Por: Felipe Correa
El camión que siempre viene mañana
Cada vez que aumenta la tarifa del transporte público en Durango, resurge la misma promesa: ahora sí vendrá la modernización.
Se anuncian nuevas unidades, sistemas de aplicaciones móviles, reingeniería de rutas, capacitación para operadores y esquemas de movilidad más eficientes. Se habla de cómo el podría ser más digno y de la necesidad de poner al usuario en el centro de las decisiones. Sin embargo, al paso de los años, la escena cotidiana permanece prácticamente intacta: miles de duranguenses siguen esperando el camión bajo el sol o el frío, sin saber con certeza a qué hora pasará ni en qué condiciones llegará.
El problema del transporte público en Durango no es nuevo. Tampoco es un misterio. Lo verdaderamente preocupante es que llevamos décadas diagnosticando los mismos males sin encontrar la cura.
Bajo el modelo actual, el Estado regula el servicio, pero la operación permanece en manos de sindicatos y organizaciones concesionarias. Este esquema ha permitido mantener una cobertura relativamente amplia, pero también ha generado inercias difíciles de romper. Modernizar implica inversión, acuerdos y decisiones políticamente incómodas; administrar el rezago, en cambio, parece haberse vuelto costumbre.
Los usuarios conocen de memoria las carencias del sistema. Camiones con una antigüedad superior a la recomendada, unidades deterioradas, asientos dañados, ventanas descompuestas, deficiente limpieza, ausencia de aire acondicionado y poca accesibilidad para personas con discapacidad. Diversos reportes estiman que cerca del 30 por ciento de la flota opera fuera de norma por antigüedad y apenas alrededor del 40 por ciento se encuentra en condiciones aceptables.
Aun así, la exigencia ciudadana no ha sido la desaparición del sistema, sino su transformación.
Durante años se prometió la renovación del parque vehicular. Se habló de sustituir unidades obsoletas por autobuses más seguros, cómodos y menos contaminantes. La modernización llegaría, se dijo, de la mano de nuevos esquemas de financiamiento. Sin embargo, la falta de recursos y la ausencia de una estrategia integral terminaron convirtiendo el anuncio en otra promesa archivada.
También se planteó la incorporación de herramientas tecnológicas. Tarjetas inteligentes para agilizar el pago, geolocalización de unidades, información en tiempo real sobre recorridos y aplicaciones oficiales que permitieran al usuario saber cuánto faltaba para que llegara su ruta. Mientras otras ciudades avanzaron hacia modelos más eficientes y transparentes, Durango continuó dependiendo del conocimiento empírico de sus habitantes: la experiencia de quien sabe que el camión «debe pasar pronto», aunque nadie pueda asegurarlo.
Más recientemente, el incremento en la tarifa volvió a abrir el debate. El pasaje urbano pasó de 13 a 14 pesos, mientras que la tarifa preferencial se mantuvo en siete pesos. El argumento fue entendible: el aumento en combustibles, refacciones y costos de mantenimiento hacía insostenible la operación bajo las condiciones anteriores.
Paradójicamente, después del ajuste tarifario, algunos concesionarios advirtieron que el incremento seguía siendo insuficiente para garantizar la viabilidad financiera del servicio. El resultado fue el anuncio de una reducción de entre 25 y 30 unidades en circulación, lo que se traduce en mayores tiempos de espera, saturación en horas pico y menor frecuencia de paso.
Porque el transporte no es únicamente un medio para trasladarse de un punto a otro. Es una herramienta de inclusión social, de acceso a la educación, al empleo y a los servicios de salud. Es, en muchos sentidos, el reflejo de nuestras prioridades colectivas.
Durango no necesita otro diagnóstico. Tampoco otra promesa de modernización que se anuncie con entusiasmo para olvidarse meses después. Lo que necesita es una política pública seria, con visión de largo plazo, mecanismos transparentes de financiamiento, compromisos verificables y la capacidad de colocar al usuario en el centro del sistema.
Los duranguenses han esperado pacientemente el camión de la modernidad. El problema es que, hasta ahora, ese camión siempre parece venir mañana.
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