El Mundial de las protestas; un manual para tener a todos descontentos, en los tiempo de la 4T.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Por años, los gobiernos han utilizado los grandes eventos deportivos como vitrinas políticas. No se trata solo de fútbol, medallas o ceremonias espectaculares: se trata de narrativa. Los Olímpicos, los Mundiales y hasta los conciertos masivos funcionan como gigantescos anuncios de “todo está bien”. Y México no es la excepción.
A finales del año pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó la estrategia rumbo al Mundial 2026 entre bailes prehispánicos, botargas y discursos cargados de simbolismo nacionalista. El mensaje era claro: México está listo para mostrarse al mundo como una nación orgullosa, moderna y empoderada. El problema es que, seis meses después, la realidad parece empeñada en sabotear el guion.
Porque mientras el Gobierno afina ceremonias, campañas turísticas y operativos de seguridad, distintos sectores sociales afinan otra cosa: protestas, bloqueos y amenazas de boicot.
Campesinos advirtiendo que impedirán accesos a partidos si no se atienden sus demandas. Transportistas amagando con paralizar avenidas estratégicas. Controladores aéreos denunciando jornadas extenuantes y riesgos operativos. Y la CNTE preparando una huelga nacional justo antes de la inauguración. El Mundial todavía no comienza y México ya juega tiempos extra contra sus propios conflictos internos.
La ironía es brutal: el torneo que busca mostrar estabilidad internacional se está convirtiendo en el escaparate perfecto de las fracturas nacionales.
Y no es casualidad.
Los grandes eventos deportivos suelen funcionar como aceleradores políticos. Lo que normalmente tarda meses en negociarse, de pronto adquiere urgencia porque hay cámaras internacionales apuntando. Los grupos sociales lo saben. Entienden que un bloqueo en cualquier semana genera molestias locales, pero un bloqueo durante el Mundial genera presión global. En otras palabras: descubrieron que el balón también sirve para negociar.
El Gobierno insiste en que “nada va a pasar”. Es una frase políticamente necesaria, aunque estratégicamente arriesgada. Porque el problema no es únicamente si habrá seguridad dentro de los estadios; el verdadero desafío está fuera de ellos. En las carreteras tomadas, en los aeropuertos saturados, en las avenidas bloqueadas y en una economía que cada vez ofrece menos margen para apagar incendios sociales con recursos públicos.
Ahí aparece otra contradicción incómoda.
México quiere organizar el Mundial más ambicioso de la historia compartiendo sede con Estados Unidos y Canadá, pero enfrenta el torneo con un crecimiento económico débil, inflación persistente y sectores productivos profundamente molestos. El Gobierno necesita proyectar fortaleza justo cuando distintos grupos perciben debilidad presupuestal y capacidad limitada de respuesta.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿el Mundial será una fiesta deportiva o un gigantesco amplificador político?
Porque, además, la seguridad sigue siendo el elefante en la habitación. El reforzamiento anunciado por el secretario Omar García Harfuch —con drones, helicópteros y más de 100 mil elementos— refleja tanto capacidad operativa como preocupación. Nadie despliega semejante aparato si no percibe riesgos reales.
La violencia reciente en Jalisco tras los acontecimientos relacionados con el crimen organizado dejó claro que la imagen internacional de México puede deteriorarse en cuestión de horas. Y en la era digital, basta un video viral de turistas atrapados entre bloqueos o disturbios para arruinar millones de dólares en campañas de promoción turística.
El problema de fondo es que el Mundial encontró a México exactamente donde México suele estar: dividido entre la puesta en escena y la realidad cotidiana.
Por un lado, el discurso oficial promete modernidad, estabilidad y grandeza internacional. Por el otro, miles de ciudadanos sienten que sus problemas siguen sin resolverse: inseguridad, bajos ingresos, abandono al campo, precariedad laboral y desgaste institucional.
Y quizá ahí radica la mayor lección política de esta historia.
Los Mundiales pueden maquillar temporalmente a un país, pero no pueden esconderlo completamente. Las cámaras de la FIFA muestran estadios llenos y ceremonias impecables; las redes sociales muestran lo demás.
Aun así, sería un error apostar al desastre. México tiene experiencia organizando eventos internacionales y probablemente el torneo terminará realizándose con relativa normalidad. La maquinaria institucional, la presión económica y el interés global son demasiado grandes como para permitir un colapso total.
Pero eso no elimina el mensaje de fondo.
El Mundial 2026 podría convertirse en el torneo donde México confirme su capacidad organizativa… o en el torneo donde el mundo observe, en tiempo real, el tamaño de sus tensiones internas.
Porque al final, el verdadero partido no se jugará solamente en el Estadio Azteca. También se jugará en las carreteras, en las mesas de negociación, en las calles tomadas y en la capacidad del Gobierno para convencer a millones de mexicanos de que esta fiesta también les pertenece.
Y hoy, sinceramente, ese marcador sigue empatado.
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