El hombre que confundió la política con una plaza de tiempo completo.
Por Alejandro Flores de la Parra.
En México existen políticos de carrera y políticos de oficio. Y luego está el profesor Óscar García Barrón, que elevó el chapulineo político a la categoría de especialidad técnica certificada.
Esta semana celebró el reconocimiento oficial de la Unión Ganadera Estatal General del Sector Social y de sus 33 asociaciones por parte de la Secretaría de Agricultura y del Registro Nacional Agropecuario. Un trámite administrativo legítimo y positivo para quienes participan en el sector social ganadero, aunque en Durango el anuncio terminó inevitablemente arrastrando una vieja pregunta que persigue al personaje desde hace décadas: ¿cómo se explica que algunos representantes del campo hayan terminado viviendo mucho mejor que el campo que decían defender?
Porque si algo ha distinguido la trayectoria del llamado “profesor campesino” es su extraordinaria capacidad para cosechar cargos, posiciones y privilegios en temporadas donde los campesinos apenas alcanzaban para cosechar incertidumbre.
Profesor de origen, dirigente campesino por conveniencia y político profesional por vocación, García Barrón pasó por alcaldías, diputaciones locales y federales, suplencias senatoriales, dirigencias cenecistas y delegaciones federales, construyendo una carrera pública que difícilmente habría podido igualar dedicándose exclusivamente a la docencia o a la pequeña producción agropecuaria que durante años dijo representar.
Su historia política es, en realidad, la historia del viejo corporativismo mexicano: liderazgos eternos, organizaciones convertidas en patrimonio personal y causas sociales administradas como franquicias familiares.
Durante décadas encontró en la CNC el vehículo perfecto para convertir la representación campesina en influencia política y la influencia política en permanencia burocrática. La tragedia para el personaje fue descubrir que los partidos envejecen más rápido que los liderazgos que se niegan a jubilarse.
Cuando el PRI dejó de repartir futuro, apareció Movimiento Ciudadano. Cuando Movimiento Ciudadano dejó de ofrecer expectativas, comenzó el peregrinaje hacia Morena. Algunos cambian de partido por convicción ideológica; otros simplemente actualizan el logotipo de la oficina.
Su brújula política parece funcionar con un sofisticado sistema de geolocalización presupuestal: siempre apunta hacia donde se encuentra el poder.
La ironía es que quien durante años acusó traiciones, simulaciones y oportunismos ajenos terminó convirtiéndose en una especie de refugiado político permanente, buscando asilo en cualquier fuerza política dispuesta a rentarle unos metros cuadrados de relevancia pública.
Las críticas más severas ya ni siquiera provienen de sus adversarios históricos, sino de quienes heredaron las estructuras que alguna vez controló. El actual dirigente estatal de la CNC, Antonio Morales, lo describió recientemente en redes sociales como un “pseudo líder” enriquecido a costa del campesinado y como un personaje expulsado políticamente del PRI y posteriormente marginado en Movimiento Ciudadano, mientras ahora buscaría espacio en Morena.
Más allá del tono evidentemente político y personal del señalamiento, el episodio resulta revelador por una razón mucho más profunda: quienes durante años caminaron detrás del liderazgo de García Barrón hoy parecen competir por tomar la mayor distancia posible respecto a su legado.
Y ahí aparece otro capítulo incómodo: el educativo.
Porque si el campo fue durante décadas la bandera política del personaje, la educación terminó siendo para muchos críticos apenas una credencial administrativa más dentro del inventario curricular. El “profesor” que casi nunca ejerció frente a grupo logró conservar el título honorífico que acompaña su nombre en cada boletín y cada rueda de prensa, mientras miles de docentes construían su trayectoria entre aulas, planeaciones, evaluaciones y comunidades escolares.
En un estado donde miles de maestros dedicaron su vida completa a la enseñanza, no son pocos quienes consideran una paradoja que algunos personajes hayan encontrado en el magisterio no una vocación, sino un conveniente punto de partida para la carrera política y, eventualmente, para aspirar a los beneficios y reconocimientos de una profesión que prácticamente no ejercieron.
Quizá por eso el reconocimiento de la Unión Ganadera fue celebrado con tanto entusiasmo.
Porque en la política mexicana los registros no solamente acreditan organizaciones; también funcionan como certificados de supervivencia política.
Y sobrevivir, hay que admitirlo, siempre ha sido la mayor habilidad del profesor Óscar García Barrón.
Sobrevivió al salinismo, al zedillismo, al foxismo, al calderonismo, al peñismo, a su derrumbe dentro del PRI y a la breve escala naranja.
La única incógnita pendiente es si logrará sobrevivir a algo mucho más complicado que cualquier cambio de partido: la memoria de quienes durante años escucharon discursos sobre el campo mientras veían florecer patrimonios que el propio campo jamás habría podido sembrar.
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