Por: Felipe Correa
Remesas: el salvavidas económico que exhibe la fragilidad de México
Las remesas continúan confirmando una realidad incómoda para México: millones de familias dependen cada vez más del dinero que envían los connacionales desde el extranjero, particularmente desde Estados Unidos. Lo que durante años fue visto como un apoyo complementario hoy se ha convertido en uno de los principales pilares de la economía nacional.
Durante marzo de 2026, México recibió 5 mil 394 millones de dólares por concepto de remesas, cifra que representó un crecimiento anual de 4.9%. Con ello, el superávit de la cuenta de remesas alcanzó los 5 mil 294 millones de dólares, superando los registros del mismo mes del año anterior.
A primera vista, los números parecen positivos. Más dólares ingresan al país, las familias tienen mayores recursos y el flujo económico se mantiene estable. Sin embargo, detrás de estas cifras existe un fenómeno mucho más profundo: la incapacidad histórica del Estado mexicano para generar condiciones económicas suficientes que permitan a millones de personas prosperar dentro de su propio país.
Las remesas son, en muchos sentidos, el reflejo más claro de la desigualdad regional y de la falta de oportunidades laborales. Cada dólar enviado representa horas de trabajo lejos de casa, familias separadas y comunidades enteras cuya economía depende del esfuerzo migrante.
El dato acumulado también resulta revelador. Entre enero y marzo de 2026, México recibió 14 mil 457 millones de dólares en remesas, un incremento anual de 1.4%. Además, en los últimos doce meses el flujo acumulado alcanzó casi 62 mil millones de dólares, una cifra histórica que supera incluso los ingresos generados por varios sectores estratégicos del país.
Más preocupante aún es que el consumo cotidiano de millones de hogares mexicanos ya gira alrededor de estos recursos. Las remesas no solo pagan alimentos o servicios básicos; en muchos casos sostienen la educación, la atención médica, el pago de deudas y hasta pequeñas economías locales.
El problema es que esta dependencia también vuelve vulnerable al país. México mantiene una enorme exposición a factores externos como la política migratoria estadounidense, las crisis económicas internacionales o incluso cambios en el mercado laboral de Estados Unidos. Basta observar cómo cualquier discurso antimigrante o amenaza de deportaciones genera incertidumbre inmediata en miles de familias mexicanas.
Otro aspecto relevante es que prácticamente la totalidad de las remesas se realiza por transferencias electrónicas, lo que refleja una transformación tecnológica importante en el envío de dinero. Sin embargo, casi la mitad de esos recursos todavía se cobra en efectivo, señal de que persisten importantes niveles de informalidad y exclusión financiera en distintas regiones del país.
Las remesas son motivo de orgullo por el esfuerzo de millones de migrantes mexicanos, pero también deberían ser motivo de reflexión nacional. Un país no puede aspirar al desarrollo pleno cuando buena parte de su estabilidad económica depende del trabajo realizado fuera de sus fronteras.
México necesita dejar de celebrar únicamente los récords históricos de remesas y comenzar a preguntarse por qué tantas personas siguen viendo en la migración la única alternativa viable para alcanzar estabilidad económica. Porque mientras las remesas crecen, también crece la evidencia de una deuda histórica pendiente con millones de mexicanos.
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