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La Palabra del Giocondo

Tiptip MX por Tiptip MX
enero 26, 2026
en Opinión
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TMEC: el motor norteamericano que nadie se atreve a apagar.

Por: Alejandro Flores de la Parra.

Un automóvil fabricado en América del Norte puede cruzar la frontera hasta ocho veces antes de salir del concesionario. El motor se arma en Ontario, la transmisión pasa por Michigan, los arneses eléctricos se cosen en Coahuila y el ensamble final ocurre en Texas o Puebla. Es una coreografía industrial que no entiende de banderas, pero sí de costos, logística y eficiencia.
Por eso, cuando Donald Trump amenaza con abandonar el TMEC, la escena tiene algo de teatro político: es como advertir que se va a incendiar la casa… mientras uno todavía vive dentro.
Treinta años de integración comercial —primero TLCAN, luego TMEC— han convertido a Norteamérica en una sola fábrica extendida. Según el FMI, el bloque concentra casi 29% del PIB mundial. Romper ese entramado no sería una decisión ideológica, sino un sabotaje económico. Sin embargo, la política, cuando se mezcla con elecciones y testosterona nacionalista, suele coquetear con el absurdo.
Trump lo sabe y lo explota.
Cada semana sube el volumen de sus amenazas: aranceles aquí, declaraciones altisonantes allá. Desde una planta automotriz en Michigan llegó a calificar el acuerdo de “irrelevante”, recordando a México y Canadá que dependen de la economía estadounidense “para subsistir”. Un mensaje menos diplomático que imperial, más campaña que política pública.
El problema es que la integración no se desarma con discursos.
Cerrar el TMEC implicaría rehacer miles de cadenas de suministro, disparar precios al consumidor estadounidense y golpear a estados manufactureros clave —Michigan, Ohio, Texas— justo donde se juegan elecciones. Es difícil vender patriotismo económico cuando el resultado es un coche 5,000 dólares más caro.
Canadá lo entendió rápido. El primer ministro Mark Carney, desde Davos, advirtió que las grandes potencias están usando el comercio como arma. Y, por si Washington no captaba la indirecta, viajó a China para asegurar acuerdos de autos eléctricos. Un gesto calculado: “si aprietas demasiado, busco alternativas”. En geopolítica eso se llama diversificación; en lenguaje coloquial, ponerle celos al vecino.
México, en cambio, ha optado por la cautela quirúrgica. Claudia Sheinbaum habla poco y mide cada palabra. Marcelo Ebrard, más pragmático, repite que si hubiera intención de romper el tratado no existirían decenas de reuniones técnicas. Suena lógico: nadie organiza 80 juntas para planear un divorcio exprés.
El propio diseño del TMEC sugiere continuidad. El mecanismo de revisión —con fecha límite el 1 de julio de 2026— permite ajustes, addendums y renegociaciones periódicas. No es un contrato de amor eterno, sino un matrimonio con terapia obligatoria. Se revisa, se corrige y se sigue.
La alternativa de cancelarlo existe, sí, pero sería el equivalente comercial a saltar del barco en medio del océano.
Los analistas coinciden en que lo más probable no es la ruptura, sino algo más sofisticado: mantener la incertidumbre. El llamado “TMEC zombie”, descrito por Ian Bremmer, donde el acuerdo no muere ni se renueva del todo. Vive en coma inducido mientras Washington aplica aranceles selectivos para negociar concesiones bilaterales.
Un tratado que existe… pero al que le quitan el oxígeno cada vez que conviene.
Es una estrategia clásica de Trump: presión constante para extraer ventajas. No busca dinamitar el sistema, sino inclinar la mesa. México y Canadá negocian bajo la sombra del “puedo irme cuando quiera”, aunque todos saben que nadie quiere realmente levantarse.
Mientras tanto, la inversión en México titubea. Las empresas no temen tanto la ruptura como la incertidumbre. El capital odia las sorpresas: prefiere malas noticias claras a amenazas ambiguas. Un arancel temporal puede presupuestarse; un tratado en suspenso, no.
Ahí está el verdadero costo político del ruido.
Porque, paradójicamente, Estados Unidos también necesita el acuerdo. Sus exportadores agrícolas, su industria automotriz y su sector energético dependen de México y Canadá. La integración no es caridad: es negocio. De hecho, buena parte del sector privado estadounidense ha respaldado abiertamente la continuidad del TMEC.
En otras palabras: Washington gruñe, pero sus empresas piden que nadie apague la luz.
El tablero deja a México en una posición peculiar. No tiene el peso económico de Estados Unidos ni la diversificación comercial de Canadá. Su margen de maniobra es menor. Por eso la estrategia parece clara: resistir, cumplir reglas, reducir fricciones regulatorias y evitar provocaciones ideológicas que encarezcan la negociación.
Menos épica soberanista y más aritmética exportadora.
Al final, el destino del TMEC no se decidirá en discursos, sino en números: empleo, inflación, votos. Y todos esos indicadores apuntan a lo mismo: romper el tratado sería políticamente vistoso y económicamente suicida.
Así que lo más probable es que el motor norteamericano siga funcionando. Con ruidos, con ajustes, con amenazas tuiteras de madrugada, pero funcionando. Porque cuando una pieza cruza ocho veces la frontera antes de convertirse en automóvil, ya no hablamos de comercio exterior.
Hablamos de una sola máquina.
Y nadie desmonta una máquina que todavía imprime dinero.

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