por Eduardo Rodriguez
Morena contra Durango: la obediencia que traiciona a la gente.
En política, pocas cosas resultan tan decepcionantes como la renuncia deliberada al juicio propio. Y eso fue exactamente lo que vimos con el voto del Grupo Parlamentario de Morena en el Congreso de Durango al rechazar la Ley de Ingresos propuesta por el gobernador Esteban Villegas. No fue un voto razonado, no fue un análisis técnico, no fue un acto de representación ciudadana. Fue obediencia ciega. Fue disciplina de partido por encima del bienestar de Durango.
La reciente filtración del audio de Luisa María Alcalde, presidenta nacional de Morena, vino a confirmar lo que muchos ya sospechaban: las y los diputados morenistas votarían “en automático” contra las leyes de ingresos de cualquier entidad federativagobernada por la oposición. No importan los números, no importan las necesidades locales, no importa el contexto económico. Importa solo el cálculo político nacional. Y eso, en pleno 2025, es un retroceso inaceptable.
Porque si algo debería escandalizar a cualquier ciudadano responsable es la idea de que las decisiones presupuestales de un estado se tomen desde una oficina en la Ciudad de México, mediante órdenes verticales, sin un mínimo de respeto por la autonomía estatal. La postura de Morena no solo es obsoleta: es profundamente antidemocrática. Resulta paradójico, y casi cínico, que sea precisamente el partido que presume “transformar” al país quien recurra a las prácticas más viejas, desgastadas y autoritarias de la política mexicana: la instrucción jerárquica disfrazada de disciplina.
Pero vayamos al fondo: ¿qué implica votar en contra de una Ley de Ingresos por consigna? Implica dejar de pensar en la gente. Implica negar recursos necesarios para salud, infraestructura, seguridad, educación y programas sociales que sí funcionan. Implica abandonar a municipios que requieren apoyo, y a instituciones que dependen de una planeación seria para operar con responsabilidad.
Las y los diputados de Morena en Durango no votaron contra una Ley de Ingresos: votaron contra Durango.
Y lo más grave es que lo hicieron con pleno conocimiento de causa. Porque saben, como lo sabe cualquier legislador mínimamente informado, que la Ley de Ingresos no es un capricho del gobernador ni un cheque en blanco para el Ejecutivo, sino el instrumento fundamental para dar viabilidad financiera al estado. Lo saben, pero eso no importó. La instrucción partidista fue más fuerte.
La incongruencia es evidente. A nivel federal, Morena aprueba sin pestañear presupuestos y leyes fiscales cada vez más centralizadas, cada vez más restrictivas para los estados, y cada vez más dependientes del poder presidencial. Pero cuando toca actuar en las legislaturas locales, adoptan la postura más mezquina: si el estado no es gobernado por ellos, entonces que se ahogue. ¿Ese es el concepto de nación que Morena promueve? ¿Un país donde las entidades federativas se castigan unas a otras según la conveniencia del centro?
La doble moral es vergonzosa. Morena exige lealtad absoluta hacia el gobierno federal, pero niega al mismo tiempo la gobernabilidad de cualquier entidad que no esté bajo su bandera.
Las y los legisladores morenistas tuvieron la oportunidad de demostrar independencia, altura de miras, compromiso con la gente. No lo hicieron. Prefirieron el aplauso del comité nacional. Prefirieron la obediencia sobre la razón. Prefirieron los intereses de partido sobre la responsabilidad pública.
Hoy más que nunca es necesario preguntarnos:
¿Para qué sirve un diputado que no decide por sí mismo? ¿A quién representan realmente quienes votan sin analizar, sin debatir, sin escuchar, sin proponer? ¿En qué momento confundieron política con servilismo?
Lo que vimos ayer en el Congreso fue una oposición ruidosa, vacía y funcional solo para el cálculo electoral de una dirigencia que ni vive en Durango ni comprende sus desafíos.
Vale la pena dejar sobre la mesa una reflexión final: la democracia se deteriora no solo por quienes gobiernan mal, sino por quienes desde el poder legislativo renuncian a cumplir su papel. La democracia se erosiona cuando los partidos se convierten en máquinas de obediencia y los congresos en oficinas de trámite político.
El mensaje que envió Morena es claro: no están aquí para construir, están aquí para obedecer sin pensar, sin cuestionar y sin asumir responsabilidades. Y frente a esa sumisión vergonzosa, el mensaje es aún más firme: Durango no se arrodilla ante consignas. Durango se gobierna con responsabilidad, visión y altura, lo que a ellos les faltó.
