Por: Iraí De La Fuente
LAS FORMAS Y EL INFORME
Hubo un tiempo en el que hablar de un informe de gobierno implicaba, antes que cualquier otra cosa, hablar de un ejercicio institucional. Quienes recuerdan los años del PRI hegemónico, con independencia de la valoración que cada quien tenga de aquella época, recordarán también ciertas formas. Había solemnidad, protocolo, discursos extensos y una estructura cuidadosamente construida para explicar lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer.
No se trata de idealizar aquella época ni de afirmar que aquellos informes eran mejores por el simple hecho de pertenecer a otro momento político, pero hay algo que vale la pena observar: los informes de ese pasado conservaban una vocación eminentemente institucional, y quien los aplicaba se colocaba en una posición estadista.
Con el paso de los años, la comunicación política cambió, como también cambiaron los medios, cambiaron las audiencias y cambió, sobre todo, la manera en que los ciudadanos reciben la información. El discurso dejó de estar pensado exclusivamente para el salón donde se presentaba el informe y comenzó a construirse para la televisión, para los medios digitales, para las redes sociales y, ahora, para fragmentos de pocos segundos capaces de convertirse en una fotografía, una frase o un video que pueda circular rápidamente.
Hoy esa lógica pasó a convertirse en un espacio para comunicar una visión política, por lo que el gobernante informa acciones, pero al mismo tiempo busca explicar desde qué posición interpreta la realidad, qué entiende por transformación, qué considera prioritario, cuál es su posición frente a determinados acontecimientos y, en muchos casos, cuál es la narrativa política que quiere dejar en la ciudadanía.
Un ejemplo reciente lo encontramos en el informe presentado por la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, que ha venido desahogando desde el 1 de septiembre. En su mensaje hubo acciones de gobierno que tienen consecuencias concretas en la vida de millones de personas y que merecen ser conocidas y evaluadas por sus resultados. Sin embargo, también fue notorio el peso que adquirieron los planteamientos de carácter político, particularmente en torno al injerencismo, la soberanía nacional y la posición de México frente a distintos escenarios internacionales.
Desde una perspectiva particular, una parte muy importante del mensaje, incluso cercana al 70 por ciento, estuvo marcada por esta narrativa política. Más allá de coincidir o no con esas posiciones, lo interesante es lo que esto representa para la evolución de los informes: el contenido político ya no aparece únicamente como una consecuencia natural de quien gobierna, sino que ocupa un espacio cada vez más importante dentro de la manera en que se construye y se presenta el propio informe.
Al final, un informe de gobierno tiene una responsabilidad que está por encima de su puesta en escena: rendir cuentas.
Hoy en día, la comunicación política puede ayudar a que esa información llegue a más personas, puede hacerla más accesible y puede incluso generar mayor interés ciudadano, pero no debería sustituirla. Las formas pueden cambiar y seguramente seguirán cambiando, pero el propósito fundamental de informar sobre el estado que guarda una administración debería permanecer.
Quizá por eso el debate no está en decidir si los informes de antes eran mejores o peores que los de ahora. La pregunta verdaderamente interesante es si hemos evolucionado la manera de comunicar los resultados de un gobierno o si, poco a poco, hemos convertido el informe en un instrumento para comunicar principalmente una visión política o una postura sobre la coyuntura política.
La Referencia
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