La nueva ola latinoamericana: cuando la derecha gana elecciones y la izquierda gana explicaciones.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Latinoamérica vuelve a girar… y esta vez el péndulo lo hace con tal fuerza que varios gobiernos de izquierda han comenzado a revisar sus discursos para explicar por qué, de repente, la derecha está ganando donde antes apenas competía. No se trata solo de coyunturas locales ni de una súbita iluminación conservadora: hay un hartazgo continental con la inseguridad, el desgaste de los liderazgos progresistas y, sí, una reactivación del viejo instinto geopolítico de Estados Unidos, ahora recubierto con un empaque moderno y un crédito “blando” de 20 mil millones de dólares.
La región vive un reacomodo profundo. A diferencia de ciclos anteriores, esta vez la derecha no llega por golpes militares ni por campañas del miedo: llega por elecciones limpias y por la incapacidad de varios gobiernos progresistas de ofrecer resultados tangibles… o siquiera narrativas eficientes. Chile es el caso emblemático: José Antonio Kast, un candidato de ultraderecha que hace unos años era impensable en La Moneda, ahora parece encaminado a ganar la segunda vuelta en cuatro semanas. ¿La razón? Inseguridad, frustración social y un progresismo que no logró traducir sus buenas intenciones en políticas públicas funcionales.
Pero Chile no está solo en este giro. La derecha —liberal, conservadora, libertaria, populista, de cualquier sabor— ha ganado terreno en Ecuador, Bolivia, El Salvador y Argentina, cada uno con sus matices, pero con un patrón común: la promesa de orden, eficiencia y resultados. En tiempos de crisis, la ideología pierde encanto; la gente quiere que no la asalten, que la economía respire y que sus gobiernos dejen de hablar del futuro mientras fallan en el presente. Y la derecha, con todos sus excesos, ha aprendido a vender ese mensaje con claridad quirúrgica.
Claro que este resurgimiento encantado también tiene un ángel guardián: Estados Unidos. No el de las invasiones ni el de los embajadores amenazantes, sino uno mucho más sofisticado, que extiende líneas de crédito y declara alianzas estratégicas en nombre de la estabilidad regional. El apoyo económico otorgado a Argentina es un ejemplo clásico. El periodista Jack Nicas lo bautizó como la Doctrina Donroe: una mezcla entre Donald Trump y la antigua Doctrina Monroe. Y aunque suene a chiste de sobremesa, el concepto funciona: Washington está interviniendo, pero a su manera del siglo XXI.
Mientras tanto, a los gobiernos de izquierda les toca la versión menos agradable del menú: presiones comerciales, advertencias diplomáticas y una cobertura mediática internacional cada vez más crítica. Venezuela, Colombia y Brasil han sentido estos apretujones en mayor o menor medida. Huele a déjà vu, pero con influencers, algoritmos y conferencias TED de por medio.
El tablero global después de una década electoral intensa.
Si miramos los últimos diez años de elecciones en el mundo, encontramos un patrón numérico claro:
• Donde la inseguridad aumenta y la economía se estanca, las fuerzas conservadoras ganan con márgenes más amplios.
• Donde la desigualdad y la corrupción se disparan bajo gobiernos conservadores, resurgen las izquierdas con programas sociales reforzados.
Pero algo cambió después de 2020. Diversos informes de institutos electorales y think tanks internacionales muestran que, desde 2015, los gobiernos de derecha han ganado o recuperado terreno en más de 30 países, mientras que las izquierdas solo han logrado avances sostenidos en regiones específicas como el sur de Europa o el Cono Sur durante periodos muy breves. La conclusión es incómoda para quienes pensaron que el progresismo sería la ideología dominante del siglo XXI: el votante promedio está migrando hacia propuestas de “orden con resultados”, sin importar si vienen envueltas en discursos liberales o en banderas nacionalistas.
Y, sí, en ese reacomodo global, Washington ha tenido un papel más activo en promover gobiernos alineados con su agenda geoestratégica, especialmente en América Latina, donde el fantasma del populismo de izquierda sigue siendo visto como un riesgo para inversiones y seguridad regional.
México en medio del huracán narrativo.
México observa este giro ideológico desde una esquina incómoda: sin haber perdido a la izquierda, pero sintiendo cómo el clima social se carga de indignación, frustración y miedo. La relación con Estados Unidos sigue siendo relativamente estable, aunque las presiones económicas y de seguridad han aumentado. Y, para colmo, la narrativa mediática estadounidense ha comenzado a cambiar de tono. No es casualidad: cuando The Washington Post, The New York Times, CNN y Fox News coinciden en que México vive una crisis de inseguridad creciente, algo se está moviendo.
El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue la chispa que encendió un incendio emocional. Y no es un incendio menor. Mientras otros escándalos se diluían entre memes y conferencias, este se ha convertido en un fenómeno digital y social sin precedentes recientes. En apenas 11 días, la conversación nacional acumuló más de 4 millones de menciones y un alcance potencial de 5.5 mil millones de personas, según Brandwatch. Para ponerlo en perspectiva:
• El caso Adán Augusto López alcanzó 1 millón de menciones en 75 días.
• Los supuestos campos de exterminio en Jalisco lograron 2.4 millones en 21 días.
El caso de Manzo superó ambos en una fracción del tiempo. Si las menciones fueran votos, sería una victoria de segunda vuelta con cifras escandinavas.
Aquí no hay granja de bots ni medios opositores capaces de impulsar un volumen así. Es la gente. Gente harta. Gente con miedo. Gente que siente que algo se rompió en el país. Y, quizá lo más inquietante, gente que no está esperando a que la oposición le diga qué hacer: lo está haciendo por su cuenta.
¿Puede un asesinato catalizar un giro político profundo?
La pregunta es delicada, pero necesaria: ¿el asesinato de Carlos Manzo podría convertirse en un punto de quiebre en la política mexicana? La respuesta honesta —y políticamente incómoda— es que todavía es temprano, pero las señales apuntan a que este caso podría trascender la coyuntura.
La indignación no se ha apagado. Las marchas del fin de semana pasado, realizadas en varias ciudades y convocadas casi “al vapor”, revelan que la ciudadanía está por encima del ritmo de los partidos políticos. La oposición parece más bien sorprendida por la velocidad con la que se está moviendo la calle. No es la primera vez que pasa en la historia mexicana… pero sí es la primera vez que ocurre con esta intensidad en la era de las redes hiperaceleradas.
Habrá que ver qué ocurre este jueves, cuando se ha convocado a una nueva movilización. De prosperar, esta ola social podría marcar el inicio de una reconfiguración política cuyo desenlace aún es incierto. Pero lo que sí sabemos es que la indignación por la inseguridad está resultando más potente que cualquier estrategia electoral convencional.
La región gira, México se tensa y Washington observa.
Latinoamérica está viviendo una transformación profunda. No es un regreso nostálgico al neoliberalismo, sino una búsqueda desesperada por gobiernos que puedan garantizar seguridad y estabilidad. La izquierda, en muchos países, está pagando el costo de su propia ineficiencia. La derecha, en cambio, está capitalizando el momento con habilidad quirúrgica. Y Estados Unidos, fiel a su estilo, está apoyando a quien mejor convenga a sus intereses.
México, aunque mantiene una relación funcional con Washington, también está entrando en una zona de turbulencia narrativa y social. Si la indignación ciudadana continúa creciendo, si el caso Manzo se convierte en símbolo, y si el descontento no encuentra respuesta institucional rápida, el país podría entrar en un reacomodo político inesperado.
Hoy la región se pregunta si la Doctrina Donroe llegó para quedarse. México debe preguntarse si quiere ser espectador… o escenario.
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