La encuesta que elige… y la política que corrige.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Morena terminó este lunes buena parte de su rompecabezas rumbo a 2027. A falta, al cierre de esta columna, de que Chihuahua terminara de resolver su particularmente larga sesión de suspenso, las coordinaciones estatales comenzaron a poner nombre y apellido a quienes probablemente encabezarán las próximas campañas por las gubernaturas.
Oficialmente son coordinadores de la Defensa de la Transformación. En términos políticos, nadie necesita demasiada imaginación para entender el puesto: es la sala de espera de la candidatura.
El problema para Morena es que las encuestas, diseñadas originalmente para resolver disputas internas, empiezan a producir una segunda pregunta: ¿qué ocurre cuando el resultado demoscópico no resuelve el problema político?
El ejemplo más evidente apareció en Nayarit. Morena reconoció que Héctor Santana obtuvo el mejor resultado de la encuesta, pero finalmente designó a Jasmine Bugarín, del Partido Verde, como la mujer mejor posicionada, atendiendo criterios de género. No necesariamente hay contradicción jurídica entre ambos criterios; políticamente, sin embargo, queda una lección interesante: en Morena la encuesta cuenta, pero no siempre cuenta sola.
En Nuevo León, Clara Luz Flores tendrá una segunda oportunidad después de haber competido por la gubernatura en 2021. Su designación obliga al morenismo regiomontano a convertir la repetición en renovación, tarea que no parece automática: Tatiana Clouthier, una de las aspirantes, evitó respaldarla personalmente y se limitó a expresar apoyo al proyecto de Claudia Sheinbaum. La fotografía de unidad, como suele ocurrir en política, puede requerir varias tomas.
Además, Nuevo León plantea una batalla distinta. Morena pretende crecer en una entidad gobernada por Movimiento Ciudadano y donde la competencia partidista tiene dinámicas propias. Allí no bastará con importar la popularidad nacional de la 4T: Flores tendrá que construir una identidad estatal capaz de competir con estructuras políticas que llevan años jugando de locales.
Tlaxcala ofrece otra ecuación. Ana Lilia Rivera llega a la coordinación en un estado ya gobernado por Morena. Su desafío, por tanto, no consiste solamente en enfrentar adversarios externos sino en administrar una sucesión dentro del propio oficialismo. Alfonso Sánchez García, otro de los aspirantes, no permaneció en el acto de designación, mientras Rivera llamó posteriormente a construir unidad.
Traducido del idioma partidista: antes de convencer a los indecisos habrá que convencer a algunos convencidos.
En San Luis Potosí, el experimento es todavía más interesante. Elí César Cervantes fue elegido mediante consenso y no por haber encabezado originalmente el proceso de registro. Morena, además, competirá ahí sin PT ni Partido Verde, pese a que el estado es gobernado por Ricardo Gallardo, precisamente del PVEM.
Eso convierte a San Luis en un pequeño laboratorio de algo que podría adquirir relevancia nacional: hasta dónde puede llegar la alianza Morena-Verde-PT cuando los intereses estatales dejan de coincidir con los acuerdos nacionales. Una cosa es compartir proyecto en Palacio Nacional y otra repartir gubernaturas. La fraternidad partidista suele ser más sencilla cuando no hay una candidatura sobre la mesa.
Y después está Chihuahua.
La dirigencia había programado su anuncio para las 19:00 horas, pero el proceso se prolongó. Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar concentran una disputa que además cruza a los aliados: el PT ha respaldado a Chávez, mientras el Partido Verde había expresado previamente preferencia por Pérez Cuéllar.
Por eso Chihuahua importa más allá del nombre finalmente seleccionado. Quien obtenga la coordinación, que al momento de escribir estas letras todo parecía indicar que sería Cruz Pérez Cuéllar, deberá ganar dos elecciones antes de llegar a las urnas: la primera, reconciliar al morenismo; la segunda, evitar que PT y Verde conviertan sus diferencias internas en competencia electoral efectiva.
Ahí está quizá la paradoja central de Morena rumbo a 2027, cuando se renovarán 17 gubernaturas: su principal fortaleza sigue siendo su dimensión nacional, pero sus mayores riesgos empiezan a ser profundamente locales.
Hay varios escenarios posibles. Si los derrotados aceptan las definiciones y los aliados mantienen las coaliciones, Morena llegará con meses de ventaja organizativa y estructuras trabajando temprano. Si persisten las inconformidades, la competencia podría dejar de ser solamente Morena contra la oposición y convertirse, en algunas entidades, en Morena contra sus propias cicatrices. Y donde gobierna actualmente, como Tlaxcala, el voto será también una evaluación de continuidad; donde busca desplazar a otra fuerza, como Nuevo León o Chihuahua, tendrá que demostrar que la marca nacional puede traducirse en confianza local.
Morena ya comenzó a repartir las cartas de 2027.
Ahora viene la parte difícil: lograr que quienes no recibieron la carta que esperaban sigan queriendo jugar la misma partida.
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