POR: LILY ORTIZ
Generación Z, hartazgo social, más allá de la edad.
Las marchas atribuidas a la llamada Generación Z encendieron una discusión que rápidamente se desvió hacia un asunto superficial: la edad de quienes protestaron; que si eran jóvenes, que si había adultos infiltrados, que si no representaban al famoso “Gen Z”; sin embargo, detenerse en ese detalle es perder de vista lo esencial. La legitimidad de una manifestación no la define la fecha de nacimiento de los participantes, sino la autenticidad del reclamo; es decir, si el malestar es real, si la protesta nace de una necesidad profunda, entonces es válida, venga de quien venga.
El origen de esta movilización tiene raíces claras: frustración acumulada, falta de respuestas, inconformidades que se han ignorado durante años. No es casualidad que haya ocurrido simultáneamente en tantas ciudades; tampoco es casualidad que el discurso oficial intentara explicar sus consignas, algunas dirigidas directamente contra la presidenta Claudia Sheinbaum y su partido como un movimiento quizá manipulado o exagerado por intereses opositores. La historia mexicana nos recuerda que casi ningún gobierno, sin importar color, está dispuesto a leer una protesta como síntoma de su propio desgaste.
A eso se suma la aparición, una vez más, del llamado bloque negro, ese grupo que irrumpe en cada protesta y logra desviar la conversación, y es que su presencia genera disturbios que se convierten en la nota principal, desplazando por completo el motivo de la marcha. El ruido sustituye al mensaje; y entonces surgen las preguntas inevitables: ¿quiénes son?, ¿a qué intereses responden?, ¿quién los financia? Incluso existe la teoría ya conocida en otros momentos de la vida pública del país, de que podrían ser grupos infiltrados por el propio gobierno para desacreditar manifestaciones incómodas. Hipótesis que, sin pruebas concluyentes, se mantienen vivas justamente por la opacidad que rodea sus acciones.
Lo cierto es que mientras se discute si quienes marcharon tenían 17 o 40 años, mientras se especula sobre quién rompió una vidriera, se pierde de vista lo verdaderamente relevante: México vive un momento de hartazgo social profundo; no, no son dos marchas aisladas; son decenas. En el norte, centro y sur del país miles de personas expresan inconformidad por motivos distintos, pero con un sentimiento común: la sensación de que los gobiernos todos, de cualquier partido han ofrecido pocas respuestas y demasiadas promesas.
La historia demuestra que los movimientos encabezados por jóvenes han marcado episodios decisivos en México: 1968, 1971, el CEU, el YoSoy132. No siempre lograron cambios inmediatos, pero abrieron debates, rompieron silencios y obligaron a replantear agendas; hoy aunque algunos quieran restar importancia a las nuevas protestas por la edad de los asistentes, lo cierto es que su fuerza radica en que representan un síntoma colectivo, no un capricho generacional.
Al final, más que preguntar quiénes marcharon, deberíamos preguntarnos por qué marcharon; más que señalar disturbios, deberíamos atender las causas que llevaron a la gente a las calles, la protesta es un derecho constitucional, sí, pero también una responsabilidad social que solo se fortalece cuando se ejerce de manera pacífica y dentro de la ley. La violencia, venga de quien venga, debilita todo movimiento.
Y aquí la reflexión final: un país que escucha a su gente es un país que avanza; uno que ignora o descalifica a sus manifestantes está condenado a repetir los mismos ciclos de frustración.
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