura, y un “NP” (no presentó) en evaluación de resultados. En otras palabras, el Gobierno puede presumir que los cheques llegan puntuales, pero los aprendizajes se siguen fugando por la rendija de un sistema que lleva años en estado de emergencia silenciosa.
La mandataria ha hecho de las becas el eje central de su política educativa. Desde la universalización de las Benito Juárez, hasta la recién estrenada Rita Cetina para educación básica y la ampliación de Jóvenes Escribiendo el Futuro en el nivel superior, la lista de apoyos es digna de un catálogo de supermercado social. El problema, según coinciden especialistas, es que las becas se están gastando en todo, menos en resolver lo esencial: que los niños aprendan. Dicho de otra forma, se está premiando la permanencia en un edificio escolar que muchas veces no tiene ni internet, ni maestros capacitados, ni libros sin errores tipográficos.
El espejismo de la permanencia.
El Gobierno se ha convencido de que con 1,900 pesos bimestrales un joven de educación media ya tiene asegurada la continuidad escolar. Sin embargo, las cifras dicen lo contrario. En el último ciclo escolar, 994,219 alumnos abandonaron las aulas, un 20% más que el periodo anterior. Es decir, la deserción escolar no se detuvo, solo se encareció. Al parecer, muchos estudiantes recibieron el cheque, agradecieron el gesto y se marcharon igual.
Los especialistas explican el fenómeno con una lógica brutal: los jóvenes abandonan la escuela porque sienten que no es para ellos, y no es para ellos porque llegan con graves deficiencias arrastradas desde la primaria y la secundaria. Es como pretender construir un edificio de diez pisos cuando los cimientos son de arena. El resultado es predecible: se derrumba.
El fantasma de PISA y las materias reprobadas.
El último examen PISA, ese incómodo boletín internacional, reveló los peores resultados de México desde 2006 en lectura y matemáticas. En ciencias, el descenso fue todavía más dramático que el promedio de otros países. El Gobierno culpa a la pandemia, y sí, dos años de escuelas cerradas tuvieron efectos devastadores. Pero la pandemia terminó hace rato y el rezago sigue ahí, creciendo como hiedra en las paredes de las aulas.
Los maestros, por su parte, no necesitan a la OCDE para darse cuenta de lo que pasa. Lo ven todos los días: niños que llegan a primaria sin leer ni escribir, adolescentes que sobreviven en bachillerato sin comprender un párrafo completo y futuros universitarios que creen que el Teorema de Pitágoras es un grupo de reguetón.
A esto se suma la herencia de López Obrador y su política de “no reprobación”. En su lógica, reprobar era un acto de injusticia social. En la práctica, se convirtió en patear la pelota hacia delante: hoy tenemos generaciones enteras con serias carencias que fueron oficialmente aprobadas, pero que en la realidad arrastran un vacío educativo que ni diez becas podrán llenar.
Infraestructura: pizarras rotas y computadoras fósiles.
El otro gran agujero negro es la infraestructura. Más del 50% de los planteles de educación media superior no tiene una computadora con internet. Las que sí existen suelen tener más de una década de vida útil, software sin licencias y teclas que parecen piezas de museo. Mientras el mundo discute sobre inteligencia artificial en las aulas, en buena parte de México seguimos luchando por conseguir que al menos funcione el proyector.
Y aquí está el problema estructural: no hay dinero en el presupuesto destinado a formación docente, laboratorios, bibliotecas ni conectividad. La inversión pública prefiere la política del aplauso inmediato: becas que se depositan cada bimestre y aseguran votos, frente a proyectos de largo aliento cuyo éxito no se ve antes de las siguientes elecciones.
La Nueva Escuela Mexicana: reforma exprés sin brújula.
Sheinbaum presume la Nueva Escuela Mexicana como un cambio de paradigma que unifica subsistemas de bachillerato y promete “equidad, excelencia y mejora continua”. Bonitas palabras, aunque tan etéreas como un comercial de shampoo. Los expertos advierten que carece de parámetros claros y, peor aún, de un sistema de evaluación que permita medir si las reformas funcionan.
La única métrica sólida es la de PISA, aplicada cada tres años y con un costo que México apenas pudo cubrir en la última edición. Sin instrumentos internos, la política educativa se parece más a manejar con los ojos cerrados esperando que el auto no se estrelle.
Además, los materiales de apoyo son los mismos libros de texto plagados de errores que dejó López Obrador. Es decir, la reforma educativa arrancó con pies de barro y mochila de piedras.
El balance del primer año: becas 10, aprendizaje 5.
Al cierre de este primer ciclo escolar bajo Sheinbaum, el balance es contradictorio. Sí, las becas han ayudado a reducir pobreza y desigualdad, y miles de familias agradecen ese respiro económico. Pero en términos estrictamente educativos, la fotografía es preocupante: la deserción aumenta, la calidad de aprendizajes básicos se desploma, y la infraestructura escolar sigue atrapada en el siglo XX.
Lo que debería preocuparnos es que de cada 100 niños que entran a primaria, solo 29 llegarán a la educación superior. Esa es la verdadera tragedia: un sistema que expulsa a la mayoría de sus estudiantes en el camino y que, con o sin becas, sigue condenado a reproducir desigualdad.
En suma, Sheinbaum pasó su primer examen en educación con la misma calificación que millones de alumnos en las aulas: aprobada de panzazo. Si no cambia el rumbo —y rápido—, la Nueva Escuela Mexicana podría convertirse en la misma vieja historia: un sistema donde el dinero se reparte en efectivo, pero los aprendizajes se pierden en el vacío.
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