Cuando el poder divide a Morena
Por: Juvenal Rosales Flores
El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) fundado en 2011, está viviendo el momento más complejo desde su nacimiento, ya no es el movimiento que prometía “transformar” al país desde la oposición, ahora es el partido que gobierna, administra recursos, reparte poder y, sobre todo, enfrenta el desgaste natural del ejercicio del mando. La gran pregunta ya no es si el partido guinda puede ganar elecciones, sino si puede sostenerse sin fracturarse.
Porque gobernar no es lo mismo que movilizar, recordemos que el movimiento creado por Andrés Maniel López Obrador, dominó la narrativa durante años, se posicionó como el partido de la esperanza y el cambio, pero al llegar al poder se topó con una realidad inevitable; el poder atrae intereses, grupos, ambiciones y disputas internas que no se resuelven con discursos, sino con acuerdos, reglas claras y control político.
El reto más evidente es que Morena se convirtió en un partido grande demasiado rápido. En pocos años pasó de ser una fuerza emergente a ser una maquinaria nacional. Esa velocidad tuvo un costo, nunca consolidó una estructura institucional sólida, sino una estructura basada en liderazgos, alianzas temporales y, en muchos casos, oportunismo electoral.
En otras palabras, creció, pero no maduró, tiene presencia territorial, sí, pero también tiene un problema serio de identidad. Hay morenistas históricos, hay recién llegados del PRI, del PAN, del PRD, del Verde, y hay figuras que simplemente encontraron refugio político en el partido dominante. Esa mezcla, tarde o temprano, cobra factura.
Por eso el principal reto de Morena hoy es solo uno, la unidad interna. Y no es unidad de discurso, sino unidad real en candidaturas, en decisiones estratégicas y en control de grupos regionales; ya que se ha convertido en lo que tanto criticó. Un partido donde los intereses locales pueden imponerse sobre el proyecto nacional.
A nivel federal, la llegada de una nueva dirigencia con discurso de “cero tolerancia” a la corrupción intenta responder a una crisis de credibilidad, sin embargo, ese discurso choca con un problema de fondo, Morena no puede sostener una narrativa moralista mientras carga con señalamientos recurrentes, pleitos internos y una competencia feroz por posiciones.
La 4T enfrenta una paradoja, necesita mantener disciplina partidista, pero al mismo tiempo debe permitir que sus liderazgos regionales operen con libertad para ganar elecciones. Es decir, si aprieta demasiado, rompe; si afloja demasiado, se descompone. Y esa tensión se verá con claridad rumbo al 2027.
En ese contexto, Durango no es un tema menor, ya que es un estado donde Morena ha tenido presencia electoral , pero donde no ha logrado consolidar el poder estatal. Aquí, es competitivo, sí, pero también es vulnerable, su fuerza depende mucho de figuras específicas y no necesariamente de una estructura sólida y homogénea.
Y es ahí donde el reto se vuelve doble. Porque mientras en Durango el PRI y el PAN han demostrado capacidad para operar en alianza y sostener gobiernos, el partido guinda sigue enfrentando conflictos internos sobre quién manda, quién decide candidaturas y quién representa realmente el proyecto. Morena puede tener simpatías ciudadanas, pero no siempre tiene orden interno.
La pregunta es si en el próximo proceso será capaz de evitar el error clásico, llegar fuerte a la contienda y romperse antes de la meta por disputas internas, ya que siempre suele perder más por pleitos propios que por fuerza del adversario.
Mientras tanto, la oposición local observa y espera. Porque el mejor aliado del PRI-PAN es el desgaste natural de Morena como partido gobernante. Y si a eso se le suma la batalla por candidaturas, la tentación de imponer perfiles y la presión de grupos nacionales, el escenario se vuelve más delicado.
Por ello, el reto de Morena no está en el PRI ni en el PAN, está dentro de sí mismo. Y si en Durango no logran entenderlo pronto, el 2027 podría convertirse en una elección donde el partido llegue con fuerza… pero dividido, debilitado y vulnerable. Porque en política, el poder no se pierde cuando te atacan; se pierde cuando se fractura.
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