Los molinos de la soberanía.
Cuando el enemigo exterior resulta más cómodo que los problemas de casa.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Claudia Sheinbaum volvió a colocar la soberanía nacional en el centro del discurso presidencial. Esta vez no fue solamente en una mañanera o frente a alguna declaración llegada desde Washington. La noche del 15 de septiembre la incorporó a la liturgia mayor del Estado mexicano: “¡Viva México libre, independiente y soberano!”, proclamó desde el balcón de Palacio Nacional. Horas después insistió: México “no será nunca colonia ni protectorado de nadie”.
La defensa de la soberanía es, desde luego, una obligación presidencial, no una extravagancia. Y sería incorrecto afirmar que las tensiones externas son producto exclusivo de la imaginación gubernamental. El gobierno estadounidense ha endurecido su discurso hacia México en materia de narcotráfico, migración y corrupción. Hay presión real.
El problema comienza cuando una amenaza existente se convierte en explicación omnipresente.
Ahí aparece el viejo recurso político del enemigo exterior: alguien allá afuera pretende someternos, intervenirnos o debilitarnos. Y pocas narrativas cohesionan tanto como una patria amenazada. Frente al extranjero dejan de existir oficialistas y opositores; quedan mexicanos. Es una fórmula antigua, eficaz y emocionalmente irresistible.
También extraordinariamente conveniente.
Porque mientras el Gobierno pide mirar hacia el norte para localizar las amenazas a la nación, buena parte de los problemas que condicionan la vida cotidiana de los mexicanos siguen teniendo domicilio nacional.
La economía, por ejemplo, no está al borde del abismo, pero tampoco protagoniza el milagro que a veces sugiere el discurso oficial. Banco de México prevé para 2026 un crecimiento de apenas entre 1 y 2% y reconoce persistente debilidad en el mercado laboral. La inflación anual, en cambio, se ubicó en un relativamente favorable 3.26% en agosto. Ni desastre ni prodigio: una economía que avanza, pero lentamente.
En seguridad ocurre algo semejante. Sería intelectualmente deshonesto ignorar que el Gobierno reporta una reducción de 53% en el promedio diario de homicidios dolosos entre septiembre de 2024 y agosto de 2026. Es un dato relevante. Pero tampoco puede confundirse una mejoría estadística con la desaparición del problema. La ENVIPE 2026 calculó que durante 2025 ocurrieron 33.8 millones de delitos y que 93.4% no se denunció o no derivó en una investigación; fraude y extorsión permanecen entre los delitos más frecuentes.
Y después está la corrupción, ese enemigo que tampoco necesita pasaporte.
La investigación del llamado huachicol fiscal ha alcanzado a funcionarios aduanales y mandos de la Marina; la Fiscalía sostiene que una de las redes operaba desde años anteriores a la actual administración. No nació necesariamente con Sheinbaum, pero su esclarecimiento sí pertenece a su tiempo y a su responsabilidad política. A ello se suma que durante 2025 siete de cada diez contratos federales registrados hasta agosto fueron otorgados mediante adjudicación directa, mecanismo legal, pero históricamente cuestionado por sus menores niveles de competencia y escrutinio.
Por eso la insistencia presidencial en la soberanía admite una segunda lectura.
Tal vez el riesgo no consiste en inventar completamente un enemigo extranjero —porque tensiones existen— sino en construir alrededor de él unos molinos suficientemente grandes para que ocupen todo el horizonte.
Don Quijote estaba convencido de combatir gigantes. El problema no eran los molinos; era confundirlos con la explicación de todo.
México debe defender su soberanía frente a cualquier gobierno extranjero. Eso difícilmente puede discutirse. Pero soberanía también significa que el Estado controle su territorio, que el ciudadano pueda trabajar sin pagar derecho de piso, que las aduanas no sean utilizadas por redes criminales, que los contratos públicos soporten el escrutinio y que la justicia funcione sin necesitar una llamada desde Washington.
Quizá por eso, cuando desde Palacio Nacional se advierte una y otra vez sobre quienes pretenden doblegar a México, convendría mirar también hacia dentro.
Porque los adversarios más peligrosos de la soberanía mexicana quizá no vienen cruzando la frontera.
Algunos llevan años viviendo de este lado.