El T-MEC entra a terapia intensiva.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Durante meses, el gobierno mexicano insistió en transmitir tranquilidad: el T-MEC seguiría siendo el ancla de la integración económica de Norteamérica. Sin embargo, bastaron 150 palabras del comunicado de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos para recordar una vieja lección de la política internacional: las relaciones entre países no se construyen con optimismo, sino con intereses.
Lo anunciado por Washington no significa la desaparición inmediata del tratado. Jurídicamente, el T-MEC continúa vigente hasta 2036. Lo verdaderamente relevante es que Estados Unidos rechazó extender desde ahora su vigencia por otros 16 años, como permite el propio mecanismo del acuerdo, y optó por convertir la revisión en un examen anual. Traducido al lenguaje de los mercados: una década de incertidumbre administrada.
Marcelo Ebrard intentó presentar el anuncio como el inicio natural del proceso de revisión previsto en el tratado. Técnicamente tiene razón. Pero políticamente el mensaje estadounidense fue mucho más contundente: el T-MEC ya no es un acuerdo intocable; ahora será una herramienta de negociación permanente.
Y eso cambia las reglas del juego.
Donald Trump nunca ha ocultado su visión del comercio internacional. Para él, los tratados no son compromisos de largo plazo, sino instrumentos para recuperar empleos manufactureros, reducir déficits comerciales y atraer inversiones de regreso a territorio estadounidense. Si algo no produce ese resultado, simplemente se renegocia… o se amenaza con desaparecer.
La paradoja es evidente. Fue el propio Trump quien presumió en 2020 que el T-MEC era “el mejor acuerdo jamás firmado”. Seis años después, el mismo acuerdo necesita revisiones anuales porque, desde la óptica de Washington, dejó de cumplir plenamente sus objetivos.
México enfrenta un escenario complejo. Más del 80% de sus exportaciones tienen como destino Estados Unidos, y buena parte del crecimiento industrial de los últimos años ha descansado en la integración de las cadenas de suministro norteamericanas. Cada revisión anual implica que miles de millones de dólares en inversiones deberán incorporar un nuevo factor de riesgo político antes de decidir dónde instalar una planta o expandir una fábrica.
Los mercados odian la incertidumbre. Y ahora tendrán una cita anual con ella.
Paradójicamente, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que el tratado beneficia también a Estados Unidos porque reduce precios para los consumidores, la Casa Blanca está enviando otro mensaje: quien quiera certidumbre quizá deba producir directamente en territorio estadounidense. Es el nacionalismo económico convertido en política comercial.
No todo son malas noticias. El hecho de que Washington haya destacado el carácter “constructivo” de las negociaciones con México, en contraste con las tensiones que mantiene con Canadá, abre una ventana de oportunidad para preservar la integración regional. Pero también deja claro que las conversaciones dejarán de ser esencialmente trilaterales para convertirse, cada vez más, en negociaciones bilaterales donde el peso relativo de cada economía marcará la diferencia.
En política internacional no existen las amistades permanentes; existen los intereses permanentes. El T-MEC acaba de recordarlo.
El tratado no murió. Tampoco fue renovado. Entró en una larga sala de observación donde cada año deberá demostrar que sigue siendo útil para Estados Unidos.
Y cuando el socio más poderoso decide revisar la relación doce meses a la vez, quizá el verdadero tratado que comienza ya no sea comercial… sino psicológico.