Apagar el celular no enciende el aprendizaje.
México libra una batalla para que los alumnos permanezcan en las aulas. Falta librar otra, quizá más incómoda: conseguir que aprendan.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En su Segundo Informe de Gobierno, Claudia Sheinbaum sostuvo que “la Transformación también se vive en las aulas”. Y hay cifras con las cuales respaldar una parte de esa afirmación: becas universales, ampliación de planteles, nuevos lugares en bachillerato y mecanismos de ingreso que buscan impedir que la falta de dinero o de espacio expulse a los jóvenes del sistema educativo. Cerca de cinco millones de alumnos de media superior reciben la Beca Benito Juárez; todos los estudiantes de secundaria pública cuentan con la Rita Cetina y el Gobierno asegura que durante 2026 habrá creado 156 mil nuevos lugares en bachillerato.
Hasta ahí, difícilmente puede discutirse el propósito. Que un joven no abandone la escuela por pobreza es una política social defendible. El problema comienza cuando confundimos estar sentado en un salón con estar aprendiendo.
Justamente ahí aparece una de esas ironías que suelen regalar las políticas públicas mexicanas.
Mientras el país arrastra serios problemas de aprovechamiento académico, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, anunció ahora un acuerdo nacional para restringir los teléfonos celulares en primarias y secundarias. La propuesta tiene respaldo: más de 565 mil docentes participaron en una consulta y 81% se pronunció por establecer reglas. Además, 114 sistemas educativos en el mundo ya cuentan con prohibiciones nacionales de este tipo. No es, por tanto, una ocurrencia tropical. UNESCO reconoce que limitar los teléfonos puede reducir distracciones, aunque advierte algo bastante importante: prohibirlos, por sí solo, no resuelve el problema educativo ni sustituye la formación del pensamiento crítico.
Y ese es precisamente el elefante en el salón de clases.
La última medición PISA disponible ofrece una fotografía poco complaciente. En 2022, 66% de los estudiantes mexicanos de 15 años no alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas; 47% quedó debajo de ese umbral en lectura y 51% en ciencias. En matemáticas, apenas 34% alcanzó al menos el nivel básico, frente a 69% en promedio entre los países de la OCDE. Peor aún: el desempeño matemático mexicano regresó prácticamente a los niveles registrados dos décadas atrás.
Sería intelectualmente tramposo cargarle toda esa factura a Sheinbaum, a Mario Delgado o incluso a la Nueva Escuela Mexicana. El rezago es estructural, atraviesa gobiernos y reformas educativas. Además, PISA 2022 antecede a la actual administración y los resultados de PISA 2025 serán publicados apenas el próximo 8 de septiembre. Pero precisamente por eso resulta extraño que el debate nacional parezca más urgente para retirar una pantalla que para construir un sistema público, transparente y periódico que permita saber si nuestros niños están leyendo mejor, razonando matemáticamente mejor y comprendiendo mejor la ciencia.
Porque en permanencia escolar tampoco sobra tranquilidad.
Las cifras más recientes de la propia SEP disponibles para comparación muestran que durante el ciclo 2023-2024 el abandono fue de 0.6% en primaria, 3.7% en secundaria y 11.3% en educación media superior. En bachillerato, además, la tasa neta de escolarización de jóvenes de 15 a 17 años fue apenas de 62.7% para 2024-2025.
El Gobierno ha identificado correctamente esa hemorragia y está atacándola con dinero, infraestructura y flexibilización del acceso. Sheinbaum eliminó el examen de admisión a media superior en 17 entidades bajo la premisa de que ningún estudiante debe quedar fuera y fijó la meta de llegar a 90% de cobertura nacional en bachillerato hacia 2030.
El riesgo está en que la política educativa termine midiendo su éxito por el número de alumnos que entran y permanecen, pero no por lo que saben cuando salen.
Eliminar barreras de ingreso puede democratizar oportunidades. Las becas pueden impedir que la pobreza saque a un adolescente de la escuela. Construir preparatorias es indispensable. Pero ninguna transferencia bancaria enseña álgebra; ningún nuevo plantel garantiza comprensión lectora y ningún procedimiento de asignación escolar sustituye una estrategia académica para recuperar aprendizajes.
Y mientras todo eso ocurre, la SEP continúa consolidando el Plan de Estudio 2022. El propio Mario Delgado reconoció en marzo que, fuera de ajustes específicos, no había prevista por entonces una revisión general de los libros de texto y que cualquier modificación dependería de los foros de evaluación de la Nueva Escuela Mexicana.
No significa que haya que regresar al memorismo ni emprender otra reforma educativa sexenal por deporte. México ya ha padecido demasiadas revoluciones pedagógicas de escritorio. Significa algo mucho más elemental: evaluar, detectar qué no está funcionando y corregirlo. Fortalecer matemáticas, lectura y ciencias; recuperar aprendizajes rezagados; formar y acompañar mejor a los docentes; establecer objetivos medibles por grado y atender académicamente a quien llega al bachillerato con deficiencias acumuladas.
Regular los celulares puede ser útil. Incluso necesario. Pero convertir al teléfono en protagonista corre el riesgo de ofrecernos un magnífico culpable de bolsillo.
Porque podremos guardar el celular durante seis horas, apagar el Wi-Fi y hasta desterrar TikTok del recreo. Si al terminar la jornada el estudiante continúa sin comprender lo que lee o sin resolver una operación matemática básica, habremos eliminado el distractor sin resolver el problema.
La verdadera transformación educativa no consiste solamente en conseguir que nadie abandone la escuela. Consiste en que nadie pase por ella sin aprender.
Y esa aplicación, por ahora, sigue pendiente de instalar.