Claudia Sheinbaum: popularidad blindada en tiempos de corrupción.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Claudia Sheinbaum terminará 2025 con un dato que resulta tan espectacular como incómodo: una aprobación del 79%, según mediciones de Enkoll, una cifra que ya quisieran para sí presidentes en luna de miel y que, sin embargo, ella presume en plena tormenta política. Porque si algo domina hoy la agenda nacional, no son los logros ni los megaproyectos, sino los escándalos de corrupción que se multiplican como si fueran promoción de “2×1”. Y aun así, la popularidad presidencial no solo resiste, sino que parece blindada, como si se tratara de un Tesla en manos de la 4T.
La paradoja del aplausómetro.
Para entender el fenómeno, conviene recordar un dato: en México, el promedio de aprobación presidencial al cierre del primer año ronda el 58% (Consulta Mitofsky dixit). Sheinbaum no solo supera el promedio, sino que lo hace en medio de una crisis de credibilidad institucional que ya no distingue entre uniformes militares, trajes de políticos o sotanas de empresarios “patrióticos”.
En menos de seis meses, se acumulan tres casos de manual:
• El huachicol gourmet en la Marina, donde una red de contrabando de combustible operaba incrustada en la élite naval, demostrando que la corrupción no respeta ni los grados ni los uniformes.
• El caso Bermúdez en Tabasco, un jefe de policía señalado como cabecilla del crimen organizado local, nombrado nada menos que por Adán Augusto López cuando aún repartía nombramientos como si fueran estampitas.
• El zarpazo del Tesoro estadounidense al Cartel de Sinaloa, que congeló cuentas y propiedades de 22 objetivos en EE.UU., incluyendo a la diputada local morenista Hilda Araceli Brown, exalcaldesa de Playas de Rosarito.
Cualquiera de estos episodios habría bastado para erosionar gobiernos enteros en otros tiempos. Aquí, en cambio, parecen reforzar la narrativa oficial: la corrupción ya no se destapa por “periodicazos” ni por ajustes de cuentas en los cambios de gobierno, sino desde la propia administración. Sheinbaum presume que “la transformación no se rinde” y que ahora, por primera vez, las cloacas se ventilan desde adentro. Un giro interesante… aunque también arriesgado: si el argumento es que todo se destapa, habrá que ver si también todo se castiga.
La salida sospechosa y el relevo “sin castigo”.
Un episodio que pasó casi de puntillas, pero que merece análisis, es la salida del general que en Tabasco contribuyó a destapar las investigaciones contra Bermúdez. La versión oficial asegura que el relevo no fue un castigo, sino un movimiento rutinario. El problema es que, en política mexicana, los movimientos “rutinarios” suelen ser como los eclipses: muy raros y siempre rodeados de teorías conspirativas.
Si el general cayó por incomodar a intereses locales, entonces Sheinbaum habrá tropezado con el mismo dilema que todos sus predecesores: la disyuntiva entre sostener la narrativa de cambio o mantener la disciplina interna en el aparato militar.
La sombra de Estados Unidos.
El golpe del Departamento del Tesoro a la red de lavado del Cártel de Sinaloa también envía un mensaje claro: mientras en México las investigaciones avanzan a paso de procesión, en Washington ya llevan tres vueltas al estadio. La presencia de una diputada de Morena en la lista de sancionados ilustra un viejo problema: cuando el crimen organizado se cuela hasta en las boletas electorales, el discurso de “todo es culpa del pasado” empieza a desgastarse.
El dilema para Sheinbaum es doble: o convierte estos episodios en símbolos de que “no hay intocables”, o corre el riesgo de que su gobierno sea percibido como un espectador más de las decisiones de la Casa Blanca.
Obradorismo con responsabilidad propia.
En el Parque Tabasco, la presidenta se mostró “muy contenta y muy satisfecha” en su primer año de gestión, recordando a López Obrador como “el mejor presidente que ha tenido nuestro país”. El elogio no sorprende; lo que sí sorprende es que, al hacerlo, Sheinbaum se amarra un doble compromiso:
1.De aquí en adelante, no hay pasado que valga. Ya no podrá culpar a Peña, a Calderón ni siquiera al sexenio anterior. Cada escándalo de corrupción que estalle será reflejo de su propio estilo de gobernar.
2.Reparar el enjarre ajeno. Porque si bien el obradorismo le heredó un movimiento fuerte, también le dejó goteras: Pemex endeudado, Marina infiltrada, estructuras partidistas contaminadas. Y ahora, mientras ensalza al “gran fundador”, ella misma tiene que aplicar yeso fresco a una pared que amenaza con venirse abajo.
Sheinbaum paradox.
La presidenta vive una paradoja fascinante: altísima popularidad en medio de un lodazal de corrupción. Su secreto, al menos hasta ahora, ha sido apropiarse de la narrativa: “los casos se destapan porque nosotros los investigamos”. El riesgo es que esa estrategia se convierta en un búmeran si las detenciones se quedan en espectáculo mediático y no llegan a sentencias firmes.
El 79% de aprobación es, en estos momentos, su blindaje más sólido. Pero los blindajes, como todo en México, tienen fecha de caducidad. Y aunque ella insiste en que “no se rinde”, la política mexicana tiene memoria corta: basta con que un escándalo mal gestionado se acumule sobre otro para que la curva de popularidad se desplome más rápido que los precios de la gasolina en campaña.
Mientras tanto, Sheinbaum sonríe, aplaude desde el Parque Tabasco y recuerda al “mejor presidente”. Lo que quizá no dice en voz alta es que, de aquí en adelante, ya no le toca administrar un legado, sino construir el suyo propio. Y ahí sí, los números de Enkoll ya no serán suficientes: el veredicto será la historia.
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