Por: Felipe Correa
El mensaje de «El Mayo» Zambada
El mensaje de Ismael «El Mayo» Zambada debe leerse más allá de la sentencia que hoy lo convierte en un hombre condenado a pasar el resto de sus días en prisión. No es únicamente la declaración de un acusado frente a un juez; es también el último posicionamiento público de uno de los personajes que, durante décadas, influyó de manera decisiva en el equilibrio criminal del país. En organizaciones de esta naturaleza, las palabras rara vez son improvisadas y, con frecuencia, su verdadero significado se encuentra tanto en lo que se dice como en aquello que deliberadamente se omite.
El mensaje que emite Zambada es el de un estratega que sabe perfectamente que existe una guerra interna que ha transformado al Cártel de Sinaloa. Durante años fue considerado por diversos analistas como un operador con capacidad para negociar, contener conflictos y mantener cohesionado al grupo criminal. Esa imagen explica por qué sus declaraciones generan una lectura distinta a la de cualquier otro integrante de la organización.
Su discurso dice mucho por lo que expresa, pero quizá resulte más revelador por aquello que decide callar. En ningún momento hace un llamado a la rendición, tampoco plantea una tregua ni deja entrever la posibilidad de una reconciliación entre las facciones que hoy disputan el control de la organización. El silencio sobre esos temas puede interpretarse como el reconocimiento de una realidad: el conflicto ya adquirió una dinámica propia que difícilmente depende de la voluntad de un solo hombre, por emblemático que sea.
En el mensaje del legendario fundador del Cártel de Sinaloa también se aprecia un semblante sereno. Más allá de la gravedad de la condena, su situación procesal le garantiza permanecer bajo custodia del sistema penitenciario estadounidense con acceso a atención médica y condiciones distintas a las del régimen de máxima seguridad en el que permanece Joaquín «El Chapo» Guzmán. Esa diferencia no es menor y explica, en parte, la tranquilidad que proyectó durante su comparecencia.
Las frases pronunciadas ante el juez Brian Cogan tampoco deben analizarse únicamente desde una perspectiva jurídica. Cuando Zambada afirma: «Acepto la responsabilidad de mis actos. No hay justificación para lo que hice» y posteriormente agrega: «Acepto el castigo que voy a recibir. No hay compensación por ello. Lamento mucho el daño causado», cumple con un acto procesal propio de un procedimiento judicial, pero al mismo tiempo construye el cierre público de una trayectoria criminal que marcó varias décadas de la historia del narcotráfico en México.
La verdadera incógnita, sin embargo, no está dentro de la sala del tribunal, sino fuera de ella. La condena de «El Mayo» no pone fin al fenómeno criminal que ayudó a construir. Por el contrario, deja abierta la interrogante sobre quién o quiénes lograrán ejercer el liderazgo suficiente para contener una organización que hoy enfrenta divisiones internas, disputas territoriales y una presión sin precedentes por parte de las autoridades de México y Estados Unidos.
La historia reciente demuestra que la captura o condena de los grandes capos rara vez significa el fin de una organización criminal. En múltiples ocasiones ha ocurrido exactamente lo contrario: la ausencia de un liderazgo dominante provoca fragmentación, disputas por el control de rutas, mercados y estructuras financieras, generando ciclos de violencia aún más intensos. La experiencia mexicana ofrece numerosos ejemplos de cómo el debilitamiento de una cúpula puede traducirse en una mayor atomización del crimen organizado.
Por ello, el mensaje de Ismael Zambada trasciende su dimensión personal. Representa el cierre de una época para una generación de líderes del narcotráfico que durante años construyeron mecanismos de control interno y, al mismo tiempo, abre un periodo de incertidumbre sobre la evolución del Cártel de Sinaloa. La sentencia puede poner fin a la historia judicial de «El Mayo», pero difícilmente será el capítulo final de la organización que contribuyó a consolidar.
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