Hospital Regional de Santiago Papasquiaro: la apuesta que cambia el mapa de la salud en Durango.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
En el corazón de la sierra duranguense, donde la distancia a la capital no se mide solo en kilómetros sino también en horas de traslado, está en marcha una obra que promete romper una vieja inercia en la atención médica: el Hospital Regional de Santiago Papasquiaro. No será un simple edificio con paredes recién pintadas y letreros brillantes; es un cambio de lógica en cómo y dónde se atienden las emergencias, las consultas y las especialidades médicas en la región.
Con una inversión total de 400 millones de pesos —280 millones destinados a la obra física y alrededor de 120 millones para equipamiento médico de última generación—, la infraestructura no solo será moderna, sino también estratégica. Contará con 17 consultorios de medicina general y especialidades, dos quirófanos, dos salas de expulsión, 10 camas hospitalarias (cinco para adultos y cinco pediátricas), 30 camas censables, un área pediátrica y servicio de urgencias. En términos más prácticos: se acabó la era en que una fractura complicada o un parto de alto riesgo obligaba a recorrer decenas de kilómetros hasta Durango capital, con la angustia de que el tiempo corriera más rápido que la ambulancia.
Un beneficio regional que trasciende fronteras municipales.
Más de 20 mil habitantes de Santiago Papasquiaro serán los beneficiarios directos, pero el alcance real es mucho mayor: Nuevo Ideal, Tepehuanes y Guanaceví también se suman al radio de influencia. Esto significa que la obra impactará positivamente en la vida de familias que, hasta ahora, debían gastar en traslados, hospedaje y alimentación cada vez que un familiar necesitaba atención especializada. La reducción de estos gastos no es un detalle menor: en una región donde la economía familiar suele ser ajustada, ahorrar en salud es mejorar la calidad de vida.
En términos políticos, esta no es solo una inversión en ladrillos y equipos médicos; es una apuesta por reducir la desigualdad territorial en el acceso a servicios de salud. Porque, aunque no lo diga ningún decreto oficial, la geografía también enferma cuando obliga a los ciudadanos a recorrer grandes distancias para recibir tratamiento.
La larga ruta desde el escritorio hasta la primera piedra.
La historia de este hospital no comenzó con las retroexcavadoras ni con las ceremonias de colocación de la primera piedra. Se remonta a más de una década atrás, cuando Esteban Villegas Villarreal, entonces secretario de Salud (2010-2016), llevó el proyecto a la mesa de planeación. En aquel momento, la propuesta quedó archivada junto a otros planes que, como suele pasar en la política, requieren no solo de voluntad técnica sino de músculo político y presupuesto para hacerse realidad.
En 2022, ya como candidato a gobernador, Esteban retomó la promesa, comprometiéndose públicamente a gestionar y ejecutar la obra. El primer paso tangible llegó el 31 de octubre de 2023, cuando envió al Congreso del Estado la iniciativa para enajenar, a título gratuito, los terrenos donde hoy se levantará el hospital. Apenas dos semanas después, el 15 de noviembre, el Pleno de diputados aprobó el dictamen, lo que representó un punto de no retorno en la materialización del proyecto.
Este avance político-administrativo fue clave para que, finalmente, la presidenta Claudia Sheinbaum autorizara la ejecución de la obra, reforzando así un proyecto que, en la práctica, es resultado de gestiones multilaterales pero que tiene una impronta muy clara del actual mandatario estatal.
Salud, política y un poco de estrategia electoral.
Aunque el lenguaje oficial hable de “compromiso con la salud de la región”, sería ingenuo no reconocer que una obra de esta magnitud también tiene un peso político considerable. En términos electorales, inaugurar un hospital regional es más que un acto administrativo: es un símbolo de cumplimiento de promesas y una carta de presentación ante electores que miden la gestión en hechos concretos.
Para Esteban Villegas, este hospital es una pieza estratégica que le permite mostrarse como un político que no solo promete, sino que ejecuta. Y en un contexto donde la confianza ciudadana hacia las instituciones de salud se ha visto erosionada por el desabasto, las carencias y las improvisaciones, poner en marcha un hospital bien equipado es, literalmente, ganar oxígeno político.
Más que ladrillos: la economía y la vida cotidiana.
La relevancia de esta obra también se mide en su impacto económico indirecto. Al acercar servicios especializados, se reducen los traslados costosos a la capital, lo que libera recursos para otras necesidades familiares. Además, se genera empleo local durante la construcción y se activará la economía de servicios alrededor del hospital una vez que esté en funcionamiento.
Pero lo más importante es que garantiza una respuesta oportuna ante emergencias. Y en cuestiones de salud, la diferencia entre tener un quirófano a 5 minutos o a 2 horas puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Un hospital con nombre y apellido político.
El Hospital Regional de Santiago Papasquiaro no es solo una obra de infraestructura: es un testimonio de que los proyectos públicos pueden tener continuidad cuando hay voluntad política, gestión técnica y, sí, también una buena dosis de negociación.
Quizá, dentro de unos años, nadie recuerde las fechas exactas de las gestiones ni los debates en el Congreso, pero las familias recordarán que el día que necesitaron atención médica urgente, no tuvieron que recorrer la carretera hasta Durango capital. Y, en política, ese tipo de memoria vale más que cualquier discurso.
En resumen, este hospital es mucho más que un edificio: es un puente entre la sierra y la capital, entre la promesa y la ejecución, y entre la vieja costumbre de posponer proyectos y la nueva exigencia ciudadana de verlos materializados. Y aunque todavía falte cortar el listón, lo cierto es que el cambio ya está en marcha.
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