Por: Felipe Correa
Salud en Durango: rendir cuentas, superar rezagos y mirar hacia adelante
Hablar de salud pública exige trascender la fría aritmética de los informes. Implica dimensionar a las personas, a las familias y la capacidad real del Estado para responder de manera oportuna ante la vulnerabilidad. En este sentido, la glosa presentada por el titular de la Secretaría de Salud de Durango, Dr. Moisés Nájera Torres, representa un ejercicio indispensable: evaluar los avances tangibles sin maquillar los profundos retos pendientes.
Un acierto metodológico del documento es su planeación sustentada en evidencia. El Diagnóstico de Salud 2026 integra variables epidemiológicas, operativas y territoriales que permiten mapear con precisión quirúrgica los principales focos rojos sanitarios y las zonas de mayor marginación. En un estado con la dispersión geográfica de Durango —marcado por comunidades serranas y alejadas—, este enfoque focalizado deja atrás la improvisación presupuestal.
El diagnóstico desnuda una realidad compleja y multidimensional: el peso implacable de las enfermedades crónicas, los padecimientos transmisibles, la crisis silenciosa de la salud mental y los indicadores en materia materna e infantil. Lo destacable de este planteamiento es que no reduce la política sanitaria al asistencialismo hospitalario, sino que coloca el peso de la estrategia en la prevención, la detección oportuna y la trazabilidad del paciente.
Asimismo, el documento reconoce frontalmente las brechas de desigualdad territorial. No existen las mismas condiciones de acceso médico en la capital que en las regiones indígenas o alejadas. Identificar estos abismos de cobertura es el paso inicial indispensable para reorientar los recursos institucionales hacia donde realmente se necesita. A esto se suma el reto de la capacidad operativa: infraestructura, suficiencia de personal médico de enfermería, abasto de medicamentos y una red de referencia eficiente. De poco sirve presumir cobertura si el paciente en una comunidad lejana no recibe un diagnóstico a tiempo o una respuesta resolutiva cuando su vida está en riesgo.
Sin embargo, analizar la salud en Durango obliga a voltear al retrovisor con memoria crítica. El sistema sanitario estatal ha tenido que operar bajo presión extrema, moldeado por el impacto de la pandemia de COVID-19 y la emergencia sanitaria derivada del brote de meningitis de 2022. Aquellos episodios pusieron al límite la infraestructura, obligaron a rediseñar protocolos y demostraron que la capacidad institucional no puede evaluarse bajo escenarios de normalidad estática.
Por ello, la comparecencia del Dr. Nájera Torres debe leerse como un ejercicio de rendición de cuentas que admite luces y sombras. El propio diagnóstico señala cuellos de botella persistentes en el acceso efectivo, la continuidad de los tratamientos y la saturación de servicios especializados en los grandes centros urbanos.
Aquí radica la verdadera seriedad del ejercicio: en materia de salud pública no existen victorias definitivas ni soluciones permanentes. Las necesidades poblacionales mutan, los riesgos sanitarios evolucionan y las demandas ciudadanas crecen. La planeación, por lo tanto, debe someterse a una revisión constante y auditable.
La salud de los duranguenses no se construye desde el escritorio ni se resuelve con discursos triunfalistas. Se sostiene cotidianamente en el esfuerzo de médicos, enfermeras, especialistas y personal operativo que mantienen a pie una red médica compleja.
Frente a la inercia del debate político partidista, la prioridad para Durango debe ser blindar una política sanitaria anclada en la ciencia, la prevención rigurosa y el fortalecimiento institucional. Informar a la sociedad sin triunfalismos vacíos, reconociendo lo avanzado y asumiendo con rigor los pendientes, es la única ruta ética y responsable para rendir cuentas en el sector salud.
La Referencia
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