por Eduardo Rodríguez
Se vale soñar.
Cuando un año termina resulta imposible no hacer un balance, pareciera que entonces y solo entonces, hacemos conciencia sobre lo que hemos vivido. Como si los días se acumularan sin ningún sentido, uno tras otro, hasta que llega el fin del año y podemos entonces, ahora sí, colocarlos en algún cajón. El cajón de las aventuras, de las amarguras, de las dichas o las derrotas, de los días que valieron la pena o de las jornadas que es mejor olvidar.
Hay años en los que no pasa nada, en los que es difícil recordar si era marzo, agosto u octubre cuando viste la película que te gustó, cuando leíste algún libro o cuando te cayó mal tu comida favorita. Son esos años, cuando no pasa nada, los que jamás usarás como medida de algo. Por qué lo relevante sucedió antes de, o sucederá después de.
Este 2024 no fue de esos, pues quedó claro que el mundo avanza, los cambios son reales y el statu quo está cada vez más en riesgo; el 2024 es el año en que llegó una mujer por primera vez a la máxima responsabilidad de nuestro país y eso no es cualquier cosa. Más de una decena de cambios de raíz, reformas constitucionales que alterarán el modo en que vivimos pero así son las democracias. Sin embargo, hay cosas que no pueden -ni deben- cambiar: que ante la afrenta, exista conciliación; ante el repudio, la palabra honesta y firme; ante la mentira, verdad; ante la violencia, denuncia y nunca más silencio.
Ya pasó la Nochebuena, terminó el año y, según las tradiciones cristianas, se deben formular buenos deseos en ambas celebraciones para atraer lo que queremos en nuestras vidas el siguiente. No obstante, olvidamos que al vivir en sociedad, la realidad es moldeada no sólo por nuestros puros deseos, sino por el actuar de entes que, en muchas de las ocasiones, la deforman.
Pero no por eso hay que dejar de desear, no es bueno dejar de soñar. Deseo que más temprano que tarde volvamos a vivir en paz en esta tierra de gente trabajadora, noble y bondadosa, que atraviesa uno de los pasajes más sangrientos de su historia. México es una tierra de oportunidades, donde se puede salir adelante y creer en uno mismo, a pesar de la violencia que azota en muchas entidades.
Es necesario que el gobierno escuche a quienes se atreven a contradecirlo. No todos sus críticos tienen malas intenciones. El mundo no es blanco o negro. No todos merecen el maltrato de quienes ostentan hoy el mando. Deben entender que el poder no equivale a la verdad. Todos queremos que a nuestra gente le vaya mejor.
Deseo que se deje de desconfiar tanto en la sociedad civil organizada, muchas personas que le dedican su tiempo y gran parte de su vida a la reivindicación y defensa de derechos vulnerados, no lo hacen con colores partidarios sino que su demanda ha sido permanente independientemente del gobernante en turno. Es un sinsentido denostarlos invariablemente por su condición social, llamándolos “opositores” de forma peyorativa, por buscar una vida mejor para su comunidad.
La reflexión sobre el año que terminó es personal pero el sueño de lo que viene debe ser colaborativo, trazar juntos el país y el Durango que queremos, atrevernos a hacer las cosas diferentes y que quienes quieren llegar a ser alcaldesas y alcaldes demuestren que la gente está al centro, que es por ellos y para ellos; los grandes sueños no se decretan, se construyen trabajando, organizando e integrando a todos.
Confío en que el 2025 nos sonreirá, existen muchas formas de construir en sociedad pero la mejor es cuando se escucha a las personas y se actúa en consecuencia. Hay que estar a la altura de las expectativas de la gente.
Si es posible. La aventura que viene, no se compara a ninguna otra. Se vale soñar.
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