Por: Iraí De La Fuente
La silla vacía
La inauguración de una Copa Mundial de Futbol, en un mundo cada vez más globalizado, ha dejado de ser únicamente un acontecimiento deportivo para convertirse en una plataforma donde convergen la diplomacia, la cultura, la economía y el simbolismo político. En ese escenario, la presencia o ausencia de un jefe de Estado, o de figuras de alto perfil e influencia nacional o internacional, transmite mensajes que van mucho más allá del protocolo y proyectan la manera en que una nación decide representarse ante el mundo.
La presencia de la presidenta de la República en la inauguración del Mundial 2026, en el Coloso de Santa Úrsula, habría tenido un significado que trasciende lo meramente protocolario. En política, todo comunica, y la ausencia de la jefa del Estado mexicano también envía un mensaje que acepta distintas interpretaciones, aunque ninguna de ellas resultan positivas bajo el reflector internacional.
La primera de estas perspectivas, que por decirlo de alguna manera es “la menos peor”, es interpretar este gesto como una muestra de distancia frente a un evento de gran simbolismo global o, simplemente, como una oportunidad desaprovechada para que México, a través de su representante política, estuviera presente al más alto nivel en un escenario donde convergen la política, la economía, la cultura y el deporte.
Otra interpretación es la de una representación institucional disminuida en uno de los escenarios de mayor visibilidad internacional. Es decir, en un foro donde confluyen jefes de Estado, líderes políticos y actores económicos de primer nivel, la falta de la máxima autoridad del país puede ser percibida como una renuncia a ejercer liderazgo, fortalecer la diplomacia pública y capitalizar un espacio privilegiado para proyectar la imagen de México ante el mundo.
Habremos de recordar que México no es un país cualquiera en la cronología de los mundiales, como tampoco es la primera vez que la exposición de un jefe de Estado corre riesgos políticos en este tipo de contextos.
En 1986, cuando México organizó la Copa del Mundo en medio de las complejas circunstancias derivadas del terremoto de 1985, el entonces presidente priísta Miguel de la Madrid acudió a la ceremonia inaugural y enfrentó el abucheo por parte del público. Sin embargo, permaneció en el acto y asumió el costo político que implicaba representar al Estado mexicano, privilegiando la investidura presidencial por encima de la popularidad del momento.
Si bien la titular del Ejecutivo justificó su ausencia bajo el principio de austeridad y con el argumento de que no existe necesidad de “codearse con los de arriba”, lo cierto es que la decisión también tiene un costo político y simbólico. Asistir habría significado enfrentar críticas y abucheos. No hacerlo, en cambio, dejó vacía la representación del Estado mexicano en uno de los escenarios de mayor proyección internacional.