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La Palabra del Giocondo

Tiptip MX por Tiptip MX
marzo 20, 2026
en Opinión
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El arte del plan B (y del C): gobernar entre derrotas útiles y victorias pendientes.

Por: Alejandro Flores de la Parra.

• La presidenta Claudia Sheinbaum no logró su reforma constitucional, pero convirtió el tropiezo en herramienta de negociación. Entre recortes locales, tensiones federales y límites fiscales, el episodio revela tanto habilidad táctica como carencias de conducción estratégica.
Un buen plan B siempre es una virtud política. Si fue concebido desde el inicio como ruta alterna, revela previsión y método. Y si surge tras un tropiezo, al menos exhibe reflejos, capacidad de adaptación y esa gimnasia indispensable en el poder: convertir imprevistos en narrativa de control. Gobernar no es evitar tormentas, sino saber qué paraguas abrir cuando llueve.
Bajo esa lógica puede leerse el episodio reciente de la presidenta Claudia Sheinbaum y su reforma político-judicial. El proyecto original —su plan A— naufragó al no alcanzar la mayoría calificada en el Congreso. No fue la oposición quien dinamitó la votación, sino los aliados incómodos: el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo. Ambos se negaron a respaldar una reforma que recortaba presupuesto y cuotas de poder que nutren a sus dirigencias. La aritmética parlamentaria recordó una vieja lección: las alianzas son matrimonios de conveniencia, no votos de obediencia.
La respuesta presidencial fue presentar una iniciativa más modesta enfocada en reducir gastos de congresos locales y ayuntamientos. Un plan B que, en apariencia, poco tiene que ver con la cirugía mayor prometida al sistema político nacional. Pasar de una reforma estructural del poder legislativo a recortes de gasto subnacional suena a mezclar peras con manzanas… y llamarlo ensalada institucional.
Sin embargo, la secuencia admite otra lectura. Lo anunciado después parece más bien un plan C: rescatar algo del naufragio, podar excesos periféricos y vender eficiencia incremental. El verdadero plan B habría ocurrido antes, cuando Sheinbaum decidió empujar su ambicioso proyecto aun sabiendo que sus aliados lo bloquearían. Convertir la derrota en instrumento político: exhibir la dependencia de Morena frente a socios que cobran caro su lealtad y la administran por evento.
Morena vive un círculo vicioso. En cada elección, Verde y PT exigen más candidaturas y posiciones a cambio de apoyo territorial y votos legislativos; esas concesiones, a su vez, aumentan su peso parlamentario y la dependencia del partido gobernante. Juntos suman un bloque decisivo en votaciones clave: suficientes para inclinar reformas constitucionales, insuficientes para ganar por sí solos. La paradoja es evidente: su fuerza proviene de la alianza, pero esa misma fuerza les permite tensarla.

La reforma original intentaba alterar ese equilibrio: menos presupuesto público, menos discrecionalidad en listas plurinominales, menos palancas de negociación. Al fracasar, la presidenta parece optar por otra vía para el mismo fin: colocar el reflector sobre la deslealtad de sus aliados y llegar con mejores cartas a la mesa donde se repartirán candidaturas federales. Si Morena mejora su posición relativa en el próximo Congreso, su dependencia disminuirá y el círculo podría invertirse. Política de incentivos: debilitar hoy para negociar mejor mañana.
El problema es que esa estrategia exige operación fina. No sólo en coyunturas —donde perfiles como Rosa Icela Rodríguez han mostrado eficacia— sino en una arquitectura de largo plazo que alinee dirigencias partidistas, gobernadores y estructuras locales. Sin diseño de ruta, los movimientos tácticos lucen como reacción y no como conducción.
A ello se suma un ángulo más áspero. Tras la derrota legislativa, la nueva ofensiva presupuestal se dirige a estados y municipios. Bajo la bandera de la austeridad, los recortes propuestos tocan márgenes de soberanía subnacional: menos recursos, más condicionamientos, mayor centralización de facto. El mensaje político es delicado: si no se pudo disciplinar a los aliados en el centro, se ajusta la tuerca en la periferia. Federalismo de geometría variable.
La narrativa de la austeridad enfrenta además su propia tensión. La iniciativa de dignificación salarial para enfermeras, médicos, maestros y policías —aprobada por unanimidad— quedó atorada por razones presupuestales en el Senado de la República. El contraste es incómodo: se invoca prudencia fiscal para frenar mejoras laborales básicas mientras se anuncian reingenierías administrativas de impacto incierto. La austeridad selectiva rara vez convence.
El telón de fondo es financiero. Con niveles de endeudamiento en máximos históricos recientes y presiones crecientes de gasto, la promesa de administrar mejor choca con rigideces estructurales. Cuando el margen fiscal se estrecha, la política pública se vuelve suma cero: lo que se concede en un frente se recorta en otro. Y entonces los planes B y C dejan de ser virtudes estratégicas para convertirse en síntomas de planeación insuficiente.
Nada de esto anula un mérito: Sheinbaum mostró capacidad para extraer rentabilidad política de una derrota. La ganancia no está sólo en los ahorros locales —que existen y cuentan— sino en la tensión introducida en una alianza costosa e impresentable. Pero no concretar planes A también comunica límites: de maniobra, de cohesión, de estrategia.
Gobernar es priorizar y persuadir. Si la ruta hacia el llamado segundo piso carece de un mapa político integral, cada contingencia exigirá un nuevo abecedario de planes alternos. Útiles, sí. Admirables a veces. Pero el liderazgo que deja huella suele reconocerse por otra cosa: proponer planes A… y cumplirlos.

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