Por: Felipe Correa
El suicidio se puede prevenir
Hablar del suicidio sigue siendo difícil. En muchas familias, comunidades e incluso espacios profesionales, todavía existe la idea equivocada de que mencionar el tema puede provocar que una persona tome una decisión que no había considerado. La evidencia disponible apunta en otra dirección: hablar de manera responsable, escuchar sin juzgar y reconocer las señales de alerta puede abrir una puerta hacia la ayuda. Por eso, septiembre, considerado el Mes Nacional de la Prevención del Suicidio, representa mucho más que una fecha en el calendario: es una oportunidad para recordar que detrás de cada cifra existe una persona y, alrededor de ella, una familia, una comunidad y una historia.
Uno de los elementos protectores más importantes es la conexión humana. La persona que atraviesa una crisis emocional puede llegar a experimentar aislamiento, desesperanza y la sensación de que no existen alternativas para disminuir su sufrimiento. En ese momento, una conversación, una llamada telefónica, la presencia de un amigo o familiar o el acompañamiento profesional pueden adquirir una importancia que quizá quienes están alrededor no alcanzan a dimensionar.
Una precisión resulta fundamental: el suicidio no tiene una causa única. Las autoridades sanitarias y organismos internacionales han identificado múltiples factores asociados, entre ellos problemas de salud mental, conflictos familiares o de pareja, violencia, abuso, acoso escolar, dificultades económicas, desempleo, consumo problemático de alcohol y otras sustancias, soledad, abandono y enfermedades incapacitantes. Estos elementos pueden combinarse de diferentes maneras y su presencia no significa que una persona necesariamente vaya a intentar suicidarse.
En México, las cifras muestran la dimensión del problema. De acuerdo con el INEGI, durante 2024 se registraron 8 mil 856 defunciones por suicidio entre personas de 10 años y más, con una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes. La tasa fue de 11.2 en hombres y 2.6 en mujeres. Son números que obligan a mirar el fenómeno desde la salud pública y no únicamente desde la tragedia individual.
Pero las estadísticas también deben llevarnos a una pregunta más importante: ¿qué podemos hacer antes de que ocurra?
La prevención comienza por aprender a reconocer cambios que pueden indicar que alguien atraviesa una situación de riesgo. Depresión o desesperanza, aislamiento, pérdida de interés en actividades, alteraciones importantes del sueño o el apetito, consumo problemático de alcohol o drogas, conductas de alto riesgo, regalar pertenencias o hablar repetidamente sobre la muerte o el suicidio son señales que merecen atención. Ninguna de ellas, por sí sola, permite diagnosticar una crisis suicida, pero sí puede justificar una conversación y la búsqueda de ayuda.
También es importante entender que las circunstancias cambian de acuerdo con la etapa de la vida. En niñas, niños y adolescentes pueden adquirir especial relevancia el abuso, el acoso escolar, los conflictos familiares, los problemas con pares o el consumo de sustancias. En los adultos pueden aparecer con mayor peso las crisis económicas, los conflictos de pareja y otras dificultades personales. En las personas mayores pueden intervenir el aislamiento, la pérdida de la pareja, el abandono, la jubilación o enfermedades dolorosas e incapacitantes.
Prevenir tampoco significa convertirse en psicólogo o psiquiatra. Significa estar dispuesto a preguntar, escuchar y acompañar. Programas de capacitación como QPR —Preguntar, Persuadir y Remitir— enseñan precisamente tres acciones que pueden realizar personas sin formación clínica para identificar señales de alerta y ayudar a alguien a acercarse a servicios profesionales.
Hay acciones sencillas que también construyen prevención: llamar a un amigo para saber cómo se encuentra, enviar un mensaje, visitar a una persona que atraviesa un momento complicado, compartir información confiable sobre salud mental o simplemente permanecer cerca de alguien que necesita ser escuchado. La prevención no siempre comienza en un consultorio; muchas veces empieza con una conversación.
El dato más importante quizá no sea cuántas personas mueren por suicidio, sino cuántas oportunidades tenemos de intervenir antes. Si alguien está sufriendo, no necesita necesariamente que resolvamos su vida; necesita saber que no está solo y que existen alternativas, atención profesional y personas dispuestas a acompañarlo.
Hablar del suicidio con responsabilidad no significa normalizarlo ni quitarle gravedad. Significa dejar de convertirlo en un tema prohibido y comenzar a tratarlo como lo que es: un problema de salud pública que requiere prevención, atención, educación y comunidad.
Porque una llamada puede llegar a tiempo. Una pregunta puede abrir una conversación. Una persona que decide escuchar puede convertirse en un puente hacia la ayuda.
El suicidio se puede prevenir. Y la prevención comienza mucho antes de una emergencia: comienza cuando aprendemos a mirar, escuchar y acompañar.
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