SEP: cuando el problema no era la educación, sino el ego.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Mientras la Secretaría de Educación Pública negociaba con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en medio de uno de los conflictos magisteriales más complejos de los últimos años, en alguna oficina de la misma dependencia alguien llegó a una conclusión inesperada: el verdadero problema del sistema educativo mexicano quizá no eran los bajos resultados académicos, la infraestructura deteriorada, el rezago tecnológico o la falta de aprendizaje tras la pandemia. No. El problema parecía ser el ego.
Al menos eso podría deducirse de la licitación mediante la cual la SEP autorizó un contrato por hasta 15.3 millones de pesos para impartir cursos de liderazgo, imagen personal, coaching, superación personal, desarrollo humano, resistencia al cambio y, notablemente, “El ego en el liderazgo” para más de dos mil funcionarios de la dependencia.
La noticia resulta particularmente llamativa porque llega en uno de los momentos más delicados para la educación pública. Durante semanas, el gobierno federal sostuvo tensas negociaciones con la CNTE por demandas salariales, prestaciones y condiciones laborales. El discurso oficial insistió una y otra vez en la necesidad de administrar con responsabilidad los recursos públicos y en la imposibilidad presupuestal de satisfacer todas las exigencias del magisterio.
Sin embargo, casi al mismo tiempo, la SEP encontró espacio financiero para contratar talleres de crecimiento personal, coaching para cambio de hábitos y hasta dinámicas basadas en Lego Serious Play, una metodología utilizada en algunas organizaciones para fomentar creatividad y resolución de problemas mediante bloques de construcción.
Nada ilegal existe en ello. La capacitación del personal es una obligación institucional y, en teoría, una inversión puede traducirse en mejores resultados administrativos. El problema no es jurídico. Es político.
Porque la política también trata de símbolos.
Y en un país donde millones de estudiantes enfrentan carencias educativas, donde persisten escuelas sin acceso adecuado a internet, donde continúan los debates sobre la calidad de los materiales educativos y donde los conflictos con el magisterio siguen ocupando la agenda nacional, resulta inevitable preguntarse si la prioridad más urgente era financiar cursos sobre plenitud de vida, imagen institucional o superación personal.
La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando se observa el discurso de austeridad que ha caracterizado a los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación desde 2018. Durante años se ha insistido en eliminar privilegios, reducir gastos considerados superfluos y combatir cualquier expresión de burocracia dorada.
Sin embargo, la austeridad mexicana parece padecer un fenómeno curioso: suele ser muy estricta cuando se trata de ciertos sectores, pero extraordinariamente flexible cuando las erogaciones ocurren dentro de la propia estructura gubernamental.
La SEP no ha estado exenta de cuestionamientos durante los últimos años. Desde las controversias por los nuevos libros de texto gratuitos hasta las críticas por la gestión de programas educativos, pasando por las dificultades para medir la recuperación del aprendizaje después de la pandemia, la dependencia ha acumulado suficientes desafíos como para que la opinión pública espere resultados tangibles antes que sesiones de motivación corporativa.
Particularmente llamativo resulta el curso denominado “El ego en el liderazgo”. La ironía es inevitable. En una administración donde frecuentemente se acusa a críticos, organismos autónomos, medios de comunicación y opositores de actuar por intereses políticos o personales, parecería que la SEP decidió institucionalizar una reflexión sobre el ego justo en el corazón de la burocracia.
Tal vez no sea una mala idea.
Quizá después de años de polarización política, alguien concluyó que una buena dosis de autoconocimiento podría ser útil dentro del aparato gubernamental. El problema es que convencer al ciudadano promedio de esa necesidad será mucho más complicado cuando observa que cada peso destinado a capacitación motivacional proviene de los mismos impuestos que financian escuelas, programas educativos y servicios públicos.
La educación mexicana enfrenta desafíos enormes. Formar mejores funcionarios puede contribuir a resolverlos. Pero cuando las prioridades administrativas parecen desconectadas de las urgencias sociales, la percepción pública inevitablemente se deteriora.
Porque en política no basta con gastar conforme a la ley. También importa que el gasto tenga sentido para quienes lo pagan.
Y en un país donde la educación sigue reclamando soluciones estructurales, destinar millones de pesos a cursos sobre liderazgo, coaching, ego y plenitud de vida corre el riesgo de transmitir un mensaje involuntario: que mientras los problemas reales esperan respuesta, la burocracia decidió comenzar trabajando en sí misma.
Con Lego incluido.