El Tren Maya: la locomotora del orgullo… jalando vagones de subsidios.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
El Tren Maya nació como una promesa política, fue vendido como detonador económico y hoy comienza a parecerse más a una obra que necesita respiración artificial presupuestal permanente. Porque detrás de la narrativa épica del “rescate del sureste”, los números empiezan a contar otra historia: una donde los ingresos son insuficientes, los subsidios crecen y las apuestas económicas paralelas comienzan a desmoronarse.
Las pérdidas reportadas durante el primer trimestre de 2026 —más de 2 mil 283 millones de pesos— confirman algo que desde hace tiempo preocupaba incluso dentro del sector ferroviario: el proyecto no logra generar el flujo necesario para sostenerse. El Tren Maya perdió más de 25 millones de pesos diarios entre enero y marzo. Y lo más delicado es que la tendencia empeora.
La venta de boletos y servicios apenas alcanzó poco más de 119 millones de pesos, mientras los costos operativos superaron los 2 mil 400 millones. En términos simples: el gobierno está gastando muchísimo más en mover el tren que lo que el tren genera moviendo pasajeros.
Pero quizá el golpe más silencioso —y políticamente más incómodo— vino desde Mahahual.
La cancelación del proyecto “Perfect Day” de Royal Caribbean representa mucho más que un debate ambiental. El megaproyecto turístico, planeado en Quintana Roo, buscaba atraer miles de visitantes diarios mediante infraestructura hotelera, recreativa y portuaria vinculada al turismo de cruceros. Su importancia para el Tren Maya era indirecta pero estratégica: ayudar a incrementar el flujo turístico internacional hacia la región y, con ello, alimentar la demanda de pasajeros, consumo y servicios alrededor de la ruta ferroviaria.
La decisión de frenarlo por razones ecológicas deja una contradicción política difícil de ignorar. El mismo gobierno que defendió la construcción del Tren Maya pese a las críticas por impacto ambiental, deforestación y afectaciones a cenotes, terminó rechazando un proyecto privado argumentando riesgos ecológicos similares. La ironía es brutal: para justificar una obra pública se minimizó el impacto ambiental; para detener una inversión privada, se convirtió en prioridad nacional.
Y financieramente, el golpe importa.
Porque el Tren Maya depende en buena medida de que exista una expansión turística acelerada en el sureste para aumentar su ocupación. Sin nuevos polos de atracción masiva, el problema de fondo persiste: hay demasiada infraestructura para una demanda todavía insuficiente. El riesgo es evidente: construir primero el tren y esperar después que aparezca el mercado que lo haga rentable.
Eso explica por qué el gobierno sigue apostando a subsidios multimillonarios y a proyectos complementarios de carga, aun cuando especialistas del sector consideran que el punto de equilibrio financiero podría tardar décadas… si es que alguna vez llega.
Y mientras tanto, el costo de oportunidad crece.
Los más de 30 mil millones de pesos adicionales que el gobierno federal planea transferir al Tren Maya podrían financiar hospitales regionales, carreteras federales abandonadas, sistemas hidráulicos colapsados o programas de seguridad pública en estados donde la violencia ya rebasó la narrativa oficial. Las pérdidas trimestrales del tren equivalen prácticamente al presupuesto anual completo de la Secretaría de las Mujeres. El problema no es solamente cuánto cuesta el Tren Maya; el problema es todo lo que México deja de atender para seguir sosteniéndolo.
La historia se vuelve todavía más incómoda cuando se revisa el costo total del proyecto. Lo que originalmente fue presentado como una obra cercana a los 120 mil millones de pesos hoy tiene estimaciones que superan los 500 mil millones, sin contar subsidios futuros, mantenimiento ni infraestructura complementaria. Y en medio de la desaceleración económica, el déficit fiscal y la presión sobre Pemex, seguir alimentando un proyecto deficitario comienza a parecer más una obligación ideológica que una decisión financiera racional.
El obradorismo pasó años criticando obras emblemáticas del pasado por sus sobrecostos y opacidad. La Estela de Luz fue convertida en símbolo nacional del despilfarro. Hoy, sin embargo, el Tren Maya amenaza con convertirse en algo políticamente más complejo: una obra que no sólo costó muchísimo más de lo prometido, sino que además seguirá consumiendo recursos públicos indefinidamente para sobrevivir.
Porque al final, el verdadero problema del Tren Maya no es que tenga pérdidas. Muchos proyectos de infraestructura las tienen al inicio. El problema es que cada vez depende más de subsidios… y cada vez menos de pasajeros.
Y ningún tren, por moderno que sea el discurso que lo acompaña, puede avanzar demasiado tiempo cargando únicamente propaganda en los vagones.
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