El Mayo, Ken Salazar y los fantasmas de la soberanía.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En política, pocas cosas resultan tan reveladoras como aquello que se niega con demasiada rapidez. Y si además la negación ocurre en medio de una relación bilateral históricamente compleja, el asunto adquiere dimensiones mucho mayores que las de una simple aclaración diplomática.
Las recientes revelaciones contenidas en el próximo libro del exembajador estadounidense Ken Salazar han vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué tan preocupado estaba realmente el gobierno de Andrés Manuel López Obrador por la captura de Ismael “El Mayo” Zambada?
Según el adelanto publicado por Reforma, Salazar sostiene que una persona cercana al entonces presidente le habría comentado que López Obrador estaba inquieto por la información que el histórico líder del Cártel de Sinaloa pudiera proporcionar a las autoridades estadounidenses. La insinuación es explosiva porque abre la puerta a especulaciones sobre posibles vínculos, complicidades o simplemente temores políticos derivados de las declaraciones de uno de los narcotraficantes más poderosos de las últimas décadas.
La respuesta de Claudia Sheinbaum no tardó en llegar. La presidenta rechazó esa interpretación y sostuvo que la verdadera preocupación de López Obrador era otra: la posible participación de agencias estadounidenses en una operación realizada en territorio mexicano sin conocimiento ni autorización de las autoridades nacionales.
Y ahí es donde aparece el verdadero corazón del debate.
Porque más allá de si Salazar exagera, interpreta o relata fielmente lo que escuchó, existe un hecho que nadie ha logrado esclarecer completamente: la captura y traslado de El Mayo Zambada a Estados Unidos continúa rodeada de sombras. Lo que hoy parece estar fuera de discusión es que la operación fue resultado de acuerdos entre autoridades estadounidenses y la facción de Los Chapitos, sin que el gobierno mexicano tuviera un papel visible en el proceso.
Si eso fue así, la molestia de López Obrador tendría lógica institucional. Ningún Estado soberano acepta con facilidad que agentes extranjeros operen dentro de su territorio sin coordinación formal. El problema es que la defensa de la soberanía suele convertirse en un argumento selectivo cuando conviene políticamente.
Durante años, los gobiernos mexicanos han reclamado respeto a la soberanía nacional mientras dependen de la inteligencia, tecnología, recursos y cooperación estadounidense para combatir a los grupos criminales. Es una relación que se parece menos a una asociación entre iguales y más a un matrimonio donde ambas partes aseguran ser independientes mientras revisan constantemente el teléfono del otro.
La situación se vuelve aún más compleja porque la captura de El Mayo no produjo una victoria contundente contra el crimen organizado. Por el contrario, detonó una guerra interna en Sinaloa entre Los Chapitos y Los Mayitos que ha dejado cientos de muertos, desaparecidos y una creciente sensación de inseguridad. El resultado práctico fue que cayó un capo histórico, pero la violencia permaneció como inquilina permanente.
En este contexto, las declaraciones de Sheinbaum también tienen una clara utilidad política. La defensa de la soberanía mexicana se ha convertido en uno de los principales ejes discursivos frente a una nueva administración estadounidense encabezada por Donald Trump, cuya visión de la relación bilateral difícilmente puede calificarse de delicada o diplomática.
Sin embargo, la soberanía no debería medirse únicamente por la capacidad de protestar ante Washington. También implica la capacidad efectiva de controlar el territorio nacional, investigar a las organizaciones criminales y detener a los delincuentes más buscados sin que tengan que ser entregados mediante negociaciones realizadas fuera del país.
Quizá por eso el libro de Ken Salazar resulta tan incómodo. No porque necesariamente revele grandes secretos, sino porque vuelve a exhibir una realidad que ambos gobiernos preferirían mantener en segundo plano: la profunda desconfianza que persiste entre México y Estados Unidos incluso cuando afirman trabajar juntos.
Al final, la pregunta no es si López Obrador temía lo que pudiera decir El Mayo Zambada. La verdadera interrogante es por qué, dos años después de su captura, todavía existen más dudas que respuestas sobre uno de los episodios más importantes de la relación bilateral reciente.
Y cuando los gobiernos de ambos lados de la frontera siguen discutiendo quién violó la soberanía, quién ocultó información y quién actuó por su cuenta, quizá la única certeza sea que la transparencia continúa siendo la principal desaparecida de esta historia.