POR: DIONEL SENA
LA ELIMINACIÓN DEL FUERO… TIENE NERVIOSOS A MÁS DE UNO.
La Reforma Electoral se coloca una vez más en el centro del debate público, no solo por los cambios que plantea en la organización de los procesos electorales, sino por uno de sus componentes más sensibles y simbólicos: la eliminación del fuero para servidores públicos y representantes populares, un tema que, inevitablemente, toca fibras profundas en una sociedad cansada de los privilegios y de la impunidad ejercida por políticos y servidores.
Durante décadas, el fuero fue concebido como una garantía para proteger la libertad de expresión y la función legislativa frente a posibles persecuciones políticas. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa figura se fue desvirtuando hasta convertirse, en muchos casos, en un escudo para evadir la justicia. Hoy, para buena parte de la ciudadanía, el fuero ya no representa protección institucional, sino una barrera entre el poder y la rendición de cuentas.
Que la Reforma Electoral incluya la eliminación del fuero, no es un detalle menor ni un gesto retórico, es más bien una señal política clara que apunta a replantear la relación entre los gobernantes y los gobernados. En un contexto de desconfianza hacia las instituciones, quitar privilegios puede ser más poderoso que crear nuevas reglas, siempre y cuando el cambio sea real y no solo en el discurso.
No obstante, el debate no está exento de riesgos, pues el eliminar el fuero, implica también fortalecer al sistema de justicia para evitar que la ley se use como arma política. Sin fiscalías autónomas, jueces independientes y procesos claros, el remedio podría terminar siendo peor que la enfermedad, abriendo la puerta a persecuciones selectivas o vendettas disfrazadas de legalidad.
Desde el punto de vista electoral, la reforma plantea un mensaje de fondo: nadie debería estar por encima de la ley, ni siquiera quienes organizan, compiten o legislan en los procesos democráticos. En teoría, esto podría elevar la credibilidad del sistema político y reducir la distancia entre la clase política y una ciudadanía cada vez más crítica y vigilante.
Al final, la eliminación del fuero dentro de la Reforma Electoral será puesta a prueba no en el discurso, sino en su aplicación. Si se traduce en mayor transparencia, responsabilidad y castigo efectivo a los abusos, será un avance histórico. Si se queda en el papel o se usa como bandera política sin resultados concretos, será solo otro capítulo de promesas incumplidas en la larga lista de reformas pendientes.
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