POR: DIONEL SENA
EL BANCO DE MÉXICO RECONOCE REMESAS QUE SON MÁS BIEN TRANSFERENCIA DE RECURSOS QUE OTRA COSA.
En México se ha construido, durante años, una narrativa casi intocable en torno a las remesas, pues estas se presentan como símbolo de sacrificio, como prueba de la solidaridad familiar y como uno de los pilares silenciosos de la economía nacional. Y en efecto, lo son. Millones de mexicanos en Estados Unidos envían, en promedio, 4 mil 800 dólares anuales a sus familias, recursos que no solo pagan comida, colegiaturas, medicinas y renta, sino que también alimenta una narrativa del gobierno en turno de que todo está bien.
Sin embargo, los datos recientes obligan a matizar —y a incomodar— ese discurso, pues en la Mañanera de este miércoles, un reportero puso en evidencia que un ciudadano de Afganistán, envió más de un millón de dólares en un solo año a México, sin obviar que en Zacatecas se registraron en 2024, tres transacciones por 20 millones de dólares cada una, cifras que claro está, no corresponden al patrón típico de un trabajador migrante, es decir, son montos que rebasan, por mucho, la lógica de apoyo familiar y aún así el Banco se México las contabiliza como remesas.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum lo reconoció con una frase que marca distancia: “Pero esas ya no son remesas, son transferencias de recursos”. La precisión semántica no es menor. En términos regulatorios y financieros, no es lo mismo una remesa —envío personal y recurrente— que una transferencia de capital de alto monto, como claro está es el caso, a pesar de lo cual, ambas categorías terminan mezcladas en el debate público y, a veces, en las estadísticas que alimentan triunfalismos oficiales a pesar de la evidencia irrefutable.
México ha presumido durante años niveles récord de remesas como señal de fortaleza económica y confianza en el país, pero cuando en el mismo flujo aparecen operaciones millonarias atípicas, el análisis exige mayor rigor. ¿Son inversiones? ¿Movimientos corporativos? ¿Repatriaciones de capital? ¿O hay vacíos de supervisión que permiten que se clasifiquen bajo el mismo paraguas conceptos radicalmente distintos? La transparencia no es opcional, cuando se habla de decenas de millones de dólares.
El caso de Zacatecas es particularmente sensible. No solo por el monto —60 millones de dólares en tres movimientos— sino por el contexto de una entidad golpeada por problemas de seguridad y economías informales. Cuando cifras de ese tamaño aparecen en un estado con alta migración y alta vulnerabilidad institucional, la obligación del Estado es explicar, no minimizar. La confianza pública no se construye con frases, sino con información verificable.
Si el gobierno quiere diferenciar entre remesas familiares y transferencias de recursos, entonces debe también diferenciar su tratamiento estadístico, fiscal y político, ya que no es lo mismo el esfuerzo de un trabajador que envía 400 dólares al mes que una operación de 20 millones, por lo que mezclar ambas realidades distorsiona el diagnóstico económico y erosiona la credibilidad institucional. Y en política económica, la credibilidad es un activo que se pierde mucho más rápido de lo que se recupera, de ahí que antes de presumir dichas «remesas», primero deberían revisar su origen, para no quedar exhibidos.
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