Por: Iraí de la Fuente
El rebrote de la irresponsabilidad institucional; sarampión
Por mayores que sean los esfuerzos para no hacer leña del árbol caído, resulta inevitable hacerlo; aunque cabe aclarar que ni siquiera se trata de aprovechar la oportunidad para polarizar en torno a un tema tan sensible como la salud, sino de visibilizar las problemáticas de salubridad que, durante años, parecían superadas en el país y que hoy comienzan a reaparecer.
Los retos de México son tan grandes que, por más esfuerzos que se realicen, pareciera que nunca son suficientes. Pero, si de algo podíamos presumir, era de un sistema de vacunación sólido, por lo que pensar en la llegada de una pandemia, un brote estacional, una epidemia regional e incluso una amenaza global no representaba una parálisis, sino un reto que podía combatirse con calma y sin improvisación.
Hoy, el sarampión está en la agenda pública y mediática, pero la razón de su rebrote no es viral, sino institucional, así como una consecuencia de fallas en un sistema de salud que no cumplió con su responsabilidad. Algo pasó, o algo dejó de hacerse correctamente, de tal manera que hoy no queda duda que las políticas públicas de salud de los gobiernos “anti-neoliberales” no son cosa seria, sino malabares antes, durante, y después de la crisis.
Despues de la aletra sanitaria de rebrote de sarampión, el pasado once de febrero desde “la mañanera”, nos dimos cuenta que se ha gestado un retroceso abismal en materia de salubridad general en el país. Es simple contrastar que, desde finales de la década de los setentas y hasta finales de 2018, México mantuvo una cobertura de vacunación del 95% por entidad federativa y, al mismo tiempo, logró sostener alrededor del 90 % de cobertura en el esquema completo en las infancias.
Asimismo, la estabilidad del PVU —Programa de Vacunación Universal— mantuvo resultados extraordinarios por lo menos durante los últimos casi 30 años, una racha que ha sido interrumpida por brotes de sarampión en el periodo comprendido entre 2020 y 2026. La fragilidad del PVU y del sistema de salud en general no es una casualidad reciente, sino la consecuencia de un cúmulo de omisiones que sustituyeron la institucionalización de la salud por la implementación de la ocurrencia.
Mientras algunas entidades federativas trabajan para detener los contagios, los “voceros” del morenismo —sea cual sea su trinchera política o su tarea pública — insisten en negar sus negligencias, aunque la realidad juega en su contra, a tal grado que la acumulación de irresponsabilidades hoy ratifica una narrativa que no les favorece.
De la misma manera en que hoy la reaparición de sarampión escribe una página contra la salud de los mexicanos, así también se escriben dos capitulos en la historia obscura de los malos gobiernos del oficialismo en materia de salubridad. El primer capítulo fue durante el momento más crítico de la emergencia sanitaria — en la pandemia por COVID-19 — cuando el ahora ex presidente López Obrador, desde sus conferencias matutinas y giras públicas, llamó a “relajarnos” y restó importancia al uso del cubrebocas. Ese mensaje, más político que técnico, envió una señal equivocada a la población. Al mismo tiempo, bajo la conducción de López-Gatell como vocero y responsable de la estrategia sanitaria, México registró un exceso de mortalidad que superó en más de 200% lo proyectado. Las cifras no fueron una percepción: fue reflejo el costo humano de minimizar el riesgo y reaccionar tarde.
Hoy se vive el segundo episodio similar —ahora con el brote de sarampión en distintas regiones del país— que, aunque no es una nueva pandemia mundial, su carácter de brote no reduce el peligro de que más personas mueran si se repite la misma negligencia institucional, la minimización del riesgo y la reacción tardía.
Este no es un asunto que deba verse únicamente como un problema interno de México, porque vivimos en un mundo profundamente interconectado donde las decisiones nacionales tienen eco internacional y donde la salud pública ya no es un tema aislado, sino parte de una responsabilidad global compartida. Es decir, en una era de movilidad constante, comercio internacional y vigilancia epidemiológica mundial, los retrocesos no pasan desapercibidos.
Por ejemplo, no es casualidad que el diario estadounidense The New York Times haya advertido que México está en riesgo real de perder el estatus de país libre de sarampión, una condición que sostuvo durante más de tres décadas y que representaba años de disciplina institucional, campañas de vacunación constantes y una política de salud pública que trascendía gobiernos; perderlo no sería solo un dato técnico, sino una señal preocupante hacia el exterior sobre la fragilidad de nuestras estrategias sanitarias.
Hoy, más que una discusión política, lo que está en juego es la credibilidad del sistema de salud mexicano ante su propia población y ante el mundo, porque la salud pública no admite improvisaciones ni cálculos ideológicos; si algo ha demostrado la experiencia reciente es que los retrocesos se pagan caro y que recuperar la confianza —nacional e internacional— exige responsabilidad, rigor técnico y una visión de Estado acorde con los desafíos de un mundo globalizado.
Sea como sea, hoy las cosas funcionan así en el país, y frente a esa realidad vale la pena preguntarnos si esta es verdaderamente la ruta que queremos seguir en los próximos años.
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