POR: LILY ORTIZ
Extorsión, pareciera siempre va un paso adelante
Durante años, la inseguridad se medía por el número de patrullas en las calles o por la incidencia de delitos de alto impacto, hoy esa medición resulta insuficiente, cierto es que el crimen también ha evolucionado y, en muchos casos, ya no necesita armas ni presencia física para obtener ganancias, basta ya con un teléfono celular, una base de datos y la capacidad de manipular el miedo.
No es casualidad que cada periodo vacacional las autoridades y diversas asociaciones civiles intensifiquen las campañas de prevención contra las extorsiones y los fraudes telefónicos. Los delincuentes saben que son semanas en las que las familias viajan, modifican sus rutinas y responden con mayor facilidad a llamadas o mensajes que apelan a la urgencia; y es ahí donde encuentran una oportunidad.
Sin embargo, el problema va mucho más allá de una temporada, lo verdaderamente preocupante es la velocidad con la que estas organizaciones criminales se reinventan. Cuando la ciudadanía apenas logra identificar una modalidad de engaño, los extorsionadores ya están operando otras dos o tres nuevas; hoy es una falsa oferta de empleo por WhatsApp; mañana un supuesto cargo bancario, una infracción vehicular inexistente o una llamada que simula el secuestro de un familiar, cambian el método, pero el objetivo sigue siendo el mismo: aprovechar la desinformación y el miedo.
Paradójicamente, aunque existen mecanismos para denunciar este delito y la propia autoridad insiste en reportarlo incluso cuando la extorsión puede perseguirse de oficio el número de denuncias continúa siendo reducido. Muchas personas prefieren colgar, bloquear el número y seguir con su vida; otras sienten vergüenza por haber sido engañadas. El resultado es que el delito permanece parcialmente oculto y las autoridades enfrentan mayores dificultades para conocer su verdadera dimensión y combatirlo con mayor eficacia.
Sería un error pensar que esta responsabilidad recae únicamente en los cuerpos de seguridad, al no gobierno le corresponde fortalecer la inteligencia, actualizar sus estrategias y mantener campañas permanentes de prevención, en el caso de las instituciones de seguridad, es investigar y perseguir a quienes operan estas redes; pero a nosotros, al ciudadano también tiene una responsabilidad ineludible: informarse, desconfiar de llamadas inesperadas, verificar antes de actuar y, sobre todo, denunciar.
La seguridad pública ya no depende exclusivamente de patrullas, cámaras o más elementos policiacos. Hoy también se construye desde el teléfono que llevamos en la mano, y es que mientras los delincuentes sigan innovando a la velocidad que lo hacen, la prevención no puede quedarse atrás.
En esta batalla, la información y la participación ciudadana son tan importantes como cualquier operativo policial.