Por Eduardo Rodriguez
Morena, ¿se desmorona?
En política no hay movimientos casuales o improvisados. La salida de Citlali Hernández de la Secretaría de Mujeres para reincorporarse de lleno a Morena no es un simple relevo administrativo, es una señal clara de que la maquinaria electoral del oficialismo esta en marcha, aunque falten todavia meses para que el calendario formal arranque.
Citlali no se fue por desgaste ni por crisis. Se va porque la necesitan en el partido. Ahí donde hoy Morena enfrenta tensiones internas, disputas y una fuerte fragmentación derivada del poder mismo. Gobernar “une” en la superficie, pero divide en el fondo.
Su paso por la Secretaria de Mujeres fue discreto. Sin grandes sobresaltos y sin un sello contundente que la posicionara como figura de política pública. Su verdadera experiencia no está en la gestión institucional sino en la operación política, en la construcción de acuerdos y en la interlocución. Por eso la regresaron al partido.
Lo que viene no es menor. El 2027 no solo será una elección intermedia más. Estarán en juego 17 gubernaturas, la renovación total de la Cámara de Diputados y una larga lista de cargos locales que definirán el mapa político del país en la antesala de la sucesión presidencial. Es una elección bisagra.
De ahí que la eventual salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional — aún en el terreno de los rumores, pero cada vez más insistentes—forme parte de un recomido más amplio. Nos se trata de nombres aislados, sino de piezas que empiezan a moverse en un tablero que ya apunta al 2030.
La lógica es sencilla: quien controle el partido en 2027 tendrá una ventaja rumbo a la sucesión presidencial. Porque más allá de las candidaturas, lo que estará en disputa es la capacidad de cohesión interna, definición de reglas y la distribución del poder.
No es un secreto que en Morena las candidaturas se han convertido en el principal factor de tensión. La falta de reglas claras (las encuestas no dejan contento a nadie), la percepción de imposiciones y la creciente influencia de los grupos cercanos al poder presidencial han generado inconformidad incluso entre los fundadores. En ese ambiente, la operación política se vuelve indispensable.
Porque si algo ha cambiado en Morena es su propia naturaleza. Pasó de ser un movimiento conformado por diversas corrientes políticas a convertirse en un partido de gobierno, y con ello llegaron los vicios que históricamente criticó: cuotas, cuates, conflictos de interés, corrupción, trafico de influencias y luchas por el control territorial.
A la par de la salida de Citlali, es probable que el gabinete federal comience a experimentar ajustes. Algunos funcionarios buscarán convertirse en candidatos, lo que implicará su salida anticipada. Otros, simplemente, habrán agotado su ciclo y serán relevados sin mayor ceremonia.
La razón detrás de estos movimientos responde a la premisa de que el gobierno debe alinearse a la estrategia electoral. No hay espacio para figuras que no sumen en el terreno político. Lo más importante para los morenistas es ganar elecciones, aunque el gobierno siga naufragando.
Aunque hoy el partido en el poder mantiene una posición dominante, el desgaste natural del ejercicio gubernamental comienza a notarse. La elección de 2027 será la primera gran prueba de ese desgaste y, al mismo tiempo, el primer termómetro real de cara al 2030.
La rebelión en la granja del PVEM y PT, así como la irrupción de nuevos partidos políticos y el reposicionamiento del PRI, PAN y MC anuncian una contienda política electoral muy intensa.
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