POR: LILY ORTIZ
La Navidad que no cabe en una foto y a veces se ignora.
La Nochebuena suele retratarse como el momento más cálido del año: familias reunidas, mesas llenas, regalos y sonrisas que parecen confirmar que la felicidad es obligatoria en diciembre; la mercadotecnia ha insistido en que la Navidad se mide en lo que se compra y se exhibe, en lo visible y lo material. Sin embargo, la realidad en México es mucho más compleja y, para millones de personas, profundamente distinta a lo que vemos o se publica.
Habrá hogares donde esta Navidad falte alguien, mesas que no estarán completas, sillas vacías, no por distancia ni por trabajo, sino porque esa persona ya no está en este plano terrenal o que lamentablemente es parte de las estadísticas de desaparecidos en el país. Y si, la ausencia pesa más en estas fechas: se hace presente en el silencio, en los recuerdos y en la nostalgia que ninguna celebración logra ocultar, para algunos la Navidad es resistencia emocional.
Otros pasarán la Nochebuena en hospitales, acompañando a un ser querido enfermo o enfrentando la incertidumbre de una noche larga entre diagnósticos y esperas. Están también quienes vivirán estas fechas privados de la libertad, lejos de sus familias, y aquellos que, por responsabilidad y vocación, trabajarán mientras el resto celebra: personal de salud, cuerpos de seguridad, servicios de emergencia, transporte y comercio.
A esto se suma una realidad que no puede ignorarse: familias que no cuentan con los recursos para una cena navideña; en un país marcado por la desigualdad, diciembre no siempre significa abundancia, sino preocupación, carencia y silencios que no aparecen en las postales festivas.
Tal vez el mayor reto de la Navidad no sea celebrar, sino comprender, entender que no todos viven estas fechas desde la misma realidad; que la empatía no debe ser un discurso momentáneo ni una emoción pasajera. Como sociedad, hemos permitido que lo material eclipse lo esencial, que el valor de un regalo pese más que la presencia, la palabra o el acompañamiento.
Y, sin embargo, nadie es tan pobre como para no dar absolutamente nada. Siempre es posible ofrecer comprensión, tiempo, escucha, solidaridad. Esta Nochebuena, más allá de las luces y los regalos, vale la pena mirar alrededor y reconocer al otro. Recordar que la Navidad no debería medirse por lo que se tiene, sino por la capacidad de ser empáticos y solidarios en un México donde, para muchos, estas fechas también duelen.
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