La economía de los otros datos.
Cuando el discurso crece mucho más rápido que el PIB.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay una economía que se explica todas las mañanas y otra que se paga cada quincena.
En la primera, México marcha bien: aumentó el salario mínimo, bajó la pobreza, hay empleo, se fortalecieron los programas sociales y, según el discurso oficial, el viejo modelo económico quedó enterrado junto con sus tecnócratas.
En la segunda están el supermercado, la renta, la colegiatura, el recibo de luz, el crédito, la gasolina y esa extraña costumbre que tienen las familias de medir la economía no en conferencias de prensa, sino en cuánto dinero queda antes de que termine el mes.
Y entre ambas comienza a abrirse una distancia difícil de esconder.
La CEPAL acaba de reducir a 1.3% su estimación de crecimiento para México en 2026, mientras América Latina y el Caribe crecerían 2.2%. Más incómodo todavía: México acumularía tres años consecutivos creciendo por debajo del promedio regional y, entre las economías que conservarán tasas positivas, estaría junto con Jamaica entre las de menor dinamismo.
No lo dice la oposición, ni algún empresario resentido, ni uno de esos organismos internacionales que periódicamente son acusados de “neoliberales”. Lo dice la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas.
El problema, sin embargo, no es que México esté en recesión. No lo está. Tampoco sería serio afirmar que todos los indicadores son negativos.
El salario mínimo general aumentó 13% este año hasta 315.04 pesos diarios y el Gobierno calcula una recuperación acumulada de su poder adquisitivo superior al 150% respecto de 2018. La pobreza laboral bajó hasta 30.7% durante el primer trimestre de 2026, su menor nivel de la serie, y el PIB sorprendió favorablemente durante el segundo trimestre con un crecimiento de 1.5% frente al trimestre anterior.
Negar esos datos sería hacer exactamente lo mismo que criticamos: sustituir la realidad por propaganda.
Pero reconocerlos tampoco obliga a comprar completa la narrativa oficial.
Porque existe una diferencia enorme entre repartir mejor una economía y hacerla crecer.
La política económica de los últimos años ha tenido un indudable componente redistributivo: mayores salarios mínimos, transferencias directas y programas sociales han colocado más dinero en determinadas capas de la población. Eso explica una parte importante de la reducción de la pobreza y constituye un avance que merece reconocerse.
Lo que no ha logrado con la misma eficacia es construir una economía más productiva, con inversión suficiente, empleos formales mejor remunerados y capacidad sostenida de expansión.
Ahí aparece la parte menos cómoda del relato.
México creció apenas alrededor de medio punto porcentual en 2025 según las primeras estimaciones del INEGI, después de crecer 1.4% en 2024. Ahora la CEPAL calcula 1.3% para 2026. No parece precisamente el comportamiento de una economía protagonizando una transformación histórica.
Parece, más bien, una economía administrando la escasez con bastante habilidad política.
Y mientras Palacio Nacional presume que la inflación está controlada —3.37% anual en junio—, las familias recuerdan algo elemental: que baje la inflación no significa que bajen los precios. Significa simplemente que continúan aumentando más despacio.
Un producto que pasó de cien a ciento cuarenta pesos durante los años inflacionarios no vuelve mágicamente a cien porque la inflación regrese al 3%.
Esa diferencia semántica cabe perfectamente en una gráfica. En una despensa, no.
La ENIGH del INEGI ofrece otra fotografía interesante: el gasto trimestral promedio de los hogares en alimentos, bebidas y tabaco alcanzó 21 mil 158 pesos en 2024, 14.5% más que en 2022 medido a precios constantes. Comer sigue absorbiendo una porción considerable del presupuesto familiar.
Por eso quizá la discusión económica mexicana debería abandonar dos extremos igualmente cómodos.
México no es el desastre económico que algunos opositores quisieran describir. Pero tampoco es el paraíso redistributivo que el oficialismo promociona.
Tenemos estabilidad macroeconómica, salarios mínimos considerablemente mejores y avances sociales verificables. Pero también bajo crecimiento, informalidad cercana al 55%, productividad insuficiente y millones de mexicanos cuyo ingreso laboral todavía no alcanza para comprar siquiera la canasta alimentaria.
Esa es la fotografía completa.
Y ahí radica la gran mentira económica: no necesariamente en inventar cifras, sino en escoger solamente aquellas que permiten contar una historia agradable.
Gobernar la economía mediante programas sociales puede aliviar la pobreza. Incrementar salarios puede corregir décadas de rezago. Ambas cosas son necesarias.
Pero ninguna sustituye al crecimiento.
Porque un país puede repartir mejor el pastel durante algunos años.
El problema comienza cuando nadie se ocupa de hacerlo más grande.
Y tarde o temprano, hasta los discursos se quedan sin rebanadas.