El otoño del Mayo y las preguntas que siguen sin sentencia.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Durante décadas, Ismael “El Mayo” Zambada fue una especie de leyenda incómoda del narcotráfico mexicano: el capo invisible, el hombre sin fotografías oficiales durante años, el socio silencioso que logró lo que parecía imposible en el negocio criminal más vigilado del planeta: sobrevivir.
Mientras unos caían abatidos, otros eran capturados y algunos terminaban convertidos en series de televisión, Zambada permanecía ahí, administrando el negocio, cambiando rutas, construyendo alianzas y viendo pasar gobiernos mexicanos y estadounidenses como quien observa las estaciones desde el porche de su casa.
Ahora, a sus 76 años, la Fiscalía estadounidense pretende que el fundador del Cártel de Sinaloa pase el resto de sus días en prisión y además pague una multa de 15 mil millones de dólares. La cifra es tan monumental que resulta difícil saber si se trata de una sanción económica o del presupuesto de una pequeña nación.
La petición de cadena perpetua parece inevitable. También parece lógica. Según la acusación, bajo su liderazgo se traficaron miles de toneladas de cocaína, heroína y fentanilohacia Estados Unidos, generando ganancias multimillonarias y alimentando una crisis de salud pública que ha cobrado cientos de miles de vidas del otro lado de la frontera.
Lo interesante, sin embargo, no es la condena.
Lo interesante es el momento político.
Estados Unidos parece decidido a cerrar el expediente histórico del Cártel de Sinaloa de la misma manera en que se cierran las grandes sagas criminales: con sus protagonistas envejecidos compareciendo ante un juez federal en Nueva York. Primero fue Joaquín “El Chapo” Guzmán. Ahora es el turno del Mayo. Después vendrán los hijos, los herederos y probablemente los administradores de la franquicia.
La pregunta incómoda es si realmente estamos viendo el final de una organización criminal o simplemente la sustitución ordenada de una generación empresarial por otra.
Porque los mercados ilegales tienen una particularidad que los gobiernos conocen bien: detestan el vacío.
Cada líder capturado produce comunicados oficiales, conferencias de prensa y discursos sobre golpes históricos al crimen organizado. Luego aparecen nuevos liderazgos, nuevas rutas y nuevos nombres para los mismos negocios.
El narcotráfico latinoamericano ha demostrado ser extraordinariamente resiliente frente a las detenciones de alto perfil. Cae un rey y el tablero simplemente acomoda nuevas piezas.
Pero existe otra dimensión todavía más delicada: la captura misma de Zambada.
La versión según la cual Joaquín Guzmán López habría secuestrado al histórico líder sinaloense para entregarlo a las autoridades estadounidenses sigue dejando demasiadas preguntas abiertas y muy pocas respuestas convincentes.
La historia parece escrita por un guionista que decidió mezclar traición familiar, geopolítica y operaciones encubiertas en una sola escena: un veterano capo engañado por el hijo de su antiguo socio, subido contra su voluntad a una avioneta y entregado a agentes estadounidenses en Nuevo México.
La trama es tan cinematográfica que precisamente por eso muchos sospechan que faltan capítulos.
Las recientes versiones periodísticas sobre una posible participación o conocimiento previo de agencias estadounidenses vuelven a colocar sobre la mesa un debate incómodo para ambos gobiernos: ¿hasta dónde puede llegar Washington en la persecución del narcotráfico fuera de sus fronteras y dónde comienza el problema de la soberanía mexicana?
México exige explicaciones.
Estados Unidos responde con silencio procesal.
Y mientras tanto, el expediente judicial continúa avanzando con la eficiencia burocrática de un reloj suizo.
Resulta inevitable observar cierta ironía histórica.
Durante años, Washington acusó a México de no capturar al Mayo. Hoy las dudas giran alrededor de si Washington participó demasiado en su captura.
La historia del narcotráfico entre ambos países siempre ha oscilado entre la cooperación y la desconfianza, entre la colaboración institucional y las sospechas mutuas.
La eventual condena del Mayo cerrará una biografía criminal extraordinaria, pero difícilmente cerrará el problema que la hizo posible.
Porque el verdadero juicio pendiente no se celebra en Brooklyn ni lo preside el juez Brian Cogan.
Ese juicio sigue interrogando a dos países que durante más de cuarenta años construyeron, cada uno desde su lado de la frontera, las condiciones políticas, económicas y sociales para que el negocio floreciera.
Uno aportó la demanda.
El otro aportó la oferta.
Y entre ambos produjeron una de las industrias ilegales más rentables de la historia contemporánea.
Quizá por eso la cadena perpetua del Mayo será, al mismo tiempo, una victoria judicial y una derrota colectiva.
Después de todo, encarcelar al último gran patriarca del Cártel de Sinaloa puede cerrar un expediente penal.
Lo que todavía no consigue cerrar es el modelo que lo convirtió en leyenda.
