FIFA: cuando el balón cotiza en Wall Street.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
La Copa del Mundo de 2026 ya está en marcha y, como cada cuatro años, miles de millones de personas volverán a sentarse frente a una pantalla para discutir alineaciones, reclamar penales inexistentes y convertirse, durante noventa minutos, en directores técnicos honorarios de la humanidad.
Lo curioso es que mientras el futbol sigue siendo el deporte más democrático del planeta —una pelota, un terreno más o menos plano y suficientes amigos para armar dos equipos—, su gobierno mundial se parece cada vez más a una corporación financiera con uniforme deportivo.
La FIFA nació en París en 1904 para unificar las reglas del juego. Más de un siglo después, ha logrado algo mucho más ambicioso: convertir un deporte popular en una de las máquinas de generación de ingresos más poderosas del mundo. Para el ciclo 2023-2026, la propia organización proyecta ingresos cercanos a los 13 mil millones de dólares, una cifra superior al presupuesto anual de varios países pequeños y comparable a la facturación de grandes multinacionales. Más de 4 mil millones provienen de derechos de televisión, casi 3 mil millones de patrocinadores y otros miles de millones de boletos, hospitalidad y licencias.
Y, sin embargo, la FIFA sigue definiéndose jurídicamente como una organización sin fines de lucro. Una especie de ONG global dedicada al bienestar espiritual del balón.
La contradicción no sería tan llamativa si no existiera un largo historial de escándalos. El llamado FIFA-Gate reveló durante la década pasada una red internacional de sobornos, compra de votos y corrupción que terminó con decenas de funcionarios investigados o procesados. Aquella investigación confirmó algo que durante años había sido un secreto a voces: alrededor del futbol circulaba mucho más que pasión deportiva.
Pero el verdadero genio político de la FIFA no radica solamente en vender futbol. Consiste en administrar poder. Cada una de sus 211 federaciones afiliadas posee exactamente un voto. Da igual representar a una potencia futbolística con cientos de millones de aficionados o a una pequeña isla cuya población cabría en una tribuna. El resultado es un sistema donde las ampliaciones de torneos, los subsidios y los programas de desarrollo también funcionan como herramientas de construcción de mayorías políticas.
La expansión del Mundial de 32 a 48 selecciones ilustra perfectamente esa lógica. Oficialmente se trata de hacer el torneo más incluyente. En la práctica también significa más partidos, más boletos, más derechos de transmisión, más patrocinadores y más votos satisfechos. El Mundial pasó de 64 encuentros a 104. El negocio también se expandió.
Los costos sociales tampoco son menores. Históricamente, los países anfitriones han invertido miles de millones de dólares en estadios, infraestructura, transporte y seguridad para cumplir con las exigencias de la organización. En numerosos casos, esas obras han sido financiadas con recursos públicos mientras la FIFA conserva la mayor parte de los beneficios comerciales. Desde Brasil hasta Catar, las discusiones sobre gasto público, desplazamientos urbanos y prioridades presupuestales acompañaron al espectáculo deportivo.
La influencia política del futbol es tan grande que gobiernos de todos los signos ideológicos han utilizado los grandes torneos para fortalecer narrativas nacionales, mejorar su imagen internacional o distraer la atención de conflictos internos. La Copa del Mundo no sólo mueve balones; mueve agendas, decisiones gubernamentales y enormes cantidades de dinero público.
Mientras tanto, los aficionados pagan la cuenta. Los derechos de transmisión alcanzan cifras astronómicas. Los patrocinadores desembolsan cientos de millones para monopolizar marcas, productos y espacios comerciales. Los boletos para algunos encuentros del Mundial 2026 han alcanzado precios que convierten la experiencia de asistir a un partido en un lujo reservado para quienes tienen una tarjeta de crédito tan resistente como la defensa italiana… aunque esta vez Italia ni siquiera esté presente.
La FIFA argumenta que simplemente aplica las reglas del mercado. Quizá tenga razón. El problema es que el mercado terminó convirtiéndose en el protagonista principal de un deporte cuyo encanto nació precisamente de lo contrario.
Porque el futbol sigue emocionando por las mismas razones que hace cien años: la incertidumbre del resultado, la belleza de una jugada imposible y la ilusión infantil de que cualquiera puede convertirse en héroe con una pelota en los pies.
La gran ironía es que el deporte más sencillo y accesible del mundo terminó administrado por una organización cuya complejidad financiera, capacidad de influencia política y ambición comercial rivalizan con las de muchas corporaciones globales.
El balón sigue siendo redondo. Lo que cambió fue la caja registradora que lo acompaña.
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