Por: Felipe Correa
El silencio también mata
Cada 7 de junio, México conmemora el Día de la Libertad de Expresión. Se pronuncian discursos, se publican mensajes institucionales y se recuerda la importancia de una de las libertades más valiosas de cualquier democracia. Sin embargo, detrás de los comunicados y las efemérides existe una realidad incómoda que no puede maquillarse: en México, expresar una opinión puede costar la reputación, la libertad o incluso la vida.
Nuestro país se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Desde el año 2000, se han documentado 176 periodistas asesinados y 31 desaparecidos. Son cifras que por sí mismas deberían provocar indignación nacional. Pero el problema es aún más profundo.
La violencia contra la libertad de expresión ya no es un fenómeno aislado que afecta únicamente a periodistas o defensores de derechos humanos. Hoy es una sombra que se extiende sobre millones de ciudadanos. Cuando el 63 por ciento de la población reconoce sentir miedo de expresar abiertamente sus opiniones, estamos frente a algo más grave que una crisis de seguridad: estamos frente a una crisis.
Una democracia no muere únicamente cuando se cancelan elecciones o se cierran periódicos. También comienza a extinguirse cuando las personas deciden callar. El silencio no siempre es voluntario. A veces es una medida de supervivencia.
Se calla el periodista que sabe que una investigación puede convertirlo en objetivo de grupos criminales o intereses políticos. Se calla el activista que teme represalias. Se calla el ciudadano que evita publicar una opinión por miedo a perder su empleo, sufrir ataques digitales o convertirse en blanco de amenazas.
Y lo más alarmante es que buena parte de estas agresiones no provienen solamente de actores criminales. Diversos informes señalan que aproximadamente la mitad de las agresiones contra la prensa tienen como origen a autoridades del propio Estado. Es decir, quienes deberían garantizar el ejercicio de las libertades fundamentales aparecen con frecuencia entre quienes las vulneran.
La censura moderna no siempre llega vestida de prohibición. Muchas veces adopta formas más sofisticadas: campañas de desprestigio, estigmatización pública, acoso judicial, vigilancia, amenazas o presiones económicas. El mensaje es claro: habla, pero atente a las consecuencias.
En este contexto, la autocensura se convierte en una epidemia silenciosa. No hace falta cerrar medios cuando los comunicadores aprenden que ciertos temas son demasiado peligrosos. No hace falta prohibir opiniones cuando millones de personas concluyen que es más seguro guardar silencio.
Quizá por eso México continúa descendiendo en los índices internacionales de libertad de expresión. Quizá por eso la confianza ciudadana en las instituciones y en los medios se deteriora año tras año. Porque una sociedad que vive con miedo termina desconfiando de todo.
La libertad de expresión no es un privilegio de periodistas, activistas o académicos. Es el derecho que permite la existencia de todos los demás derechos. Sin ella, la corrupción se oculta con mayor facilidad, los abusos permanecen impunes y las injusticias encuentran terreno fértil para multiplicarse.
Defender la libertad de expresión no significa estar de acuerdo con todas las opiniones. Significa reconocer que una sociedad libre necesita escuchar incluso aquello que incomoda al poder, cuestiona las narrativas dominantes o revela aquello que algunos preferirían mantener oculto.
Los asesinatos de periodistas son una tragedia visible. Pero existe otra tragedia menos evidente y quizá más peligrosa: el miedo colectivo que obliga a millones de mexicanos a pensar dos veces antes de hablar.
Cuando una persona es asesinada por informar, se silencia una voz.
Cuando toda una sociedad tiene miedo de expresarse, se pone en riesgo la democracia misma.
Y ese es un silencio que termina costándonos a todos.
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