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HABLEMOS DE…

Tiptip MX por Tiptip MX
enero 28, 2026
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POR: LILY ORTIZ

Se convirtieron en lo que juraron destruir… ¿qué pasó con la austeridad?

No es el costo lo que escandaliza, es un país donde todo está caro desde la gasolina hasta la canasta básica, nadie se sorprende ya por cifras elevadas; lo que verdaderamente llama la atención es la incongruencia, si, esa brecha cada vez más evidente entre lo que se pregona a los cuatro vientos y lo que se practica puertas adentro del Poder Judicial.

Los actuales ministros y ministras de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) llegaron envueltos en un discurso de cambio; habrá que recordar que se presentaron como distintos, como la antítesis de aquellos ministros del pasado a quienes durante años se les acusó de privilegios, derroches y lejanía con el pueblo. Los nuevos prometieron austeridad, cercanía y una nueva forma de ejercer la función judicial, y hoy, ese relato comienza a resquebrajarse.

El tema de las camionetas blindadas fue apenas la chispa, y no nos confundamos, no es porque su costo sea, en sí mismo, el gran pecado, la seguridad institucional existe y tiene un precio; sino porque contrasta brutalmente con el discurso de austeridad que ellos mismos han defendido. A eso se suman gastos registrados de casi 300 mil pesos en togas judiciales y otros conceptos aún más difíciles de explicar, como erogaciones relacionadas con rituales, limpias y prácticas esotéricas, y es que pareciera broma, pero no; eso es el Poder Judicial.

El contexto tampoco es que les ayude mucho, habrá que recordar que estos ministros no llegaron tras un proceso electoral ejemplar. Su arribo estuvo marcado por una baja participación ciudadana y por señalamientos persistentes sobre el uso de “acordeones” que orientaron el voto. Un mecanismo que, lejos de fortalecer su legitimidad, dejó dudas razonables sobre la autonomía y la independencia con la que ejercerían el cargo.

Aun así, asumieron una de las responsabilidades más altas del Estado mexicano: impartir justicia constitucional. Y ahí surge otra pregunta incómoda. ¿Han estado sus resolutivos a la altura de esa responsabilidad y de la experiencia que se suponía debían tener? Las decisiones del máximo tribunal han generado controversia constante, con fallos que para muchos parecen más alineados a intereses políticos que a una interpretación sólida y técnica de la ley.

El contraste con los ministros del pasado resulta inevitable. Y es que a aquellos se les acusó de vivir en una burbuja de privilegios y tal vez si lo era y lo ha sido por muchos años este Poder, pero a los actuales se nos ofrecieron como un relevo moral. Sin embargo, lo que hoy se observa es que no solo replican prácticas que decían combatir, sino que en algunos rubros incluso las superan, aunque ahora bajo un nuevo discurso.

El cuadro se completa cuando, frente a los señalamientos, no son los propios ministros quienes salen a dar la cara con explicaciones claras y transparentes, sino la presidenta de la República. Que sea el Ejecutivo quien intente justificar los gastos del Judicial no es un dato menor: refuerza la percepción de que la tan mencionada autonomía es, en realidad, bastante flexible y dependiente.

El sarcasmo se impone solo; se prometió austeridad y se normalizaron los excesos; se habló de independencia y llegó la defensa política; se dijo “no somos iguales” y, al final, el resultado se parece demasiado a aquello que tanto se criticó.

Y no es que exijamos ministros pobres ni vulnerables, pero sí coherentes en el discurso y en el actuar. No asusta el precio de una camioneta; inquieta la hipocresía. Por más togas, blindaje o rituales que tengan, no se puede sostener la confianza de un país cansado de promesas que no se cumplen.

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